Tú el pronto, yo el paño

Navarre quería pasar a cuchillo a su ilustrísima, pero los nephilim rápidamente se dieron cuenta de que así no se conseguiría romper la maldición. El plan que propusieron los Guardianes era más audaz, casi estúpido, pero logró ganarse el apoyo del caballero. Aunque fuera porque, si fallaba, sólo sería un pequeño retraso. Siguiendo este plan, Pírixis volvió a la celda, para no levantar sospechas. Los demás se infiltraron durante el día en la ciudad, a través de las alcantarillas o disfrazados.

Las crónicas, sin embargo, no se ponen de acuerdo con lo que sucedió a continuación. La falta de registros escritos y los siglos pasados hacen difícil la reconstrucción de los hechos. Sabemos que los Guardianes rescataron a fray Gilberto el minorita de la celda y abandonaron la ciudad esa misma noche. Fueron al mismo lugar donde el obispo había hecho el pacto demoníaco y, allí, pidieron al fraile que les contase todo lo que ocurrió entonces. Pírixis y Yaltaka, las dos cabalistas más expertas del grupo, lograron comprender el ritual y, entre las dos (una invocaba, la otra controlaba), repitieron la invocación. Sin embargo, fallaron en el Contrato y tuvieron que enfrentarse con el demonio. Fue un combate feroz. Menxar había caído inconsciente mientras lanzaba un conjuro de armadura: las corrientes mágicas habían sido tan alteradas por la presencia del demonio que el joven nephilim no pudo canalizar el poder.

El demonio era invulnerable a las armas físicas, así que Yaltaka, la mejor espadachina del grupo, se enfrentó a la criatura con el gladio de Pírixis, pero sin fortuna. El arma le era tan extraña que no logró darle un uso eficiente, por lo que tuvo que retirarse para conjurar una espada mágica. Durante unos instantes que se le hicieron eternos, Pírixis se enfrentó a solas con el demonio, evitando milagrosamente los tajos y estocadas que daba con su gran mandoble llameante y logrando alcanzarle varias veces. Cuando Yaltaka pudo volver al combate se cambiaron las tornas y ahora el demonio tuvo que aguantar el chaparrón de estocadas del vencedor de Brent Pelham. Viéndose derrotado, pidió clemencia y aceptó romper la maldición.

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Tokyo magnitude 8.0

El estudio Bones (Wolf’s Rain, Nijuu Mensou, Eureka 7) nos trajo este verano una curiosa propuesta: un terremoto de gran magnitud (el 8.0 en la escala Richter que indica el título) sacude la ciudad de Tokyo. Desde el punto de vista de dos niños, Mirai (Satome Hanamura) y su hermano pequeño Yuuki (Yumiko Kobayashi), que han quedado aislados por el terremoto cuando visitaban solos una exposición en la otra punta de la ciudad, la serie nos intenta mostrar, de la manera más verosímil posible, los efectos que una catástrofe como esa podría provocar. A lo largo del viaje de vuelta a casa de los dos chavales, acompañados por Mari Kusakabe (Yuko Kaida, Shimei —la del parche— en Ikkitousen), una mensajera a la que el trabajo la pilló en la misma exposición y los ha tomado bajo su protección, veremos los edificios destruidos, los puentes que se caen, las labores de rescate, los muertos y heridos, todo ello con un diseño de fondos y vehículos espectacular y un dibujo de personajes algo extraño pero resultón.


El trío protagonista

Sin embargo, la serie no aguanta. Tras el buen inicio pierde fuelle rápidamente. Al principio intenta suplir las faltas del guión con la destrucción espectacular de un puente y de la Torre de Tokyo (escena ésta que no viene a cuento y metida con calzador para dar un poco de susto barato) y luego se inclina por el drama fácil y artificial a lo estrenos TV, más propio de una miniserie televisiva americana o alemana de esas tan sumamente malas y con las que nos bombardean las distintas televisiones. Al final, una obra fallida por demasiado pretenciosa. Si alguien quiere ver algo de catástrofes, que vuelva a El coloso en llamas, que lo disfrutará más.

