El tercer concierto de abono A de la temporada venía con un estreno absoluto, una obra compuesta para Cáceres 2016. Del compositor sueco Jan Sandström, un concierto para dos trombones y orquesta con el título Ecos de eternidad. Sandström es… raro. En el programa lo tacha de inclasificable. Yo pienso que es un guasón. Un guasón genial y al que le falta algún tornillo. Ecos de eternidad empieza sin ninguno de los solistas (uno de los cuales es el director) en el escenario: uno entre bastidores, el otro al fondo de la sala. Tiene momentos que recuerdan a un espectáculo de payasos, tiene una parte narrada y hasta una sirena (casi me da un patatús al ver un portátil abierto en la sección de percusión). También tiene momentos tristes y momentos épicos. Los trombones solistas y la orquesta al completo se lucen con sus melodías cortas, rítmicas, a veces guasonas, a veces tristes. Una pieza extraña, genial quizás, que nos gustó a algunos y a otros no.
En la segunda parte seguimos con la noche de compositores nórdicos con la Obertura Helios, Opus 17 del danés Carl Nielsen, pieza con partes muy interesantes (especialmente, para mí, de cuerda y trompa) pero que palidece ante la Segunda sinfonía en Re mayor, Opus 43 de Sibelius, con la que terminamos la noche. Cada vez me gusta más Sibelius y la orquesta resolvió muy bien esta sinfonía, con un sonido muy limpio. La sección de cuerda estuvo muy brillante toda la noche, aunque cuando más destacó fue con la sinfonía de Sibelius.
Dirigía Christian Lindberg, posiblemente el mejor solista de trombón que haya ahora en el mundo. Y también un auténtico showman. Y algo histriónico dirigiendo. El otro trombón solista estuvo a cargo de otro gran intérprete, Ricardo Casero. Como concertino tuvimos al violinista chino Xuan Du.
De las camisas de Lindberg no pienso hablar.
