Baile de máscaras — Bajo la sombra del monolito

El Grausse era un lago, del que tomaba nombre la aldea, que desaguaba tras un corto canal en el Carignan. En su desagüe, un istmo lo estrangulaba. En el extremo de este istmo era donde se construía el molino, aún unos cimientos medio inundados. A su alrededor, se repartían las tiendas de los zigeuner, de los patrones y del capataz, los bancos de trabajo, los cajones con suministros y las pilas de piedra basta. Un sencillo embarcadero marcaba el punto de atraque de la Trandafir.

Todo eso quedaba oculto por una niebla tan espesa que ni el sol de media mañana lograba atravesar y hacía que, desde un lado del campamento, no se viera el otro. Mas la niebla no se extendía mucho más allá del istmo, como comprobó Julien, que había salido a dar un paseo matutino con el que tonificar sus músculos. Apenas a 500 pasos del campamento, el sol brillaba, la bruma del lago, de dos o tres palmos de altura, se disipaba rápidamente y le permitía ver hasta la otra orilla, que se adivinaba pantanosa. Hacia levante, campos de trigo y cebada y alguna pradera para pasto, rodeaban la aldea de Grausse, un kilómetro y medio tierra adentro, lejos de las zonas inundables y apoyada en los boscosos montes que formaban las sierras tributarias de la cordillera de Lucille.


Del campamento, como decimos, nada alcanzaba a ver y hasta los ruidos del mismo, el de las mujeres preparando el desayuno y los hombres aprestándose a ir al rescate de la Trandafir, le llegaban amortiguados, como si estuvieran mucho más lejos. Un pilar de piedra negra, tan oscura que ni el sol le sacaba reflejos, sobresalía de la niebla, como si fuera el mástil de una carpa de circo.

En un principio, no parecía nada extraño: la niebla podía justificarse por el istmo y la piedra era eso, una piedra. Pero la niebla no levantaba y la piedra los ponía nerviosos. Durmieron mal esa noche y las siguientes. Sueños agitados que no recordaban o, por el contrario, pesadillas muy vívidas, como Jacques, que se levantó con el regusto de la sangre en la boca tras soñar que sacrificaba a una persona a los pies de la piedra negra. Todos en el campamento parecían dormir mal: ojeras y mal humor, peleas y riñas, paranoia y obsesión. Ellos mismos no fueron ajenos: Jacques se sentía arrastrado por el monolito; Colette volcaba en Parmentier todo su odio sobre los Mazet; Julien se sumía en la depresión, sintiéndose una carga para sus compañeros a causa de sus heridas; y Michel quiso ver en Johanne Chéron una atribulada damisela.

Y, así, fueron hundiéndose en la niebla.

Las visitas a la aldea tampoco sirvieron para alejarlos del mal: también allí se notaban sus efectos. O, quizás, estaban todos locos de por sí. Parte del pueblo consideraba el monolito y el túmulo donde se levantaba algo maligno; otra parte iba allí a retozar bajo la luna llena. Pero la niebla, ah, la niebla, eso era algo nuevo. Investigaron el monolito: el centro de un círculo megalítico en lo alto de un túmulo. El monolito era de una extraña piedra negra, distinta a las que lo rodeaban. Lisa, parecía absorber la luz del sol. Sin embargo, no encajaba con los sueños de Jacques, que la veía cubierta de símbolos. Excavaron en su base: los símbolos aparecieron. Alguien los había borrado de la parte al aire, puliendo la superficie, pero bajo tierra seguían, terribles, sanguinarios.

Se encaramaron al monolito. La parte superior era cóncava y tenía un líquido espeso que parecía sangre. Cada vez más, conforme iban alargándose las sombras.

¿Por qué ahora? ¿Por qué, si ese monolito llevaba allí generaciones? Sólo había un sospechoso: el molino. Preguntaron y ¡bingo!

—Sí, encontramos restos de una edificación al empezar los cimientos. Suponemos que otro molino o una torre de vigilancia. No eran malas piedras, así que las sacamos y amontonamos allí.

Y allí, en la pila de escombros, el sello roto de Tol Rauko. Nunca les parecieron más ciertos los viejos cuentos que siempre habían tomado por supersticiones y cuentos para niños que en aquel istmo, bajo la niebla goteante, con el regusto al corazón crudo del sacrificio en sus bocas. Cogieron herramientas, subieron al túmulo y echaron abajo el monolito. La misma tierra pareció suspirar de alivio.

Para algunos, fue tarde. Para ellos, en cierto modo, también.

