Baile de Máscaras — Remontando el Carignan

Los tres jóvenes aún permanecieron un rato en casa del marqués de l’Aigle Couronné, escribiendo cartas a sus familias contando lo ocurrido y discutiendo el plan de acción. Eran pasadas las diez cuando, tras encomendar las cartas al marqués, incluyendo una de Jacques Lafleur para Eloise de Ferdeine, abandonaron la casa.

El viaje propuesto por el marqués: de Dupois (1) a la aldea de Grausse (2) por río y de ahi a Ourges (3). El plan de los aventureros era ir ahí a Voillermont por carretera, atrochar por sendas a Le Drac y volver por barco a Chaville


La primera parada fue la casa que habían alquilado los Leclair, donde se quedó Michel. La criada despertó a Colette, recién acostada tras velar un rato a su hermano, aquejado de fuertes fiebres. La joven tomó las ropas de la noche y bajó entre intrigada y molesta. Michel no pudo sino maravillarse del parecido de los dos hermanos. «Ojalá se dejara bigote —pensó—. Cuando está con el pelo suelto me da la sensación de estar hablando con Colette».

Tras preguntar por cortesía por la hermana, Michel fue al grano, contando lo que habían hablado con el marqués y las decisiones tomadas. Colette se aguantó el pánico que crecía en su interior conforme hablaba Laffount. Cuando el joven terminó de hablar, se disculpó y salió, yendo a la habitación de su hermano. Allí estaba el doctor Joël Besson, su tutor y maestro. Aguantándose las lágrimas, le contó lo ocurrido.

—¡Qué locura! Que se vayan, si así lo han decidido, pero vos debéis quedaros. Estaréis más segura aquí.

Colette negó con la cabeza.

—Laffount tiene razón. Si me quedo, el riesgo es mayor. Noel podría terminar herido o podría descubrirse su enfermedad y, entonces, todos los esfuerzos de mi familia habrían sido en vano. Si se corre la voz de que Noel se ha marchado, dejarán la casa en paz. Si el conde de Malache hiciera algo contra Colette Leclair de Dunois como represalia por un mal duelo de su hijo, los demás señores no se lo perdonarían: sería su muerte social.

—Sigue siendo una estupidez. Hablamos de un mes por el campo, en compañía de esos tres jóvenes, no de un baile o una excursión por la tarde: no podréis mantener la mascarada tanto tiempo.

Colette sonrió con tristeza.

—Ya he hecho viajes largos como Noel, durmiendo en posadas y con criados que no sabían la verdad. Me las apañaré. Por favor, dadme un botiquín por lo que pudiera ocurrir en el camino. Y avisad en cocina para que preparen algo de comida. Seguro que ni los Lafleur ni Laffount han pensado en eso y yo no he comido nada desde la cena.

En pocos minutos, Colette estaba lista para el viaje, vestida con las ropas de su hermano, con un gran maletín de doctor y una cesta de picnic. Con las prisas, cometió un grave error con su disfraz que pasó también desapercibido para su tutor.

Sin embargo, había un problema mayor: la casa estaba bajo vigilancia.

—De Rochefleur se ha dado prisa. Va a ser difícil salir sin ser vistos —murmuró Michel.

—Tal vez podamos despistarlos. Mi coche es cubierto —dijo Colette.

Mandó preparar el coche y envió en él al doctor.

—Id a casa de los Carbellac —le dijo antes de partir—. Si aún están los hermanos Lafleur, avisadles de lo que ha ocurrido aquí —bajó el tono para que nadie más la oyera y siguió—. Mis padres nos dieron bastante dinero: usadlo para contratar guardaespaldas. Cuando todo se tranquilice, refugiaos en casa de los Carbellac. Para mi hermano también va a ser difícil, teniendo que hacer de mí todo este tiempo.

El coche partió y, como esperaban, arrastró consigo a los vigilantes. Aprovecharon para salir por la puerta trasera y tomaron un coche de alquiler.

