La muerte de sir Hywel

El año de 489 trajo tambores de guerra. La campaña francesa del año anterior, esa que terminó con el pretor Syagrius vendido ante el rey Claudas, había servido para llenar las arcas del rey Uther, suficiente dinero para dos o tres buenas campañas militares. Entre los posibles objetivos estaban el Sussex, el reino de Aelle, que se lamía las heridas de la batalla de Mearcred Creek, o vengar a Caercolum, que había sido arrasada y había perdido a su señor, el duque Lucio, a manos de Aethelswith de Kent. Sin embargo, la expedición de sir Brastias de 486 y la campaña naval del año siguiente habían enfriado bastante los ánimos a los sajones de Aethelswith, así que no había razón urgente para revolver ese frente.

Pero en el norte sí había un peligro: los caudillos Octa y su primo, el gigante Eosa, comandaban un gran ejército que se movía libremente por Cumbria y amenazaban a Lindsey y otras tierras del norte de Logres. Los señores vasallos aconsejaron al rey terminar con esta amenaza antes que cualquier otra, pero Uther tenía una espina clavada en el costado: Cornualles y sus señores, el duque Gorlois y el belicoso rey Idres, y hacia allí condujo su ejército.

El ejército del duque Gorlois les esperaba en una boscosa colina, tras un pedregoso arroyo, prometiendo una batalla muy costosa, pero el rey Uther, acompañado por Merlin, se adelantó con bandera de tregua y el duque de Cornualles aceptó parlamentar. Gorlois cedió ante Excalibur y juró lealtad a Uther. A cambio, obtuvo los derechos sobre todo Cornualles y la ayuda implícita del rey para arrebatárselos en un futuro al rey Idres.

Arreglado el asunto de la frontera occidental, el rey Uther se encaminó al norte, para hacer frente al ejército de Octa y Eosa. Sin embargo, los exploradores sajones los descubrieron y los dos reyes evitaron el enfrentamiento directo, dispersando parte de su ejército en bandas dedicadas al saqueo y a frenar a los britanos. El rey Uther, desesperado por no poder alcanzar a los reyes sajones, organizó batidas para acabar con esas bandas.

Sir Dae y sir Gracian formaron parte de una de ellas, liderada por sir Hywel, el abanderado de West Lavington. En total, una docena de caballeros, entre los propios vasallos de Hywel y otros de la mesnada personal del conde Roderick, con sus escuderos y guías. Encontraron pronto el rastro de una banda de sajones, aunque les llevaría varios días alcanzarlos. En el combate, los sajones serían aniquilados, pero sir Hywel cayó gravemente herido. El jefe de los sajones era un tipo cruel y sin honor que envenenaba el filo de sus armas y ahora sir Hywel se debatía entre la vida y la muerte.

Consiguieron refugio en un señorío cercano, cuyo caballero estaba ausente, en campaña al igual que ellos, pero su mujer, lady Meryl, se desvivió por ayudar al valiente caballero de Salisbury, quizás deseando que, si se diera el caso, su marido encuentre igual ayuda. El más rápido de los vasallos de sir Hywel partió, intentando alcanzar el cuerpo principal del ejército y conseguir ayuda, quizás incluso traer a Merlin, mientras que el resto de la partida, siguiendo las órdenes del propio sir Hywel, siguen con su misión. En el señorío quedaron guardando al caballero sir Lione, uno de sus vasallos, sir Dae y sir Gracian. Pero el estado del abanderado de West Lavington no hace sino empeorar.

Lady Meryl les habló entonces de la existencia de una mujer sabia en el bosque cercano, lady Illia, quien quizás pueda ayudar al caballero. Sir Dae y sir Gracian partieron en su busca. Con las indicaciones de lady Meryl y mucha suerte encontraron la cabaña de lady Illia, oculta en lo más profundo del bosque. Lady Illia les sorprendió a ambos, pues no esperaban encontrar a una hermosa joven con un algo que no parecía de este mundo. Sir Gracian cayó profundamente enamorado desde el momento en que la vio.

Lady Illia se compadeció de su historia y se ofreció a ayudarlos, creando un antídoto para el veneno que mataba a sir Hywel. Pero, para ello, necesitaba un objeto de gran poder, una pequeña daga que le había robado el malvado sir Brynach, el señor de la Torre del Roble. Así, los dos caballeros de Salisbury partieron a enfrentarse al misterioso señor de la Torre del Roble.

