Cruzaron por el portal, que seguía cerrándose y apenas permitía ya el paso de una persona. Al otro lado había habido un campamento, protegido al pie de un farallón rocoso. Hacía horas que lo habían levantado, pero el rastro de un grupo tan numeroso era fácil de seguir. Corrieron por la senda abierta por los onis en retirada, descendiendo de una larga y amplia colina: el monte Miwa.
Al terminar el descenso, el rastro se dividía en tres. No había nada que les indicase por dónde se habían llevado a Eri; los tres rastros parecían dejados por un número similar de pies, pezuñas y garras. Reiko intentó captar la mente de la sacerdotisa, sin éxito. Genji, por su parte, siguió unos cientos de metros cada rastro, intentado dar con una pista.