******

La gran ciudad de Dupois se levantaba en la margen derecha del Carignan, en un punto en el que el río, que venía del este, viraba al sur. Estaba en la encrucijada de cuatro grandes carreteras: la de Chaville, la de Bellegarde, la de La Roche y la que llevaba al este, hacia Phaion y sólo hacía falta cruzar el río para la primera. Precisamente por esta carretera, en la orilla izquierda había crecido un arrabal: en principio unas ventas, luego muelles, almacenes, más tabernas y, por último, casas: desde chabolas de tablones a palacetes de mercaderes, con almacenes anexos, grandes tapias y mercenarios de largas espadas. Un lugar embarrado y peligroso, una mancha marrón al costado de la ciudad más hermosa de Gabriel.

Para cruzar el río, se alejaron de la zona de la carretera, que estaría vigilada y fueron a los últimos muelles río arriba, cerca ya del arranque de San Serván. Allí había quedado Michel con los hermanos Lafleur y allí los encontraron, esperándolos, con ropas de viajes, armas y las cosas que Michel les había pedido que le recogieran de casa de los Carbellac.

Contrataron a un barquero que les cruzó al arrabal. El bullicio les sorprendió: pese a ser domingo y día de resaca de las grandes fiestas de la ciudad, los comercios y puestos callejeros estaban abiertos, olía a comida en las tabernas y los estibadores iban y venían cargando y descargando grandes barcazas de fondo plano, pinazas y faluchos.

No les resultó difícil encontrar al padre Daniel Magloire, con su sotana y un gran maletón, plantado frente a una barcaza pintada de verde. La sorpresa del sacerdote fue grande. Los jóvenes ya habían preparado una excusa.

—Nos preocupa mucho el ataque que sufrió la hija del marqués de Ferdeine —contó Julien—. Hemos decidido hablar con los padres de Simon, el asaltante que vos identificasteis, para intentar averiguar algo más. Nos gustaría acompañaros y, si es posible, que nos presentarais a la familia.

El sacerdote no puso pegas y hasta le alegró la compañía.

—Tendréis que hablar con el patrón, pues la barcaza no es de pasajeros. Va a la aldea de Grausse y de ahí tendremos que ir a pie a Ourges —se giró hacia la barca y llamó— ¡Señor Parmentier, señor Parmentier!

El interpelado, que observaba la carga de la barcaza, se acercó a la llamada del sacerdote. Rondaba la treintena y era de mediana estatura, delgado, de mirada franca y sonrisa cautivadora. Vestía elegante ropa de caza y llevaba el cabello castaño largo, recogido en una coleta.

El sacerdote los presentó, aunque sólo recordaba el nombre de Michel y confundió el de Noel. Julien y Jacques usaron nombres falsos. Colette intentó pasar desapercibida, pues Parmentier era hijo del vizconde de Mazet, que pleiteaba con su familia por el título de Dunois. Colette no recordaba a Parmentier, pero no dudaba de que se habrían visto en alguna ocasión.

Parmentier, Roger de nombre, era, como hemos dicho, hijo del vizconde de Mazet. Uno de los hijos menores. Se había buscado la vida como mercader y ahora tenía contrato, junto con su socia Johanne Chéron, viuda de su antiguo socio Guy Chéron, para construir un molino en la aldea de Grausse, en el primer tercio del cauce del Carignan. ¿Un molino? ¿Casualidad? Ninguna: por el camino se enterarían de que se trataba de esa aldea del conde de Malache para la que el difunto Fernand Duchamp había logrado los derechos de edificar un molino.

Se alegró de tenerlos a bordo, al entender que eran de su misma clase social, para luego enviarlos a hablar con el capitán de la barcaza. Éste era un hombre bajo y fornido con pinta de pirata. Era el jefe de un clan de zigeuner de río, lo que no era extraño, tratándose del Carignan. El capataz de Parmentier los había contratado tanto para el acarreo de material por el río como para la propia construcción del molino.

