Cuadros para una exposición I

El equipo de la incursión en la casa de Lothard volvió a Hong Kua por el camino largo, rodeando las dos islas, obligado si no querían pasar justo delante de la fortaleza. A consecuencia de esto, no supieron de la muerte de Lothard y sus hombres hasta que llegaron a puerto, y llegaron más de una semana después que las noticias. Semana de uñas en casa Visnij, sin saber qué había pasado ni qué había hecho el grupo. Y en la ciudad, un rumor se dejaba oír, insistente: los Visnij habían matado a Lothard porque aquel les chantajeaba. Cuando Lioness Saver y el resto se presentaron ante Goran, la situación era peor: alguien había descubierto que Hideki se veía con la dama Heiko y ahora en los mentideros se hablaba de su misteriosa muerte y de dónde habría sacado dinero para estar con la geisha.

La semana fue dura para los Visnij, con los rumores in crescendo y el grupo de Saver vino con las manos vacías, sin respuestas, sin una pista que seguir. ¿Eran rumores naturales o alguien los había plantado? Si ese alguien existía y era quien estaba detrás de todo, Goran se temía que terminara saliendo a la luz la presencia de agentes suyos cerca de las posesiones de Lothard la noche del incendio y masacre. Se encontraba en una situación muy delicada, a remolque de quienquiera que fuese el responsable de todo aquello.

Por eso decidió contarle la situación al meister Akio Takeshi, gobernador de Hong Kua y uno de los hombres más poderosos dentro de la Asociación de Mercaderes que dirige el principado de Phaion, confiando en ganarse su apoyo. La familia Visnij no tenía un trato especialmente estrecho con la familia Takeshi y había habido algunos roces durante el caso Giraldo, unos meses atrás, pero Goran confiaba en la honorabilidad del viejo Akio, así que había mandado un emisario solicitando una entrevista privada durante la inauguración de una exposición de pintura.

Dicha inauguración era el evento social de Hong Kua del mes. Una exposición con una treintena de obras del pintor de moda en Markushias, Thomas Ikuo, un joven de gran talento que había vuelto a popularizar el suibokuga y al que le hacían encargos desde la mismísima corte imperial de Lannet, en uno de los palacetes de corte occidental más hermosos que poseía la ciudad. La inauguración, sólo para las familias más pudientes, iría acompañada de una visita guiada por el propio Ikuo, un buffet preparado por los chefs más famosos de Hong Kua y un baile, momento idóneo para conversaciones privadas, acuerdos comerciales y alianzas matrimoniales.

Fue un día de mucho trajín en casa Visnij. Ya a primera hora de la mañana, tras el desayuno, el comedor del cuartel se convirtió en sala de reuniones y Kanbei, el samurái al mando de la guardia y los “especiales” expuso el plan para la noche. Al baile acudirían, por supuesto, Goran y su tío Slobodan, el cabeza de la familia Visnij y meister de la Asociación de Mercaderes. El propio Kanbei mandaría la escolta, contra las protestas de Goran, llevando como ayudas a Arik y James. James era un guerrero de movimientos felinos y experto en el combate cerrado con dos espadas cortas, mientras que Arik valía por dos (literalmente). Goran tenía la costumbre de usar el personal femenino de sus hombres como escolta encubierta, llevándolas de acompañantes. Desde que se casó, sólo podía llevar a una, normalmente Soi Fong, como acompañante de Slobodan, pero Kanbei decidió que él también tenía derecho a acompañante y se llevó a la exuberante estigia Nefer. El albino Valen, otro habitual escolta en estas salidas sociales, quedaría como apoyo en los coches. El resto del personal presente se quedaría en la casa, permisos cancelados hasta nueva orden, por si las moscas.

La tarde estuvo dedicada al fan service: la escena en los baños, entre Soi Fong, Akane y Nefer; luego el buscarle un kimono a Nefer y ponérselo, pese a sus quejas de que nunca había llevado tanta ropa encima; y, para terminar, la sesión de peluquería y maquillaje en el Shangri La (tienda de ropa del zoco frecuentada por los empleados de la casa Visnij; la mujer del dueño tenía un talento especial para el maquillaje). Finalmente, ya atardecido, montaron todos en los dos carruajes que les llevarían al palacete. Goran, fiel a su estilo, había cambiado su habitual traje de estudiante universitario por un sobrio traje gris oscuro, abotonado hasta el cuello y sin armas a la vista. Catrina, su mujer, había optado por un traje dorado de corte gabrelense, con un profundo escote y corsé ceñido. Slobodan sí hacía justicia a su posición como cabeza de familia, con una casaca de terciopelo oscuro con alamares de oro y una amplia faja de seda roja que ocultaba perfectamente las dos pistolas de mecha que llevaba. Soi Fong, como no podía ser menos, había escogido un kimono que complementaba perfectamente a su pareja, que quedaba un poco afeado por el obi excesivamente ancho que cubría la faja de los kunais. La escolta llevaba un kimono sobrio en tonos oscuros con el escudo de la familia Visnij, por lo que Nefer, con su vistoso kimono, su piel oscura y ojos esmeralda, le robaba todo el protagonismo al seco y canoso samurái.