PD: qué pedazo de autonomía tiene el móvil de Mari. Todos los episodios sale a plena batería pese al uso que le dan.

Nueva campaña

Mañana empiezo una nueva campaña, con un grupo casi nuevo. En las semanas anteriores hemos jugado la aventura de la pantalla de Ánima, para irnos conociendo y tal, pero ahora empieza lo bueno. Llevo dos semanas exprimiéndome la cabeza para preparar la campaña y aún está en pañales. Tengo ya la trama principal y, más o menos, el final. Tengo las facciones principales, el antagonista, tres facciones secundarias y una veintena de pnjs variados para dar color a la historia. Aún me queda mucho: las aventuras de la trama principal, las aventuras de relleno, los cambios de ritmos… La guía, como siempre, Babylon 5, la campaña de Selenim y los consejos para crear campañas épicas del Babylon Project.

Ahora queda ir desarrollando la trama, meter aventuras donde haga falta (en Nephilim me hice un especialista: los jugadores decidían hacer algo, desarrollaba la trama como consecuencia de ese algo y buscaba algún módulo que pudiera reconvertir y era al final lo que usaba para la partida). Si puedo me gustaría tener un De Rochefort en la campaña (sí, el amigo de D’Artagnan), pero me da que va a ser difícil desarrollar una relación así.

El mayor problema que voy a tener mañana (dejando a un lado que dirijo a Ánima, un juego que me gusta de jugar pero con el que no me siento cómodo dirigiendo) es que tendré, seguramente, seis jugadores. Y hace más de diez años que no dirijo a tanta gente. De hecho, lo normal en los últimos seis años ha sido tener dos jugadoras únicamente.

PD: no agradeceré lo suficiente el fantástico archivo de nombres de Earth’s Dreamlands que a saber el tiempo que lleva zumbando por la red. Yo lo tengo desde el 97, creo.

Lady Halcón

Aquila era una ciudad amurallada perdida en mitad de ninguna parte y regida con mano de hierro por su obispo. Los Guardianes llegaron a la ciudad siguiendo la pista falsa de Constancio de Selinonte y cada vez con menos esperanzas de recuperar el Grial. En Aquila buscaron posada, para poder dormir por primera vez desde que abandonaron Génova bajo techo. Luego, dieron una batida por la ciudad, cada uno por su lado, intentando averiguar algo sobre el mameluco. Por desgracia, uno de ellos se cruzó con el capitán de la guardia, un tipo malcarado llamado Marquet.

Marquet era un templario renegado, ambicioso y sin escrúpulos, que había medrado bajo las órdenes del obispo, llegando a traicionar al anterior capitán. Tenía, además, un extraño talento natural que le permitía sentir a los nephilim, así que en cuanto presintió al desafortunado ambicionó capturarlo, ya fuera para que el obispo, versado en artes ocultas, pudiera usarlo, ya para venderlo al mejor postor. Con esta idea en mente, lo hizo seguir mientras reunía un grupo escogido. Una ver supo dónde se alojaba, y que, además, no era uno, sino cuatro, preparó cuidadosamente el plan para capturarlos sin dejarles usar la magia. Un soplón les avisó cuando los nephilim bajaron a comer al salón y, en ese momento, pasaron a la acción.