—No es la Trandafir barca de pasajeros, pero si quieren ir con el cura y el patrón da permiso, pueden subir. No hay camarotes y todas las noches atracaremos para dormir, así que les aconsejo se hagan de unas buenas mantas, que las noches junto al río son húmedas. Saldremos a medio día, aún tienen un rato para ir a comprar.

Llegaron a un acuerdo por el precio y pagaron. Al ver la cara del capitán al recibir las monedas de oro, decidieron también buscar un cambista y obtener plata. Al final, compraron no sólo mantas, también tiendas de campaña, utensilios para el viaje y ropa no tan cara y llamativa como las suyas.

Apenas dadas las 12 por los campanarios de las iglesias, la Trandafir zarpaba. Era una gabarra grande, de dos palos y sin puente y cabeceó pesadamente al enfrentarse a la corriente. La tripulación la formaban tres hombres y dos mujeres, además del capitán Gavril y de una vieja medio ciega, la abuela del capitán, que respondía al nombre de Vadoma y que se pasaría todo el viaje llamando «niña» a Colette y «el oscuro» a Jacques. Como pasajeros, además de ellos cuatro, iban el sacerdote y el señor Parmentier.

La exhibición de dinero que habían hecho en el arrabal había llamado la atención. Michel y Jacques, los más habituados a moverse por barrios de mala reputación en Chaville, lo esperaban y se mantenían alertas. Por eso, se fijaron en que un rapaz que les había estado siguiendo hablaba con un hombre que se perdió entre el gentío después de haber observado cómo partían.

******

El primer día transcurrió sin novedad, más allá de los sobresaltos que provocaba la vieja: «Niña, dame un poco de ese queso que llevas», «¡El oscuro! ¡El oscuro me lleva!» y «¡La bestia! ¡Cuidado con la bestia!» causaron no pocos sustos a los cuatro amigos, hasta que vieron que nadie en el barco le hacía realmente caso. Se cruzaron con pocas embarcaciones y atracaron en un tramo arenoso de la orilla cuando aún tenían luz. Tras la cena (un estofado de peces del río), montaron las tiendas. Julien y Michel aprovecharon para intercambiar unas palabras.

—Noel huele a su hermana —dijo Julien. No era una pregunta.

—Está usado el perfume de ella —contestó Michel. Pensó en ello un instante—. ¿Desde cuándo os fijáis en esas cosas?

—No sois quién para reprochármelo —Y se alejó sonriendo.

El reparto de tiendas hizo que Michel y Noel compartieran la suya, aunque aquél prefirió pasarla en compañía femenina: una de las dos mujeres de la barca, que era más o menos de su edad, y con la que había estado flirteando durante el día.

El siguiente día comenzó igual: el Carignan seguía ancho y profundo, con ocasionales islas. Las orillas, más allá del bosque de ribera, mostraban campos de cultivos, granjas y aldeas. Algún pescador les saludaba al pasar y ninguna barca en el camino. Hasta media mañana, cuando se cruzaron con un falucho.

Julien, que iba sesteando a proa, frunció el ceño y se acercó a Michel, que hablaba con Parmentier.

—A vos, que vuestra familia es gente de mar, ¿no os parece que mucha gente tiene esa barca? —le preguntó.

Vio Michel el falucho, se fijó en la veintena de hombres que se veían y soltó una maldición. Fueron en busca de Gavril, el capitán, que también observaba el barco.

—Parecen piratas. Para nosotros será una molestia, pues se llevarán la carga y la plata, pero para vuesas mercedes puede ser peor: si descubren que son de buena familia, seguramente se los lleven secuestrados para pedir rescate.

Expusieron a sus compañeros la situación. Las ropas compradas en el arrabal no engañarían a los piratas si registraban sus pertenencias y encontraban el oro, las ropas de casa y las armas. Decidieron plantar cara y así informaron a Gavril y Parmentier. El capitán sonrió con ferocidad, enseñando su diente de oro, y Parmentier, que se encontraba en la misma situación que los jóvenes, tragó saliva y tomó su espada.

