El Ícaro — Finales de febrero

Poco a poco nos vamos haciendo al nuevo refugio. Las instalaciones son sorprendentes y parecen dominadas por la electricidad: lámparas, comunicadores, maquinaria… Miremos donde miremos hay cables por los que se transmite la misteriosa energía. Mueven bombas que nos proporcionan agua corriente y parece que también enfrían unas cámaras de la zona de despensas. Resulta sorprendente que, pese a todos los años que el complejo lleva cerrado y abandonado, aún funcionen tantos sistemas, aunque de forma un tanto errática: el suministro no alcanza para toda la base y se producen esporádicos apagones.

En su tiempo esto tuvo que ser una gran instalación militar, con capacidad para varios centenares de personas. Quizás el centro neurálgico de la defensa de la ciudad subterránea y también una base de aeronaves. La tripulación, salvo ingeniería, se ha trasladado del Ícaro a la zona residencial. Hay grandes barracones, pero para los que somos nos valen con alojamientos más pequeños, individuales o para pequeños grupos, que seguramente serían de oficiales y suboficiales. Hemos adecentado en estos días también enfermería, comedor y cocina y varios puestos de defensa en el exterior. Yo mismo he cogido como despacho una sala con gran visibilidad sobre el hangar, supongo que el despacho del jefe del mismo, y Edana Conway se ha apropiado del puesto de mando que hay en la cima. Lo llama su «torre de control» y ha convencido a Dragunov para que monte, vía escalada libre, algunas de las «orejas» de repuesto del Ícaro en la montaña y las conecte a la torre. Sin embargo, aún nos queda mucho por explorar y por limpiar y no sabemos qué peligros (golems de defensa, explosivos en mal estado, cables pelados…) nos esperan.

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Ynys Mawr – Teyrnas Y Cymoedd

Teyrnas Y Cymoedd (El Reino de los Valles) es el reino más importante de la cara oeste (convexa) de Ynys Mawr. Está situado a los pies del Macizo Central y comprende el amplio valle del río Dubh, el cañón del río Neidr (Víbora, aunque no hay serpientes en la isla), Cwm Llyn Drych (el Valle del Lago Espejo), Rhaeadr Morlyn (la Laguna de la Cascada) y otros valles cercanos. Posee importantes tierras de cultivo, minas de hierro y un puerto accesible gran parte del año. Ésta es su historia:

Cennyd ap Tudfor, caudillo de origen incierto, arribó a Rhaeadr Morlyn hará unos ochenta años con tres barcos largos y ochenta familias. Fundaron la aldea del mismo nombre y se extendieron también por el valle del Dubh. Fueron años duros, con pocas cabezas de ganado y tierras sin preparar. Además, el acantilado de la cascada se había convertido en esos años en puerto de refugio de piratas durante el verano y no estaban dispuestos a entregárselo a estos nuevos colonos sin luchas. Las incursiones entre primavera y otoño se convirtieron en una estampa habitual.

Poco más de diez años después de la llegada de Cennyd y su gente, el jefe pirata Ordulf Twicgason, encontrando su asentamiento demasiado vulnerable, decidió establecerse en Rhaeadr Morlyn. Los hombres de Cennyd ofrecieron una fuerte resistencia pero perdieron todo el valle de la laguna, la aldea y el puerto del acantilado, debiendo replegarse al valle del Dubh.

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El Ícaro — Dramatis personae

Indispensable siempre en mis campañas es una lista de quién es quién, útil tanto para mí como para los jugadores, pues abundan los personajes y no siempre es fácil recordar quién estaba allí o cómo se llamaba. En el caso de Los viajes del Ícaro el problema se agrava porque cada jugador lleva tres o cuatro personajes, bajas aparte. Esta lista intenta poner un poco de orden y la iré actualizando según sea necesario.

En negrita figuran los personajes jugadores, indicado entre corchetes su jugador. Los fallecidos durante las aventuras aparecen tachados junto con un enlace a la entrada donde se menciona su muerte. Se incluyen también los personajes jugadores del spin-off del SG-5 de Charlie.

