Poco a poco nos vamos haciendo al nuevo refugio. Las instalaciones son sorprendentes y parecen dominadas por la electricidad: lámparas, comunicadores, maquinaria… Miremos donde miremos hay cables por los que se transmite la misteriosa energía. Mueven bombas que nos proporcionan agua corriente y parece que también enfrían unas cámaras de la zona de despensas. Resulta sorprendente que, pese a todos los años que el complejo lleva cerrado y abandonado, aún funcionen tantos sistemas, aunque de forma un tanto errática: el suministro no alcanza para toda la base y se producen esporádicos apagones.
En su tiempo esto tuvo que ser una gran instalación militar, con capacidad para varios centenares de personas. Quizás el centro neurálgico de la defensa de la ciudad subterránea y también una base de aeronaves. La tripulación, salvo ingeniería, se ha trasladado del Ícaro a la zona residencial. Hay grandes barracones, pero para los que somos nos valen con alojamientos más pequeños, individuales o para pequeños grupos, que seguramente serían de oficiales y suboficiales. Hemos adecentado en estos días también enfermería, comedor y cocina y varios puestos de defensa en el exterior. Yo mismo he cogido como despacho una sala con gran visibilidad sobre el hangar, supongo que el despacho del jefe del mismo, y Edana Conway se ha apropiado del puesto de mando que hay en la cima. Lo llama su «torre de control» y ha convencido a Dragunov para que monte, vía escalada libre, algunas de las «orejas» de repuesto del Ícaro en la montaña y las conecte a la torre. Sin embargo, aún nos queda mucho por explorar y por limpiar y no sabemos qué peligros (golems de defensa, explosivos en mal estado, cables pelados…) nos esperan.