El falucho era ágil y se movía a favor de corriente. Apenas tuvieron tiempo de preparar las pistolas y apostarse, cuando el barco los alcanzó. Cayeron garfios y bicheros para sujetar ambas embarcaciones y los piratas saltaron al abordaje, dando grandes gritos para atemorizar a los de la barcaza.

Colette descargó sus pistolas; los tres jóvenes cargaron de frente; Gavril y sus hombres lo hicieron por los flancos, cortando las cuerdas de los garfios e impidiendo al resto de los piratas abordar. Los piratas, sorprendidos por una resistencia que no esperaban, saltaron con rapidez a su barco, lo separaron y huyeron río abajo. El cuerpo de un pirata quedó flotando en el agua y las manchas de sangre en cubierta indicaban que varios más habían sido heridos, mas ellos no habían sufrido daños.

A medio día dejaron atrás un pueblo con un pequeño puerto. Vieron que tenía casa de la milicia, posadas, casa de postas y demás edificios que indicaban una población de importancia. De ahí, les explicó Gavril, debían venir las otras barcas con las que se habían cruzado tras el encuentro con los piratas: era el punto de embarque entre las tierras de cultivo al norte de Dupois y la ciudad de los cisnes.

—Me pregunto —pensó Jacques en voz alta— si el tipo que nos vigilaba en el arrabal no sería un compinche de los piratas. Por la posta habría llegado al pueblo con tiempo. Porque, ¿qué hay en la barca que merezca la pena robar? ¿Tejas? ¿Ladrillos? ¿Herramientas? ¿Las muelas de molino? ¿O el dinero que enseñamos?

La idea era inquietante y decidieron montar guardia esa noche, no fuera que los piratas tuvieran ganas de revancha.

Hicieron bien, porque la tenían.

Los piratas atacaron desde tres puntos: desde el río, para hacerse con la Trandafir y dos grupos desde el interior, para caer sobre el campamento. El ataque fue en lo más profundo de la madrugada. El grupo del río desembarcó por el puesto de guardia de Colette. Sólo que ella no estaba allí, sino en el bosque, aprovechando el momento de paz para hacer sus necesidades. El ruido la alertó y de un pistoletazo a quince pasos despachó a un pirata y despertó a sus compañeros. Pero también atrajo sobre sí a uno de los grupos del interior.

El disparo de alerta impidió que los masacraran. Gavril y sus hombres, con Jacques, hicieron frente al tercer grupo, defendiendo el campamento. Julien, Michel y Parmentier, al grupo del río. Y Colette quedó sola en el bosque jugando al gato y al ratón con el resto. Al estar sola, tenía la ventaja de que todo lo que la rodeaba era el enemigo. Gavril y los suyos estaban acostumbrados a tirad de cuchillo y se defendían bien entre las tiendas y los árboles del bosque circundante. Jacques fue cogiendo ritmo: tenía una excelente visión nocturna que le otorgaba una gran ventaja en esa lucha.

Peor lo tenía el grupo de Julien, en la zona más expuesta. Tiraron primero de pistolas, derribando a dos o tres oponentes y luego atacaron con las espadas. Parecía que los piratas se iban a deshacer ante su empuje, pero, entonces, una mala estocada derribó a Julien. Michel y Parmentier retrocedieron, desbordados. Poco podían hacer para parar los tajos de los piratas.

Por fortuna, llegaba ya Jacques en ayuda, al ver caer a su hermano y teniendo el otro flanco controlado. Llegaba también Colette, que había conseguido quitarse de encima a los suyos. Los piratas, ya sin esperanza, se rindieron o huyeron.

El recuento de bajas sólo dio un herido grave, Julien. Uno de los marineros había sufrido una cuchillada y Michel y Jacques tenían algún arañazo. Colette había perdido una de sus pistolas, destruida la llave de un hachazo, lo que dolía tanto como una herida.

Decidieron retroceder hasta el pueblo que habían visto ese día, tanto para entregar a los prisioneros a la autoridad como para poder atender a Julien en condiciones. Gavril y Parmentier no estuvieron muy de acuerdo en un principio, por el retraso que suponía, pero accedieron. El descenso del río fue difícil: se habían hecho también con el falucho de los piratas y Gavril tuvo que dividir su escasa tripulación entre ambas barcas.

