—Contadme qué ocurrió esa noche, Nakamura-san —pidió Hosoda Genji.
—Ishikawa Hideo-dono nos convocó para nombrar heredero a su hijo recién nacido, Taro. No llamó a todos los consejeros porque albergaba dudas sobre las prioridades de sus lealtades. —Hosoda Genji entrecerró los ojos. Nakamura había sido considerado, para lo que era costumbre en él, pero acababa de decirle que el daimio no confiaba en los Hosoda. Se contuvo y dejó que su antiguo sensei continuara hablando. El futuro de Ishikawa Reiko era más importante que enzarzarse en una discusión que llevaría a un duelo estéril.
»Estábamos el daimio, Saiki el chambelán, Namikawa, Komura, Junichi el onmyoji y yo. Y Morisawa como guardaespaldas del señor. También el bebé y la señora Nao, protegida por Okuzaki y otro de los suyos. Y Maruyama. Lo invitamos como portador de Yukikaze, dado la relación de la espada con nuestro dominio, pero, en realidad, lo queríamos como seguro, por si Shingen se ponía violento.
—No tiene sentido, Nakamura-san. A Reiko-dono ni siquiera le interesaba ser la heredera. No es motivo para mantenernos al margen o para que Shingen-dono atacara a su hermano.
—Sí lo es. Reiko es hija de Shingen.

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Ángel. Torbellino.