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El Ícaro — SG-1

Continuando con el resumen de lo jugado estas semanas, le toca el turno al SG-1 (me hubiera gustado explayarme tranquilamente con ellos), el grupo de exploración del Ícaro formado accidentalmente (se cayeron cuando el dirigible chocó contra las rocas) por el agente de Wissenschaft Renaldo José Fernando Olivares, un auténtico gigante cuya principal preocupación era la comida; por el artillero Iosef Dragrunov, siempre aferrado a su escopeta calibre 12 y a sus gafas de sol; por el profesor Jorgen Forgen, conocido como el dandy; y por la civil, rescatada poco antes, Sassa Ivarsson.

Ya el primer día habían contactado con un nativo, el viejo trampero Oleg, al que salvaron de ser la cena de una quimera ártica. Guiados por él, el día siguiente (segundo tras el naufragio) llegaron a Caer Dubh, la capital del pequeño reino de Y Cymoedd, donde contactaron con el párroco local (¡por fin alguien que hablaba latín!). Gracias a él supieron que estaban en una isla, Ynys Mawr y que Teyrnas Y Cymoedd era el principal señorío de la vertiente occidental.

Mantenían el contacto con el Ícaro gracias a un Eru Pelegrí, pendientes que permitían comunicarse a distancia. Pudieron informar así de sus descubrimientos y recibieron la orden de intentar forjar una alianza con el caudillo local que les permitiera obtener comida y ayuda si se veían varados en esas tierras durante un tiempo. Así, cuando, durante la recepción dada por el señor de Teyrnas Y Cymoedd, el rey Pedr, se enteraron de los problemas que tenía con su mina de hierro, se ofrecieron a ayudarlo de inmediato.

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El Ícaro — Cacería y exploración

Me voy quedando atrás con los resúmenes de las aventuras de Los Viajes del Ícaro, así que voy a prescindir de artificios para contar, de forma muy resumida, lo ocurrido en las últimas partidas para ponerme así al día y poder preparar tranquilamente las nuevas sesiones, que la cosa se me empieza a complicar muy mucho (cosas de los sandbox, me temo).

En el cuarto día desde el naufragio en lo alto de la montañosa Ynys Mawr, el capitán Paolo (ex-inquisidor y jefe del destacamento de Wissenschaft) salió a cazar blatodeas. Lo acompañaban la agente de Wissenschaft shivatense Su Wei, artista marcial experta en el puño suave (vélez) y el dominio de su ki interior, y el cazador Ryan Smith, hermano del fallecido Bryan.

La batida por los bosques del lado oriental del valle pronto dio sus frutos y atrajeron la atención de una docena de blatodeas. El combate fue sangriento y duro, pero lograron acabar con todas. Tras descansar un rato y recuperarse un poco, siguieron el rastro dejado por los insectos mutados en busca de su nido, lo que les llevó al noreste, a una antigua zona de garajes y almacenes excavados en la roca en donde hallaron herramientas y extraños vehículos (camiones, toros) comidos por el óxido. Sobre el nivel de garajes se encontraba un barrio residencial, pero los derrumbes hacían su exploración peligrosa y las huellas de las blatodeas conducían bajo tierra, así que dejaron su estudio para otra ocasión.

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El Ícaro — Entre wendols y blatodeas

Cuaderno de bitácora, día 3.

Un extraño descubrimiento, hecho ayer por Dragunov, perturba nuestro sueño: el cielo nocturno no es el que esperamos. No coinciden las estrellas, no encontramos las constelaciones y la Luna parece haber desaparecido. En su lugar, dos pequeños satélites recorren el cielo nocturno con paso apresurado y los vimos cruzar el cielo varias veces en la noche. No tenemos astrónomos a bordo y ninguno entendemos qué está pasando.