Michel, revisando los libros de cuentas de Johanne Chéron, descubrió que el capataz robaba a manos llenas. Y lo desenmascaró en público. No era capataz, sino panadero, y buscaba venganza por su familia, timada, endeudada y en prisión o muerta por los tejemanejes de Roger Parmentier y Guy Chéron, el marido (fallecido) de Johanne y socio de Roger. Los zigeuner intentaron lincharlo y sólo la deuda que tenían con nuestros amigos lo impidió. El capataz desapareció por la noche. Si consiguió fugarse o dio con sus huesos en el Carignan, nadie lo sabe.

Roger Parmentier apareció muerto por la mañana, en la orilla del lago. La niebla se disipó de forma natural ese amanecer y les permitió encontrarlo con rapidez. Parecía haber sido atacado por una bestia, pero el engaño no confundió a Colette: muerte por asfixia y brazo arrancado post-mortem, diría. Alguien quería aprovechar los rumores sobre una bestia que campaba por los montes que habían oído en el pueblo y que, como pueblo supersticioso, repetían los zigeuner.

Encontraron a los asesinos poco más allá, en el pantano, con los archiperres usados para el engaño: zancos, falsas garras y mechones de pelaje de animales. Ironías del destino, los perseguía una bestia: un oso furioso y malherido que los cuatro jóvenes abatieron con sus pistolas. Más misterios: el oso tenía heridas como de zarpa de lobo, pero mucho más grandes.

Los tres malandrines, una vez descubiertos, no tuvieron ánimos para enfrentarse a sus salvadores. Y confesaron haber matado a Roger conchabados con Johanne:

—Tuvimos que hacerlo por su bien, ¿lo veis? Ella había trabajado mucho tiempo y muy duro para construir ese molino. Lo habría arruinado todo si no le hubiésemos detenido. Contrató a ese capataz incompetente y a esos zíngaros holgazanes. Para mayo se había gastado los fondos destinados a durar un año. Todo el tiempo él juraba que conocía su negocio mejor que ella. Todos estuvimos de acuerdo… habría que librarse de él.

Volvieron al campamento llevando consigo a los asesinos confesos. Vieron, desde lejos, una flecha de plata que corría hacia el bosque. Cuando llegaron, no les sorprendió lo que encontraron: Johanne Chéron muerta, destrozada por una gran bestia.

El campamento estaba vacío cuando ocurrió. Los zigeuner habían huido tras el hallazgo del cadáver de Roger de aquel lugar maldito en la Trandafir recién reparada. Sólo quedaron ellos, con dos cadáveres y tres asesinos. Y Colette se encogió de hombros: un Mazet muerto era buena cosa; y Jacques ahogó un escalofrío de júbilo ante el hermoso color de la sangre recién derramada sobre la verde hierba al sol de la mañana; y Julien señaló al bosque y les dijo a los asesinos «marchad», pues prefería ocultar su paso por aquellas tierras a que se impartiera justicia; y Michel lloró por la mujer muerta, la instigadora del asesinato.

Ninguno habló mucho tras dejar Grausse. Aquellos días, bajo el monolito negro, se habían enfrentado a lo más oscuro de sus almas. Nada volvió a ser igual.

Baile de máscaras, 1×04. Con Julien Lafleur d’Aubigne (Alcadizaar) y su hermano Jacques (Aldarion), Colette/Noel Leclair de Dunois (Menxar) y Michel Laffount de Gévaudan (Charlie).

Segunda parte de esta adaptación libre de Si las miradas matasen, módulo de Warhammer Fantasy. Debió ser una aventura corta (media sesión, más o menos), pero Charlie se atascó y la cosa se alargó en demasía.

Fue una partida desagradable, de las que terminan dejando mal cuerpo. La atmósfera de pesadilla afectó a los jugadores, que exploraron el lado tenebroso de sus personajes. No hubo justicia, no hubo esperanza, no hubo final feliz: sólo muerte y maldad.

4 comentarios para “Baile de máscaras — Bajo la sombra del monolito

  1. A mí me sigue poniendo los pelos de punta. Pasamos un días horribles en aquel campamento. Lo que no sé es porqué mejor no nos fuimos al pueblo…

  2. Julien se pasó toda la sesión (y el final de la anterior, y el principio de la siguiente…) convaleciente, que sumado al oscuro ambiente de la sesión acabó por hacerle ceder y dejar a los asesinos libres, decisión que jamás habría tomado en condiciones normales… Aunque al tomar esa decisión evitara que la Inquisición investigara nada en lo que él estuviera involucrado, hecho que posiblemente se cuente entre sus mayores temores.

    Lo único que sacaron de allí al final son los papeles del molino (casualmente, el mismo por el que tanto había peleado el bueno de Fernand) y un buen dolor de cabeza.

  3. El máster también sacó dolor de cabeza de esa sesión. Lo curioso es que os quedárais en el campamento y no en el pueblo, como hizo el cura (los efectos del monolito habrían sido mucho menores) o haber contratado a un par de hombres con mulas para recoger vuestras cosas de la Trandafir e iros de allí bien rápido.

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