Había una recompensa por los piratas, que les fue pagada en el cuartelillo con una carta de pago. Vendieron el falucho y las posesiones de los piratas como botín de guerra y repartieron el dinero con Gavril, con lo que desaparecieron sus quejas. Tomaron habitaciones en la posada y se quedaron un par de días, hasta que Julien estuvo fuera de peligro. En el pueblo no había médico, pero si veterinario y boticario y Colette pudo conseguir lo que le faltaba para atender a Julien. Para el joven resultaron muy incómodos esos días incapacitado donde tuvo que permitir a su amigo curarlo y limpiarlo. Para Colette fue aún más embarazoso. Y Jacques y Michel, aun preocupados por Julien, no pararon de hacer chanzas sobre las habilidades médicas del supuesto Noel, desde un «¿No era vuestra hermana quien estudiaba medicina?» a un «¿Es que jugáis a los médicos con vuestra hermana?».

******

El viaje al norte continuó cuando lo permitió la salud de Julien. Parmentier estaba cada vez más nervioso con el retraso y hasta Michel, cautivado por la charla del mercader en su primer encuentro, empezaba a cansarse. La vieja seguía a lo suyo, Gavril estaba feliz por el dinero extra y el marinero que cortejaba a la joven de la tripulación andaba con la mosca detrás de la oreja tras haberla visto sonreír y sonrojarse al hablar con Michel y con Jacques.

En éstas, y con la relajación propia de quien casi ha llegado a su destino, sobrevino el desastre: la vieja Vadoma comenzó a gritar histérica «¡La Bestia de Grausse, la Bestia de Grausse!», sobresaltándolos. De pronto, un fuerte golpe sacudió la Trandafir. Del golpe se desestabilizó la carga. Cayeron tejas y ladrillos al agua y la Trandafir se escoró. Gavril, entre maldiciones y juramentos, se hizo oír entre el caos y ordenó a sus hombres lanzar la barca contra la orilla.

Con el golpe, la vieja, Julien y Michel fueron al agua. La corriente no era muy fuerte en ese tramo, pero ahora estaba todo lleno de restos flotantes y no tan flotantes. Para colmo de males, aquello con lo que habían chocado resultó ser un siluro gigantesco, de cinco o seis metros de largo. El animal, cabreado, quizás herido o sencillamente hambriento, se revolvió e intentó pillar presa. Jacques y Colette echaron mano de cabos para ayudar a sus compañeros entre los crujidos terribles y los vaivenes de la barca. Lograron sacar a Julien y Jacques se lanzó al agua para ayudar a la vieja. Michel, más allá, apenas lograba sacar la cabeza y tomar aire antes de que cajones, herramientas o la propia Trandafir le pasaran por encima, golpeándole y aturdiéndole.

Jacques salvó a la vieja Vadoma del siluro, apartándola en el último momento de las fauces de la bestia. La vieja gritaba «¡La bestia! ¡La bestia de Grausse!» o «¡El oscuro! ¡El oscuro me lleva!» entre bocanada y bocanada. Michel logró llegar hasta ellos y sujetar a la vieja mientras Jacques, daga en mano, se enfrentaba al siluro. Colette lanzó un lazo que Michel cogió y pasó bajo los brazos de la vieja. La joven gritó, pidiendo ayuda. Julien, aguantando el dolor de las heridas reabiertas, tiraba como podía. Parmentier, atontado tras haber sufrido un revolcón por el desplazamiento de carga, trastabillaba tratando de llegar hasta ellos. De repente, las aguas se calmaron. El siluro se alejó. Jacques emergió, sin la daga.