El grupo de Renaldo y Dragunov, en adelante SG-1, llegó al atardecer a Caer Dubh, que ha resultado ser un villorrio fortificado cuyo gobernante se da el título de rey. De cualquier forma, es la población más cercana a nosotros (que sepamos) y necesitamos de su amistad y así se lo he hecho saber a nuestros hombres. Su sentido del deber llega más allá de lo exigible, pues se han ofrecido a solucionar ciertos problemas de los lugareños con unas minas cercanas.

Los lugareños hablan el mismo idioma ininteligible que el viejo trampero, pero el párroco local chapurrea latín y les ha hecho de intérprete. Gracias a él sabemos que estamos en una isla, Ynys Mawr, nombre que no nos dice nada. También que el reino más poderoso de la zona se llama Finisterra, es un reino cristiano y hace unos años estuvo envuelto en una guerra de fuerte contenido religioso. Nada de esto nos es conocido y tiene perplejos a nuestros historiadores. Paolo se muere por echar un ojo a la biblia de estas gentes, pues parece ser muy distinta a la nuestra.

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El Ícaro — Día 2

Cuaderno de bitácora. Fecha… Buena pregunta.

En la madrugada de ayer nos enfrentábamos a una tormenta en el desierto. Un instante después, era de día y sufríamos una ventisca de nieve entre montañas. Nos hemos estrellado en un valle situado a gran altitud: el altímetro barométrico marca más de 6000 metros. Es un valle alargado, orientado de norte a sur, con praderas cubiertas de nieve y bosque de coníferas en las laderas. Nos rodean unas montañas espectaculares que deben tener yacimientos de hierro, porque la brújula está loca. También hay algo que interfiere en los poderes mentales de la tripulación.

Hay un lago más o menos en su centro que esta noche refulgía con luz azulada y nos ha obsequiado con una espesa niebla al amanecer. El valle parece desierto y los científicos, siempre inquietos, han salido a tomar muestras.

Estamos posados en una antigua estructura megalítica. Supongo que será vestigios de antiguos pobladores, pero habrá que esperar a la opinión de los arqueólogos, que parecen más molestos por no poder estudiar las estructuras del Mar de Arena que por los extraños acontecimientos vividos.

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El Ícaro — Perdida

El costado exterior de la barquilla E (estribor) estaba abierto como una lata de conservas desde el salón de proa hasta la compuerta de carga. El frío, el hielo y la nieve campaban a sus anchas, pero no podían disimular las manchas de sangre aún fresca de suelos y paredes. El sargento Rupert se había agenciado de algún modo de una estola y una biblia y estaba agachado junto a unas figuras tapadas por mantas.

El teniente White, con una venda en la cabeza y una lista garabateada en la mano, se cuadró frente al capitán Paolo en un intento de llamar su atención. El ex-inquisidor llevaba un rato observando con aire ausente el rescate de los heridos. A fin de cuentas, el grupo de Wissenschaft era el que peor parado había salido. Preparados para enfrentarse al desierto y estrellados en una montaña cubierta de nieve. No era justo.

—Dos muertos y doce heridos de consideración, contando al comandante. —Paolo no hizo ningún ademán de coger la lista que le entregaba White—. También tenemos 8 desaparecidos, incluyendo a la chica que pescamos en el desierto.

Aquello hizo reaccionar al capitán, que parpadeó lentamente, como si despertase de un profundo sueño.

—¿Chica? ¿Qué chica?

 

Los últimos días habían sido para Sassa Ivarsson como un mal sueño del que no podía despertar. El shock por la muerte del teniente Du Pont, de quien y a su pesar empezaba a enamorarse, convertía en borrosas sombras la derrota del Antiguo Enemigo, la salida de la Ciudad Olvidada y la huida desesperada frente a los restos de su ejército. No recordaba cuándo Rashid había decidido seguir su propio camino, intentando arrastrar consigo a cuantos enemigos fuera posible, ni cuándo se había separado de Flanagan ni qué había sido del leal sargento. Días y noches de marcha interminable, de dormitar a los lomos del camello, de comer poco y beber menos, de agonía y de dolor, perseguida, siempre perseguida.

