Obras, obras, obras

Tengo un familiar con cierta adicción por las obras. Todos los años cae algo: un porche nuevo, un arreglo en la piscina, un cambio de tabiques… Es una afición que jamás compartiré. Llevo alrededor de un mes empantanado con obras y ya tengo suficiente para varios años. Vaciar las habitaciones, emigrar al piso de abajo, dormir en el despacho, pegándole patadas a los libros (los jodidos se defienden), la ropa en el pasillo, los albañiles, el ruido, el polvo fino del cemento en el desayuno… Un horror. En cuanto terminaron, lo primero que hice fue subir el router a su puesto normal (tengo cableada media casa), sacudir el polvo de cemento al servidor y enchufarlo en su puesto de red y lanzar el Azureus a bajar todos los capítulos que me había estado perdiendo esos días. Meter las estanterías, reparar los daños que había causado una puñetera tormenta de verano y, por fin, volver a montar mi ordenador, los discos duros externos, los altavoces… He sobrevivido con mi Ono-Sendai, pero a la hora de trabajar las 11,6” se me hacen escasas. Uno que se acostumbra a las 23” y a distribuirse el trabajo por la pantalla.

Ya sólo me queda repescar los posavasos y el manual del monitor que uso para levantar el teclado (se le cayeron las patitas de atrás hace tiempo, al pobre) para poder trabajar a gusto. En un cuarto destartalado, con las estanterías vacías, la puerta apoyada contra la pared, la ropa en cajas de plástico y esperando al pintor (otra vez tocará sacarlo todo), pero si el ordenador está en su sitio y hay internet, el mundo gira.

Ahora, a preparar un curso de JAVA que quizás dé, si al final hay alumnos suficientes. Y retomar la traducción de Shana, que entre vacaciones y obras lleva dos meses abandonada. Y terminar el resumen de la campaña de Ánima, retomar Nephilim, seguir con Pendragón (si la jugamos)… Esas cosas que escribo para mi solaz pues, no nos engañemos, todos los blogueros escribimos para nosotros mismos.

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