El Ícaro — Historia: la Edad Oscura

El ataque nuclear y mágico sobre la Atlántida cambió la faz del mundo. No sólo desaparecieron la isla continente y la Arcadia: buena parte de las Grandes Llanuras fueron cubiertas por las aguas; hubo terremotos y reacciones extrañas de claudia, cayeron islas y se levantaron otras. Y un largo invierno nuclear, con todo lo que ello significaba. Cosechas perdidas, bosques arrasados, lluvia ácida, contaminación radioactiva…

Todos los pueblos fueron afectados, en mayor o menor grado, por el Gran Cataclismo de la destrucción de la Atlántida. La caída de temperaturas y luz solar provocada por las partículas en suspensión provocó hambrunas y migraciones forzadas. Hubo un retroceso cultural tan acusado que, incluso, algunos pueblos perdieron el conocimiento de la metalurgia. Y La Máquina dio la puntilla. Las facciones en que había quedado dividida, cada una de ellas con una mente colmena limitada, eran un pálido reflejo de lo que había sido el poder de Madre, pero, aun así, eran una potencia sin igual en aquel mundo destrozado.

Pronto todo degeneró en una guerra total de todos contra todos. Los distintos pueblos luchaban entre sí, incluso en cruentas guerras civiles, por los pocos recursos naturales (tierras, agua, ganado) disponibles, llegando hasta el punto de entregar a los prisioneros a La Máquina tanto para lograr un trato de favor como para quitarse de encima bocas que alimentar. Incluso las facciones de La Máquina comenzaron a luchar entre ellas, por la posesión de sus rebaños. Dos tercios de la población mundial de seres inteligentes murieron. Entre el resto de especies, la población se redujo entre un 25% y un 80% y muchas especies se extinguieron. Los peores fueron los primeros años, los llamados Años de Invierno. Años en los que el cielo estaba permanentemente cubierto por nubes de ceniza y hollín y la temperatura descendió bruscamente. Años en los que la postal habitual tenía árboles secos y esqueletos blanqueándose hasta donde alcanzara la vista.

Poco a poco, la ceniza se fue posando y volvió a aparecer el Sol. La Naturaleza pudo levantar cabeza aunque las temperaturas, sin llegar a una nueva era glaciar, seguirían siendo bajas. La guerra fratricida daría la puntilla a los pueblos y naciones. Finalmente, fue La Máquina quien rompería la espiral de muerte. Las distintas facciones llegaron a un acuerdo de paz y se retiraron, sumiéndose en un letargo para permitir que la población mundial se restableciera. Sin su presencia, el resto de guerras, con los combatientes exhaustos o directamente aniquilados, fueron terminando. Quedaba un mundo en ruinas, sin las grandes civilizaciones de antaño: las Cinco Ciudades enanas habían sido destruidas. Dos, sepultadas por los terremotos tras las explosiones nucleares. Otra, bajo el ataque de La Máquina. La cuarta, saqueada por los elfos. La última, acuciada por el hambre y rota por la violencia, sería abandonada por sus propios habitantes. No corrieron mejor suerte las hermosas ciudades de las dríadas de Broceliande y de las ciudades atlantes de las islas sólo sobrevivió una, la Última Ciudad, en la gran isla que conocemos hoy como Ynys Mawr.

Unos 750 años después del comienzo del Largo Invierno el clima se había suavizado bastante, con una serie de buenos años y grandes cosechas que permitió que la población creciese. Este aumento de la población conllevó la aparición de grandes ciudades, el florecimiento del comercio y la creación de reinos y países de tamaño considerable, frente a los pequeños feudos, pueblos, territorios y ciudades-estado anteriores. Todo esto tiró a su vez de la ciencia y la tecnología: varios países, ayudados por comerciantes y asesores de la Última Ciudad, llegaron a las puertas de una auténtica revolución industrial.

En ese momento, La Máquina volvió a aparecer. Cayeron como una terrorífica plaga de langosta, arrasándolo todo a su paso y devolviendo al mundo al principio de la Edad Oscura, tecnológica y poblacionalmente.

Desde entonces aparecen cíclicamente, en intervalos de 170 a 300 años. Cada vez que el crecimiento de la población permite que haya culturas y pueblos a punto de alcanzar su propia Era del Racionalismo y Revolución Industrial, la Máquina aparece, atacando sin piedad. Los países y zonas más avanzados sufren los ataques de mayor virulencia y ven como las grandes ciudades son arrasadas, sus orgullosos edificios derruidos, sus campos quemados y su población diezmada y obligada a abandonar sus tierras. Las zonas más atrasadas y menos pobladas sufren un castigo menor y los campos y cosechas suelen terminar con pocos daños.

Los destrozos materiales son un efecto colateral. El resultado principal de estos ataques es un genocidio de proporciones difíciles de imaginar: alrededor de la mitad de la población mundial de las distintas especies inteligentes es aniquilado. Una parte de las víctimas son usadas como alimento. Otra, como materia prima para nuevos autómatas. El resto son, directamente, asesinados. Las pérdidas no son homogéneas. Los países y zonas más avanzadas y las ciudades más pobladas pueden perder hasta el 80% de su población, mientras que los pequeños núcleos rurales o nómadas sólo entre un 25% y un 40%.

La historia de la Edad Oscura es la historia de estos ciclos de muerte. Ha habido no menos de 12 momentos en los que La Máquina ha aparecido, aplicando su macabro reset a la civilización mundial. Han transcurrido más de 3000 años desde la caída de la Atlántida y es imposible saber cuántas civilizaciones han desaparecido, cuántos pueblos han sido aniquilados.

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