Había visto el macizo rocoso y hacia allí se había dirigido, esperando encontrar refugio en el laberinto de sus cañones. Desengáñate, le decía una voz interior, nada parará a esos esqueletos incansables. Y entonces había aparecido del cielo el hombre de los ojos de gato para salvarla. Por muy breve tiempo: un fuerte golpe seguido de un chirrido atroz y la pared contra la que apoyaba su espalda había desaparecido. Luego, una breve sensación de caída contra un paisaje blanco, gris y verde. Los reflejos se impusieron y había usado sus habilidades telequinéticas para frenar la caída.

De pie bajo un árbol, con el viento helado acuchillando sin piedad su piel quemada, se preguntaba si acaso no estaba soñando y en realidad seguía a lomos del camello, cabalgando, siempre cabalgando.

El Ícaro — ¡Estrellados!

El viento soplaba fuerte, desde mil direcciones, arremolinándose y dando a la arena caprichosas formas. El aire era denso. Ocasionalmente, un rayo brillaba fantasmagórico. El pueblo parecía arrasado: tiendas caídas, cabañas derruidas, hogueras sin control. En su corral los zombies se agitaban inquietos y un grupo de mujeres y niños intentaba alcanzar el cañón de salida. Junto a la brecha del muro, una gran señal ardía en el suelo. A su lado, el doctor se guardaba los restos de su antiguo uniforme, con el que había negociado pasaje en el Ícaro. Detrás suya, el padre Rupert juraba en muchas y variadas lenguas muertas.

—Debe ser por los sellos rotos. El zeón se acumula y no se gasta. Me apuesto un legislador a que los de Sol Negro lo usaban para sus conjuros, pero ahora está fuera de control. Van a ser unos fuegos artificiales preciosos, ya te digo.

Hablaba para sí, porque Kuro y Renaldo iban acumulando libros y trastos que sacaban a la carrera del pueblo bajo las indicaciones del profesor Forgen y el capitán Paolo mantenía una discusión con su oreja.

—¡No! Ellos pueden subir por estribor, pero necesito que bajéis la grúa principal: he encontrado grimorios y otros objetos que no vamos a abandonar aquí.

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El Ícaro — Pilotar un dirigible

Guardia media. El puente estaba en silencio, con iluminación nocturna (lampryridae sumergidas en una mezcla especial de aceites que brillaban con tenue luz roja) y casi desierto: el vigía de proa, el timonel de guardia, Erstin cabeceando en el cubículo de comunicaciones y Edana Conway, segunda comandante, en la zona de sensores, con los grandes auriculares puestos y accionando de forma mecánica las llaves e interruptores que le daban acceso a las orejas del Ícaro. De cuando en cuando captaba los sonidos de la exploración del grupo del capitán Paolo: el pesado andar de Renaldo, el relinchar de un caballo, el gorgoteo agónico de un centinela degollado… Pero un nuevo sonido surgió en la noche, un rumor lejano de muchos pies y cascos avanzando a gran velocidad. Sin más cambio en su expresión que un leve arqueo de la ceja, cogió cronómetro y lápiz y empezó a tomar demoras. Diez minutos después, se acercó a los tubos acústicos de comunicación.

—Comandante, al puente.

El comandante se había echado vestido y no le llevó ni treinta segundos llegar al puente. Una vez puesto al tanto, quedó pensativo mirando el débil trazo que su segunda había dibujado en el triste boceto que era su carta de navegación. Desde el sur del túmulo, directos hacia el macizo. Según el informe, la entrada por esa zona era un laberinto de cañones y desfiladeros, pero si conocían el camino podían llegar en unas pocas horas. Y si se trataba de una fuerza de no muertos, y no era nada descabellado el suponerlo, no necesitarían descansar. A ese ritmo alcanzarían el túmulo a media mañana en el peor de los casos. Y, presumiblemente, a esa hora ellos aún estarían ocupados con la operación de limpieza. Ahogó una maldición; la noche se estaba complicando.

—Vamos a ver de qué se trata. Avise al señor White y que los artilleros ocupen sus puestos.

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