El Ícaro — La isla de los niños II

Parecía un maniquí de cera y metal vestido de cuero negro raído y enterrado hasta medio torso en un montículo de agujas de pino, cuentas de vidrio, puntas de flecha, figuritas talladas, plumas y otras ofrendas, que se habían ido acumulando durante décadas o incluso siglos delante de un tótem formado por máscaras de maderas, talladas y pintadas de vivos colores atadas a una antiquísima viga metálica comida por la herrumbre.

Sassa Ivarsson, arrodillada junto al montículo, examinaba el maniquí. Un mechón rebelde levantaba tenues chispas cuando rozaba el escudo psíquico que la joven había interpuesto entre el montículo y ella. Todos habían reconocido al tecnócrita. Todos sabían cómo estallaban.

—Nada, capitán. Es la misma débil chispa que capté antes. No está consciente. Ni siquiera podemos decir que esté en coma —La joven había captado la mente del tecnócrita minutos antes, en un escaneo de zona rutinario cuando salían del poblado para reunirse con el equipo del teniente White.

—Lleva ahí desde tiempos del abuelo de mi abuelo —La pecosa Lun Ix Tek estaba arrodillada junto a Sassa, observándola fijamente e imitando sus movimientos—. Nunca se ha movido. El abuelo de mi abuelo fue un gran cazador.

—El de Nidik también llevaba siglos ahí y estalló de repente. Y éste está en mitad del pueblo, sería una masacre. Nos lo llevaremos a una distancia segura y lo haremos estallar.

—Yo me ocupo, capitán —Sassa sacó del zurrón una pequeña pala de arqueólogo con la que excavó el montículo alrededor del tecnócrita. El ruido atrajo a los habitantes del asentamiento. Se oyeron algunas voces de protesta ante la profanación del montón de ofrendas, sin que Lun y Aus Ah Amin lograran calmar los ánimos. Pero cuando Sassa, una vez liberado el tecnócrita, lo izó telepáticamente, la gente huyó a sus casas, dando gritos de miedo y para ahuyentar a los malos espíritus.

El grupo se alejó del poblado guiados por Lun, que parecía inmune a cualquier cosa que no fuera la curiosidad. A doscientos pasos encontraron una hondonada y depositaron en ella al tecnócrita.

—Alejaos, voy a destrozarlo.

—Déjamelo a mí, tenemos cuentas pendientes.

Lun ahogó un grito de sorpresa. Había dos Renaldos: el que había interrumpido a Sassa y otro que había cogido un gran pedrusco del suelo y avanzaba hacia el cuerpo del tecnócrita con una sonrisa cruel en los labios. Sassa y Paolo no dijeron nada. Cogieron a Lun y se cubrieron tras un tronco caído. La copia de Renaldo se sentó a horcajadas sobre el tecnócrita y empezó a machacar su cabeza. Ploc, ploc, ploc. El rítmico sonido de la piedra rompiendo carne, metal y hueso siguió oyéndose durante varios minutos. Desagradable. Contundente. Hasta que la hondonada estalló.

—Ea, vayamos con White. Esta isla empieza a atacarme los nervios.

Media hora después se habían reunido con el SG-3 del teniente White en el conjunto megalítico del centro de la isla. La boca del pozo situado en el centro parecía tan amenazadora como la boca del Infierno a la luz fantasmagórica del fuego de San Telmo. Más aún cuando White terminó su informe. Y la existencia del tecnócrita no mejoraba la situación.

Razonaron, a raíz de lo que sabían, que en la isla había algún tipo de dispositivo de control del clima que provocaba la tormenta, dispositivo que debían neutralizar si querían abandonar la isla. Como la tormenta parecía centrada en el complejo megalítico, supusieron que éste sería el mecanismo. El apantallamiento psíquico era similar al que provocaba la claudia, pero con mucha más potencia. Quizás el núcleo de claudia de la isla fuera más activo de lo normal o los antiguos atlantes habían encontrado algún modo de potenciar esta característica. Lun les contó de la existencia de una cueva donde las paredes brillaban, en el territorio de otro asentamiento, bajo la colina que había bordeado el grupo de White. Quedaba como desconocida la causa de la locura asesina de los adultos. ¿Un efecto secundario? ¿Un control de la población? De momento sólo podían recomendar a los jóvenes vigilar a los mayores. Con lo que sabían se pusieron en marcha: el SG-3 del teniente White, con Lun como guía, marchó hacia el segundo asentamiento. El SG-1 se quedó en el complejo megalítico.

