Este fin de semana El Dirigible ha celebrado sus jornadas de rol, después de dos años de parón. En un principio se anunciaron para primavera y luego para septiembre. Un problema burocrático (o burrocrático) de última hora les obligó a atrasarlas quince días más, con cabio de sitio incluido, pues se ha cambiado la Alameda de Hércules por Las Setas, ya saben, el mamotreto ese que han levantado en el centro que costó cuatro pastizales, un proyecto de un harquitecto hartista cuyos cálculos no valían ni como papel higiénico (vamos, que no se podía construir), pero como el señor alcalde de entonces padecía la misma faraonitis que Gallardón, se terminó levantando a base de millones.
Decía, que desvarío, que se han celebrado en dicho lugar, al aire libre pero cubiertos por el mamotreto ese, con chiquillería chillona jugando a la pelota o con el patinete, guiris sacando fotos y un montón de ruidosos bares que amenaza, perdón, amenizan la velada a los vecinos… si sobrevive alguno. Los días han salido espléndidos, pero la estación no perdona y a las 20:30 ya no se ve un higo, no digo ya mirar lo que marca el dado.
Por lo demás, pues bien, más o menos como las otras veces que he asistido, es decir, el viernes por la tarde está la cosa tranquila (se caen bastantes partidas por falta de jugadores), el sábado por la mañana se acerca más peña (se caen algunas partidas) y por la tarde se llena hasta la bandera.