La Torre resultó no ser tal, sino una gran casona de piedra protegida por una empalizada de madera. Aun así, una fortificación inexpugnable para solo dos caballeros. Tras discutir sus opciones, sir Dae y sir Gracian decidieron acercarse sir armar y pedir hospitalidad, y así poder indagar más en la extraña historia de lady Illia y sir Brynach, pues algo les decía que allí había más de lo que parecía a simple vista.

Así, los dos caballeros, con sus escuderos, se acercaron a las puertas abiertas de la empalizada. Los del recinto los vieron y se llamaron entre ellos, saliendo a las puertas el que parecía el señor, un hombre grande y de poblada barba. Dos guardias con arcos vigilaban desde la empalizada y vieron otros tres o cuatro hombres en el patio.

—¡Salud, viajeros! —exclamó el hombre barbado, levantando su mano derecha a modo de saludo—. ¿Qué os trae por estas tierras?

—Somos los campeones de lady Illia y te pedimos que nos devuelvas la daga que le robaste —contestó altivo sir Gracian, para estupor de su compañero.

Quince minutos después, a cubierto en el bosque y mientras quitaba las flechas clavadas en el escudo que de milagro había alcanzado a empuñar, sir Dae le espetó a su compañero:

—Contadme, sir Gracian, ¿qué parte de “vamos y pedimos hospitalidad como pobres viajeros que se han perdido” no entendisteis?

 

Descartado el entrar por la puerta principal, decidieron intentarlo con el golpe de mano. Esperaron a la noche para rodear la pequeña fortaleza y aproximarse por su parte trasera, que estaba protegida por un terraplén y un arroyo pantanoso lleno de maleza. Llevaban sus acolchados, cascos y escudos, pero no las armaduras, pues solo les estorbarían a la hora de trepar.

Con muchos esfuerzos lograron llegar al pie de la empalizada y enganchar una cuerda en lo alto sin que se oyera ninguna voz de alarma. Sir Gracian subió el primero, alcanzando el adarve, pero no vio a nadie. Ninguna luz, ningún centinela a la vista. Avanzó con cuidado, pero de pronto el adarve cedió, hundiéndose con gran estrépito y arrastrando parte de la empalizada. Tampoco ese escándalo provocó reacción en la Torre del Roble. Escamados, sir Dae, que ya había trepado la empalizada, y sir Gracian, que había conseguido salir de la maraña de maderos y troncos, revisaron con detenimiento la fortaleza.

Estaba vacía y en ruinas. El frondoso roble que habían visto por la mañana era un tronco pelado y reseco, la empalizada presentaba varias brechas y amenazaba con caerse y la propia casa señorial tenía el tejado hundido y los muros agrietados. Los dos caballeros avisaron a sus escuderos, que trajeron las monturas, las armaduras y, lo más necesario, antorchas con las que poder registrar a fondo el recinto.

Encontraron una trampilla en salón que daba a un pozo rectangular, con las paredes cubiertas de musgo y del cual emanaba un fuerte olor a humus. Sir Gracian se ofreció a bajar, una vez se hubo armado. Atado a una cuerda y con una antorcha, el caballero se perdió en la oscuridad. El pozo continuaba durante varios metros pero, de repente, las paredes desaparecieron: estaba en una gran caverna. Una fuerte corriente de aire apagó la antorcha y el caballero quedó colgando en la oscuridad. Sin embargo, pudo su promesa de recuperar la daga de lady Illia y ordenó a sus compañeros que siguieran soltando cuerda. Veinte metros más abajo, ya al límite de la cuerda y tras haber sufrido un ataque de una bandada de murciélagos enormes, asustados por sus gritos, tocó la copa de un árbol. Sorprendido, se agarró al árbol y soltó la cuerda, pidiendo a sir Dae que bajara con otra antorcha. Sir Dae se hizo bastante de rogar, lo que provocó más vuelos de murciélagos y de algo que se arrastraba por el suelo, pero aceptó bajar y cuidó mejor su antorcha. Pronto, ambos caballeros se reunieron en el suelo de este misterioso y viejo bosque.