Los Guardianes fueron cogidos con la guardia baja, sin armas ni armaduras ni tiempo para prepararse. Los hombres de Marquet entraron por ambas puertas. Los Guardianes retrocedieron hacia sus habitaciones, en la planta superior, pero por la ventana del pasillo había entrado el propio Marquet con algunos guardias que rápidamente redujeron y maniataron a Pírixis. Sus compañeros, viéndolo todo perdido, intentaron forzar el paso y escapar. El fénix, golpeando con un gran banco como si fuera un bastoncillo, abrió camino y Yaltaka y Menxar, tirando de cuchillos, puñetazos y patadas, lo siguieron. Afuera se encontraron con otro problema, con dos, más bien: no conocían la ciudad y la gente les era hostil, bien por miedo a la guardia y al obispo, bien por intentar congraciarse con ellos. Por fortuna, la posada estaba cerca de una de las puertas de la ciudad, así que los guardianes corrieron hacia ella, redujeron a los guardias de la misma, cruzaron el puente y se internaron en el bosque que cubría ese lado de Aquila.

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Wolf’s Rain

En 2003 el estudio Bones (Eureka Seven, Nijuu Mensou no Musume) reunió a gran parte del equipo que había trabajado en Cowboy Bebop (tanto la serie de Sunrise como la película de la propia Bones) para crear una serie de gran calidad. Partiendo de una idea original y guión de Keiko Nobumoto (guionista de la serie y película de Cowboy Bebop) y bajo la dirección de Tensai Okamura (director de Darker than Black), el resultado fue una serie de ambientación apocalíptica y mítica de bella factura técnica, de ver agradecido. La serie está formada por 24 episodios a lo largo de 30 capítulos. «¿Cómo?», me diréis. La serie la formaban 26 capítulos, pero como no dio tiempo a terminarla para su emisión, hicieron ¡cuatro! capítulos de resumen, del 15 (Lobo pálido) al 18 (Hombre/Lobo/Libro de la Luna), y los cuatro capítulos que terminaban la serie (del 27 al 30) salieron luego directamente en vídeo como OVA. Los dos capítulos que siguen al repaso, Sueños en el oasis y Consciously, esto es, el arco extraño de los indios donde sale el viejo indio de Cowboy Bebop jugando con la arena, queda tan mal metido en el resto de la serie (aunque Myu es un personaje simpático) que yo, personalmente, lo ignoro y de ahí que diga que Wolf’s Rain tiene 24 episodios, del 1 al 14 y del 21 al 30.


Cheza, la Chica Flor

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La pérdida del Grial

La noche pasó tranquila, contra todo pronóstico, y con el amanecer Sigbert decidió poner en marcha su plan, decidido a no dar tiempo a los nephilim a llevar a cabo los suyos y, al mismo tiempo, despistarlos. La idea básica era dar el cambiazo y que los Guardianes siguieran una pista falsa. Había en la casa del Hospital un sanjuanista casi tan grande como él que, vestido con sus ropas y armas, llevaría la caja del Grial haciéndose pasar por él. Iría con Constancio y los mercenarios en el bajel reparado. Si eran seguidos, deberían echarse sobre la costa y huir a pie. El sanjuanista buscaría resguardo en alguna casa del Hospital, desde donde volvería a Génova, los marinos del bajel irían a Roma, donde serían recompensados por un agente de la Prieuré y Constancio con los mercenarios se buscaría la vida para despistar a los nephilim.

Por su parte, el teutón seguiría viaje hasta Otranto, donde se reuniría con la galera rápida de Séamus. El viaje lo haría en la galera del Hospital que había en el puerto, una vez esta estuviera preparada, y con la única compañía de un mercenario. Conseguir la galera fue lo más difícil, ya que frey Reinaldo, el preceptor, no tenía autoridad sobre la nave y temía la reacción de sus superiores. Sin embargo, el talento negociador de Sigbert y los grimorios arrebatados a los Guardianes lograron el apoyo del capitán de la galera.

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Génova, de noche

Génova era una gran ciudad, con un gran y atestado puerto. Por lo tanto, gozaba de una animada vida nocturna. Sin embargo, esa noche muchos de los que velaban no lo hacían por motivos lúdicos y bastantes se preguntaban si aquella sería su última noche. Ajenas a estas preocupaciones, de las tabernas salía el sonido del entrechocar de las jarras, las risas, las disputas; de los callejones oscuros el susurro del trapicheo, la voz ronca del ladrón pidiendo la bolsa, el gemido quedo del moribundo; de las casas de la guardia, los ronquidos de la guardia nocturna; de las mancebías, el agudo grito de la cama torturada. Y, sin embargo…

Noche.