El choque había dejado la Trandafir inutilizada. No tanto por el siluro como por el desplazamiento de carga. Ahora estaba embarrancada y sin riesgo, pero habría que descargarla y arreglar los desperfectos antes de ponerla a flote y eso era algo que no podían hacer ellos. Como estaban cerca del campamento, una vez Colette terminó de atender a los heridos, Gavril dio orden de ponerse en marcha. Atrás dejaron a dos tripulantes, uno de ellos con las costillas rotas al que no podían mover.

El camino fue penoso, por una vereda estrecha e irregular, con tramos embarrados. A los heridos, a Julien, con las heridas reabiertas, a la muchacha con un brazo, a todos en general, magullados, les costaba andar. Gavril llevaba a la vieja Vadoma en caballito. Fueron casi dos horas de marcha hasta llegar, ya puesto el sol, al campamento.

El campamento estaba formado por diez o doce tiendas de distinto tamaño dispuestas en un irregular círculo, dejando un hueco para la zona de obras del molino. Una espesa niebla que reptaba desde el río impedía ver mucho más allá. Había varias hogueras encendidas y el olor de la cena les reconfortó. La gente que vivaqueaba entre las hogueras acudió corriendo a darles la bienvenida, entre gestos de preocupación y de alegría. Se veía que eran del mismo clan, familiares y parientes. Pronto, los ateridos viajeros fueron reconfortados con un cuenco de humeante guiso de pescado y un vasito de algún licor infernal.

No tuvieron tiempo de disfrutar de la bienvenida: una mujer alta entró en el círculo de zigeuner a grandes zancadas. Tendría veinticinco o veintiséis años, aunque las profundas ojeras la hacían parecer mayor. Vestía de corte masculino y muy pasado de moda, con botas de media caña, pantalón ajustado y jubón de mangas acuchilladas. Llevaba el cabello recogido por un pañuelo y se tocaba con un chambergo con los restos de una pluma negra.

—Señor Parmentier —rugió al llegar—, ¿qué significa esto? ¿Dónde está la Trandafir? ¿Dónde, mis herramientas y suministros?

—Oh, oh, ya viene mi socia, con tan mal humor como siempre —dijo el interpelado, dirigiéndose a los cuatro jóvenes y el sacerdote y haciendo una exagerada mueca—. Querida Chéron —continuó, ya para la mujer—, yo también me alegro de encontraros sana y salva. Hemos sufrido el ataque de piratas y de monstruosos peces en el viaje y, de no ser por la divina presencia del padre Daniel Magloire y sus cuatro acompañantes, no habría carga que salvar ni gaznate que remojar.

Y así siguió hablando Roger Parmentier, con todas las artes de que disponía, quitando importancia a la carga perdida y a los daños sufridos por la barca. Tras presentar al padre y a los cuatro jóvenes, se fue con su socia a discutir de dinero. De igual forma, el gigantón nórdico que era el capataz se llevó a Gavril para hablar del estado de la Trandafir y de su rescate.

Los jóvenes no quedaron olvidados: al salvar a la vieja Vadoma se habían ganado al clan, más incluso que por repeler a los piratas o compartir los beneficios de la venta de sus posesiones. Se les dejaron dos tiendas para que pudieran descansar, mantas y mudas secas, en tanto pudieran traer su equipaje de la barca. El sacerdote, por su parte, había sido acogido por Parmentier en la suya.

Baile de máscaras, 1×03. Con Julien Lafleur d’Aubigne (Alcadizaar), Colette/Noel Leclair de Dunois (Menxar) y Michel Laffount de Gévaudan (Charlie).

Primera parte de esta adaptación libre de Si las miradas matasen, módulo de Warhammer Fantasy. Aldarion se nos cayó, así que tuvimos una sesión de tres que, merced de los dados, requirió que usáramos el personaje de Jacques para que todo saliera bien.

La partida estuvo marcada por la pifia de Colette en disfraz (que solventé con lo del perfume, pues tenía que ser algo gordo y, a la vez, sutil, pues se había preparado con ayuda de su criada de confianza y del doctor Besson) y la escena de Colette como Noel cuidando y lavando a Julien en la posada tras el ataque de los piratas, incómoda para sus personajes por distintos motivos.

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