Algo más allá de donde habían bajado encontraron una senda que siguieron. Sir Gracian, que iba delante, metió pie en una topera y cayó cuan largo era. Cuando se incorporó se encontró con un topo del tamaño de un jabato que le miraba desaprobadoramente. Luego, se dio la vuelta, cogió un pico y se volvió a meter en su madriguera.

—¡S-s-s-sir Dae! ¡Un topo! ¡Un topo cavando!

—¿Y qué esperas que hagan los topos? ¿Bailar? —contestó el interpelado, cada vez más molesto con la aventura.

—P-p-pero tiene un pico…

Sin duda se había golpeado la cabeza al caer, pensaría sir Dae, pero aun así mantuvo una cara de póquer y se asomó a la topera. El topo volvía empujando una carretilla llena de tierra que vació a los pies del caballero.

—Pues yo no veo ningún pico.

 

Continuaron por la vereda, siguiendo un tenue olor a humo, hasta que llegaron a un pequeño claro donde había varias cabañas pequeñas y una más grande, una gran hoguera en el centro donde se asaban varios animales y figuras, indistinguibles en la noche, que bebían, comían y se peleaban. El comportamiento de las figuras hizo pensar a sir Gracian que no eran humanos, pero luego recordó el comportamiento de caballeros que conocía en banquetes y ya no estuvo tan seguro.

Los dos amigos decidieron rodear el claro y acercarse por detrás de la cabaña grande, en un intento de averiguar si las figuras tenían algo que ver con sir Brynach. Fueron con cuidado, por si las trampas, ya que en el camino sir Dae había pasado un rato conmocionado y colgando boja abajo a cierta altura mientras sir Gracian lo buscaba desesperado.

Las figuras de la hoguera resultaron ser trasgos y también estar relacionadas con su aventura cuando uno de ellos descubrió a sir Gracian y alertó a sus compañeros gritando:

—¡El campeón de Illia!

El combate fue breve. Había seis trasgos y de la gran cabaña salió uno más grande, con las ropas que le habían visto a sir Brynach esa mañana, pero sir Dae dio buena cuenta de ellos mientras sir Gracian hacía de sparring. Muerto Brynach, los cuatro trasgos supervivientes huyeron como alma que lleva el diablo.

Registraron los muertos y las cabañas y encontraron una pequeña daga de plata, atada a un cordón de cuero que Brynach llevaba al cuello, y un cofre lleno de oro y joyas del que sir Dae tomó un hermoso colgante y sir Gracian un anillo de gran valor. Este último también tomó un cáliz de plata sucio y maltrecho con intención de devolverlo a una iglesia.

Recogidas las cosas, volvieron a toda prisa al árbol al que habían llegado en un principio, pero no lo lograron antes del alba. Con la luz del sol vieron un cielo de un azul increíble e infinito, pero ni rastro de la cuerda ni de la caverna ni del pozo. Los dos caballeros, cansados y abatidos, se dejaron caer junto al árbol.

Tras pensar en sus posibles opciones, decidieron volver al campamento trasgo a por víveres, donde tuvieron que vérselas con los trasgos supervivientes, y pasar allí el día, y volver al anochecer esperando que entonces estuviera la cuerda. La noche llegó, el cielo desapareció, la oscuridad se hizo más espesa y los murciélagos grandes como cigüeñas volaban sobre las copas de los árboles pero, de la cuerda, ni rastro.

Estaban desesperados y temiendo no volver nunca a su mundo cuando sir Gracian notó que la empuñadura de la daga de Illia, que llevaba al cuello, presionaba contra su pecho. Tras diversas pruebas, se la quitó y la dejó moverse libremente, sujetando el cordón de cuero. La daga señalaba en una dirección concreta. Los caballeros, esperanzados, la siguieron, llegando a la vereda que habían seguido en sus anteriores aventuras, pero en dirección contraria al campamento trasgo. Pronto, llegaron a una pesada puerta de roble que les cortaba el camino. Sin dudarlo, la abrieron y atravesaron, encontrándose en el patio de la Torre del Roble con la puerta de la casa a sus espaldas.