A la luz de las antorchas, marineros y estibadores adormilados aprestaban un bajel bajo los gritos, maldiciones y voces de mando de capataz y contramaestre. El bajel era propiedad del Emperador y el cónsul Ezequiel lo había puesto a disposición de Yaltaka. Al otro extremo del puerto todo era silencio y oscuridad. Pero en la galera del Temple se vigilaba. Aunque no había muchas esperanzas de que los nephilim intentaran nada contra la nave, todos esperaban poder borrar la afrenta y la vergüenza del día, cuando perdieron la espada sagrada. En la galera del Hospital también se velaba, con un ojo puesto en el pequeño bajel del teutónico. Aquí esperaban que no pasara nada: casi todos los hombres de armas se habían quedado en la casa, así que los pocos tripulantes no se hacían muchas ilusiones si eran objeto de algún ataque.

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Noche soviética

Este fin de semana empezó la temporada 2009-2010 de la Orquesta de Extremadura con la presentación en casa del disco grabado el año pasado con el violinista libanés de ascendencia armenia Ara Malikian con obras del compositor soviético de origen armenio Aram Khachaturian. El concierto arrancó con el Vals de la suite Maskerade, una pieza divertida que recuerda a una feria antigua o a un circo. Seguimos con el Concierto para violín y orquesta, otra pieza alegre y ágil, que queda un poco rota por el largo solo de violín del primer movimiento (para lucimiento del solista y que se hace un poco forzado), pero que remonta con el precioso segundo movimiento y nos lleva ya, con una sonrisa en los labios, hasta un final que dan ganas de tararear. La obra permite que el solista se luzca, pero buscando un sonido hermoso y compenetrado con la orquesta, de forma que quizás no sea uno de los grandes conciertos de violín de la Historia, pero, desde luego, sí una obra bella que alegra a los oídos. Ara Malikian, de negro, se dejó llevar, incluso llegando a marcar algunos pasajes con breve taconeo. El Concierto, por otra parte, hace muy buen uso del arpa (a cargo de la habitual Ainara Moreno), quizás sea la obra orquestal que he visto que le saca mejor partido a este bello instrumento.

En la segunda parte tuvimos más soviéticos, el joven Shostakovich representado por su Sinfonía número 1, una obra bien elegida para abrir la temporada, ya que sus numerosos solos sirven, de paso, para presentar a los músicos al público. De la sinfonía me quedo especialmente con el segundo movimiento, con fuerte presencia del piano de Alfonso Maribona (que parecía muy aburrido en el primer movimiento) y un final extraño e inquietante. La orquesta, siendo Shostakovich, cumplió como se esperaba. Como resultado, una buena forma de empezar la temporada.

Friki fin de semana

Fin de semana en Madrid, de frikivisita: había algo llamado Japan Weekend (como el Expomanga, pero algo más pequeño e igual de aburrido y lleno de gente) y Menxar y yo nos dejamos caer por allí para saquear el stand de Selecta. Había series a muy buen precio y no era cuestión de dejarlas pasar. El finde se cerró con algunas adquisiciones que han hecho que mi cartera aúlle (y no sólo la mía) y un dolor de piernas y un cansancio que me va a durar varios días, vaya. A ver si ya, por fin, esta semana retomo el ritmo en los blogs, aunque el fin de semana que viene empieza la temporada 2009-2010 de la Orquesta de Extremadura, así que ya se verá.