Cuando el equipo de White se marchó, cruzaron los anillos y saltaron al interior del pozo. Como había supuesto el teniente, en tiempos había habido un montacargas, ahora sepultado por un montón de tierra, restos vegetales y huesos, que unía la superficie con una habitación hexagonal. Había dos puertas, con cerradura de teclado. Ya se habían encontrado con esas cerraduras antes, en las instalaciones atlantes de Ynys Mawr, pero estas dos estaban muertas, agotadas su fuente de energía mucho tiempo atrás. Entre Renaldo y Paolo las forzaron.

Estaban en una caverna artificial con forma de prisma hexagonal. Las paredes rezumaban agua y brillaban azules, signo de claudia activa. Tuberías de distinto grosor las recorrían y se introducían en ellas. También en el techo, en posiciones que parecían corresponderse con los megalitos de la superficie. Un sistema de pasarelas y escaleras metálicas unidas a las paredes permitía el acceso a las tuberías. La habitación en la que estaban colgaba del centro del techo. Sendas pasarelas radiales unían cada puerta con las pasarelas de las paredes.

Diez metros por debajo vieron lo que parecía una gran caja hexagonal de tres metros de lado, suspendida en el vacío y unida a las paredes por pasarelas bajo las cuales discurrían diversas tuberías que se introducían en ella. La caja tenía una puerta, como comprobaron tras bajar hasta ella, maniobra no sin peligro pues la estructura metálica estaba comida por la herrumbre y cedió en varios sitios. La puerta tenía una cerradura de teclado y una lucecita roja indicaba que estaba activa. Temiendo las posibles consecuencias de forzar la puerta, intentaron dar con la contraseña de cuatro dígitos. Al probar con el número de piedras verticales del complejo (32, 16, 8) en el sistema vigesimal atlante, la puerta se abrió.

La caja albergaba, como habían supuesto, la sala de control: paneles con líneas iluminadas de distintos colores sobre un corte esquemático de la isla, indicadores diversos, luces verdes y rojas, un tubo de cristal que alojaba a un gólem distinto a los de la superficie y lo que más les llamó la atención: en un panel adyacente al principal había una unidad de energía como la que encontraran en la prisión de Neltha Laglaush, un MPC. Este panel tenía un sistema de control muy sencillo, formado por tres interruptores deslizantes. Cada uno de ellos tenía un icono que lo identificaba (nube, engranaje, persona), con un cuarto interruptor de control. Los interruptores sólo podían deslizarse de uno en uno y siempre a la par que el de control, que parecía servir de medida de seguridad.

¿Para qué servían los interruptores? Lo fueron averiguando sobre la marcha, a base de ensayos, el SG-1 en el complejo y el SG-3 en las cuevas bajo la colina. Descubrieron que el MPC sobrecargaba el núcleo de claudia de la isla y que el exceso de energía se usaba en tres sistemas (control climático, defensa contra La Máquina y control poblacional, esto es, la locura inducida a partir de los 20 años). También que los tres activos equilibraban el exceso de energía y que apagarlos alegremente tendría consecuencias catastróficas. En el proceso, el cristal del báculo de un chamán intentó reconstruirse como dron de La Máquina y el SG-3 tuvo que abandonar la gruta (en realidad, una mina) entre fugas de vapor y explosiones.

Tras varios intentos, lograron una combinación que parecía estable: desactivaron el control del clima y el poblacional, pero mantuvieron las defensas psíquicas. Tuvieron una larga discusión al respecto, pues sin la protección de la tormenta la isla sería vulnerable a los piratas. Evaluaron también otras opciones, como que Lun reactivara el control climático una vez hubieran abandonado la isla o evacuar a los muchachos a Ynys Mawr y llevarse el MPC. Pero la decisión última de darles la oportunidad de crecer, pero vulnerables, la tomó Paolo.

Así, tras explicarles a Aus Ah Amin, a Lun Ix Tek y a Net Ah Hamish la nueva situación, reembarcaron en el Albatros dorado y continuaron viaje a Ynys Mawr.

4 comentarios para “El Ícaro — La isla de los niños II

  1. Menos mal que que tengo buena memoria para detalles que aparentemente son irrelevantes (los importantes se me olvidan :P), porque aunque lo he intentado soy in capaz de tomar notas en las partidas.
    Dicho esto, por Navidad de regalo quiero un trabajo para Pirixis en Sevilla (y otro para mi) y así disfrutar de su comida, su compañía y sus habilidades como amanuense en las partidas. Como jugadora tiene otras muchas habilidades pero como empiece a enumerarlas no termino.

Deja un comentario