Era de noche, igual que cuando se fueron. Estaba en ruinas, igual que cuando se fueron. Pero estaba todo cubierto de nieve, hacía un frío invernal que se metía en los huesos y no había ni rastro de los escuderos ni los caballos.

Buscaron refugio entre las ruinas de la casa para esperar a que amaneciera. Con la primera luz del alba y cada vez más helados se pusieron en marcha, intentando orientarse en los campos nevados y llegar a la caballa de lady Illia. Lo consiguieron, ateridos, hambrientos y agotados, y temiendo encontrarse también unas ruinas abandonadas. Pero la cabaña estaba allí y la hermosísima lady Illia también. Los recibió con vino caliente con especias, para entrar en calor, un excelente hidromiel y una cena digna de reyes. Sir Gracian le devolvió la daga y lady Illia les invitó a pasar la noche. Pero solo tenía un jergón de sobra, así que sir Gracian compartió el lecho con ella.

A la mañana siguiente la cabaña se había convertido en un viejo y abandonado refugio de pastores y no había ni rastro de lady Illia, más allá de los jergones y la calidez que los envolvía y el frasco del antídoto prometido. Deseando terminar tan extraña aventura sir Dae y melancólico y suspiroso sir Gracian, siguieron camino hasta el señorío de lady Meryl.

 

Era principios de febrero. Por fortuna, del año 490. Habían estado más de seis meses en el Otro Lado. Sin su ayuda, sir Hywel había muerto y había sido enterrado en el pueblo cercano. Sus escuderos y los demás caballeros los habían buscado durante semanas, antes de volver ya sin esperanzas a sus tierras. Todo esto les contaron lady Meryl y sus maridos, además de ofrecerles su hospitalidad durante el invierno. Cuando el tiempo lo permitió, se llegaron a Nottingham, la ciudad más cercana, donde compraron monturas para poder volver a casa.

Llegaron justo a tiempo: el rey Uther había convocado a sus vasallos. Iban a presentar batalla a Octa y Eosa. Los dos caballeros fueron recibidos con gran regocijo en Sarum, como si volvieran de entre los muertos. Sir Dae regaló el colgante del tesoro del trasgo a lady Adwen. También recitó la historia de sir Gracian, lady Illia y sir Brynach ante la condesa, lady Adwen y el resto de las damas de la corte, con gran éxito. La muchacha cada vez miraba con mejores ojos al caballero y sir Dae, armándose de valor y pese a su baja condición, pidió la mano de la dama al conde Roderick, su tutor.

Este iba a rechazar la petición, pues aunque sir Dae había demostrado ser un gran guerrero pese a su juventud, tampoco podía entregar a una de las joyas del condado a un caballero sin nombre. Pero la condesa intercedió por él, alabando su tacto, su diplomacia y su oratoria, así como su habilidad con las armas y afirmando que el joven podía convertirse en uno de los mejores recursos del condado en los años futuros. Finalmente, el conde aplazó su decisión al otoño siguiente, exhortando a sir Dae a brillar con fuerza en la guerra contra los sajones para decidir el fiel de la balanza.

 

Lo que nadie supo entonces fue que la noche que sir Gracian y lady Illia, una auténtica dama del Otro Lado, pasaron juntos dio su fruto los habituales nueve meses después. ¿Cómo afectará eso al futuro?

2 comentarios para “La muerte de sir Hywel

  1. Pues como siempre, metiéndome en líos, ahora como sir (Des)Gracian, gracias a mi maléfico dado de 20 (este finde me compro otro, ese lo dejo para las tiradas de batalla de Uther, jejejeje). Que partida más divertida, me reí un montón, y la frase célebre del topo pasará a la posteridad (junto a la imitación de los murciélagos y los bichos que corrían por el suelo). La pena fue el pobre sir Hywel, que le vamos a hacer, pero bueno, algo bueno salió de ahí para sir Gracian y lady Ilia (o no), dará juego, eso sí.

  2. Fue una partida muy divertida, sí. Muy distinta de lo que tenía preparado, pues cuando levantasteis la trampilla vi que no daba al dungeon que había diseñado, sino que era un pasaje al otro mundo, y tocó olvidarse de la partida preparada y centrarme en lo que veía, porque, sí, en las tierras de sir Brynach volví a alcanzar ese estado.
    Quiero más.

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