Hablando de la Orquesta de Extremadura, dio la casualidad de que el viernes hubo en Madrid un concierto homenaje al compositor y guitarrista cubano Leo Brouwer, dentro de todo un ciclo de conciertos y actividades con motivo de su 70 cumpleaños. Bajo la batuta del propio Brouwer teníamos en el programa Canción de Gesta, Concierto para violín y orquesta (siendo este estreno nacional), y en la segunda parte, Concerto da Requiem, su último concierto para guitarra y orquesta. La entrada era gratuita y nos encontramos situados entre las personalidades, con Teddy Bautista dos filas más atrás.

El concierto en sí fue un horror. Uno está acostumbrado a ir con la mente abierta y aún así encontrarme con piezas que no me gusten, como el concierto de Leshnoff de la temporada pasada, o bastantes de los discos del sello ECM que escuché en Tak. No le termino de encontrar la gracia al jazz y el blues me cansa en grandes dosis. Sin embargo, siempre (incluso con ciertas piezas minimalistas que espero no oír nunca más) hay una diferencia entre un no me gusta y un pero mira que es malo. Que no me guste es una aproximación respetuosa con la pieza y el compositor: el fallo es mío, por no apreciarla. Sin embargo, tanto el concierto de violín como el de guitarra de Brouwer son malos de cojones. El de violín podría encuadrarse de una forma pratchettiana como antimúsica: aquello contrario a la música, al otro extremo (de la misma forma que la sobriedad no es lo contrario de la ebriedad, sino su ausencia). Es un castigo inenarrable al oído y a los instrumentos, basado en la fealdad, la no armonía y la no transmisión de sentimientos. En el concierto de guitarra la orquesta siguió siendo maltratada, pero de una manera más tosca y banal, con una pobreza de recursos insultante y una total falta de sentimiento que lo deja sencillamente en malo. Y eso que la Canción de gesta, aunque simplona, había sido divertida y prometía una buena noche.

En fin, desconozco el talento de Brouwer como intérprete y como compositor en otros campos, pero como compositor para orquesta y como director de orquesta me decepcionó mucho. El tiempo que pasé en el auditorio podía haberlo aprovechado tomándome unas guinness o pescando atunes en el Manzanares. El fin de semana que viene nos resarciremos escuchando un violín sonar como un violín (no como el lamento de un gato despellejado vivo) y una orquesta sonar como una orquesta.

Génova, de día

El primer enfrentamiento entre la Prieuré y los Guardianes había terminado mal para estos. Habían perdido el Grial y sus grimorios personales, con conjuros e invocaciones y ahora estaban en un pequeño bote a media legua de una costa que se entreveía a la luz de la Luna. Por otra parte, conservaban sus pellejos, estasis y libertad, así que el tanteo no era tan desfavorable. Lo primero fue ganar la orilla. Arribaron a una pequeña aldea de pescadores en la que vivía un nephilim que les dio refugio. Lo segundo era planear su siguiente movimiento. Todos se habían fijado en el mal estado en el que había quedado el bajel de la Prieuré, así que supusieron que Sigbert buscaría refugio en un puerto donde pudiera reparar el barco. El puerto de importancia más cercano era Génova.

Y a Génova se dirigió Sigbert, a remo, porque el mástil no estaba para fiestas. La razón de ir a Génova no era tanto el puerto en sí como que el preceptor de la casa del Hospital de la ciudad era un caballero de la Prieuré. Aprovechando un inusual buen tiempo para abril, lograron alcanzar la ciudad en poco más de un día y atracar entre una galera hospitalaria y otra del Temple que estaban en el puerto. Tras saludar a las respectivas guardias de las galeras, el teutón acudió a la casa del Hospital para entrevistarse con su preceptor, frey Reinaldo de Verona. Las reparaciones del bajel comenzaron de inmediato, a cargo del Hospital, y varias patrullas fueron despachadas en busca de los Guardianes. Para justificar la ayuda del Hospital, y de paso para servir de empujón en la carrera de frey Reinaldo en la orden militar, Sigbert le dejó copiar algunos de los conjuros de los Guardianes.

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