La velada comenzó con las típicas charlas informales mientras llegaban todos los invitados, amenizadas por las primeras bandejas con las que los criados recorrían el gran salón. Antes que los Visnij habían llegado los Ó Domhnaill, la familia de Catrina, así que tocó saludar a los suegros y al joven cuñado, hacer los comentarios habituales sobre lo guapa que estaban las damas, aguantar las pullas referentes al nieto que no llega y enterarse de que Akio Takashi había tenido que salir esa misma tarde hacia Markushias por un asunto de última hora del que nadie conocía los detalles.

Entre los invitados estaba Angélica, destacando con su vestido shivatense escarlata y su pelo rubio ceniza recogido en un elaborado moño y, sobre todo, por sacar una cabeza a todos los hombres que, como moscones, rodeaban a la hermosísima dama Heiko. Fue esta, aparte de la familia política, quien primero reparó en la llegada de los Visnij y, tras sonreír graciosamente en respuesta a un comentario de un rico mercader de sedas, le musitó a Angélica:

—Lo quiero muerto.

Frase que no pasó desapercibida para James, a quien se le daba bien leer los labios, y que avisó a Arik de que se cubriera las espaldas.

La visita guiada por la exposición pictórica fue, según a quien preguntes, apasionante o mortalmente aburrida. Los grandes de la ciudad, los Ó Domhnaill, los Visnij, los Himura, los Takeshi, que estuvieron junto a Thomas Ikuo, lo disfrutaron más, y el pintor se llevó algún encargo. El resto se dedicó a avanzar a su ritmo, cuchichear y aprovechar los pasillos para juntarse disimuladamente con quien les interesaba. Kanbei y Nefer no perdían de vista a su patrón; el veterano samurái, cuya habilidad en el kendo era bien conocida en la ciudad, mantenía alejados a los moscones al llevar la katana algo levantada. Más atrás, Arik y James no le quitaban ojo a Angélica ni a dos tipos extraños que parecían sus acompañantes. Uno de ellos, vestido a la moda gabrelense, con un amplio sombrero, capa y una espada de hermosa guarda, fue reconocido por Arik como uno de los acompañantes de Angélica durante el enfrentamiento que tuvieron por el pobre Hideki.

Mientras duraba la visita, el salón había sido preparado para el baile, con una orquesta de cámara a la izquierda de las escaleras, sobre una tarima baja, y varias mesas con viandas dispuestas junto a las columnas que sostenían la galería superior. En cuanto los invitados volvieron al salón, la orquesta empezó a tocar y las bandejas volvieron a salir, aunque esta vez solo bajo y en la galería: todo el centro del gran salón quedó para el baile. James y Arik prefirieron quedarse junto a una de las mesas y vigilar desde ahí, mientras que el resto prefirió soltarse un poco y bailar.

Aunque en el caso de Kanbei fuera por estar cerca de Goran, que estaba bailando con Angélica y, por muy bien que se llevara su señor con Rika, no se fiaba de una selene.

—Me ha dicho Iz que tuvisteis un buen viaje.

—Gracias por el guía. Tenía ganas de llevarle flores. Rika me pidió que dejara un ramo en la tumba de tu madre.

—¿Podrías dejar de fastidiarme la vida? ¿Por qué no trabajas para mí? Diaratyh…

—Murió trabajando para ti —Silencio—. Tengo un contrato. Cuando lo termine, si… Ya hablaremos, cuando lo termine —Si seguimos vivos, pensó, mirando de reojo a Kanbei.

 

La fiesta seguía, sí. Y a casa de los Visnij llegó una muchachita harapienta que le dio un papel doblado a Akane, que estaba de guardia en la puerta.

—Para Clara —Dijo la chiquilla.

La samurái desdobló el papel, pero no fue capaz de entender los signos y palabras que estaban escritos en él, así que volvió al cuartel, donde el resto del grupo estaban reunidos alrededor de la maga. Clara estaba compartiendo los sentidos con Nefer y estaba retrasmitiendo a sus compañeros lo que sucedía en la fiesta, los modelos que se llevaban…

La chica cogió el papel que le tendía Akane. Un simple vistazo le bastó para identificar el código de Rika. Descifrarlo le llevó un rato más, pero el mensaje era corto y simple:

Sólo como cortesía: la Primera Compañía de la Guardia ha sido movilizada y se dirige hacia allí.

La noche se animaba…

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