Baile de máscaras – La vuelta a casa II

El coche de alquiler traqueteaba por el camino de la costa. En Chaville, el calor era húmedo y pegajoso, como en todos sus veranos, pero allí la brisa que cruzaba el coche resultaba agradable. Chloé, el fantasma febril y macilento en que se había convertido, dormitaba sobre el brazo de Michel y sonreía, por primera vez en las últimas semanas, como si sintiera que cada bache y cada curva del polvoriento camino le daban la bienvenida.

—Ya estamos cerca —susurró Michel, besándola tiernamente en la mejilla.

La casa de los Carbellac estaba vacía: sin coches aparcados en el patio ni gente en los jardines. Los viernes no había clases ni tertulias, ya que era el día que la familia se tomaba para sí misma. Jacob, el mayordomo, salió a la puerta al entrar el coche en el jardín. Un mozo corrió a sujetar el caballo y un criado, a abrir la portezuela. Al ver a los pasajeros, ahogó un grito que hizo acercarse a Jacob.

—¡Buen Dios! ¡La señorita!

Jacob y Michel ayudaron a Chloé a entrar en la casa, mientras los criados descargaban el coche y le proporcionaban un refresco al caballo y al cochero.


En el vestíbulo, apareció un torbellino con la forma de Jehanne de Carbellac que abrazó a su hija, cubriéndola de besos. El conde de Carbellac bajaba por las escaleras, con esa sonrisa suya, aunque más pronunciada.

Michel, que se había quedado aparte, suspiró aliviado, feliz de reunir a madre e hija. El conde de Carbellac se acercó hasta él, apartó la mano que le ofrecía el joven y lo abrazó con fuerza.

—Habíamos oído noticias muy preocupantes. —Lo guio hacia su despacho privado—. Ven, cuéntame lo ocurrido.

El conde sacó una botella de jerez y sirvió dos copas.

—La noticia del ataque a Eburah montó mucho revuelo en Chaville y el rumor de la captura del barco de tu familia nos preocupó mucho, pues sabíamos por vuestras cartas que teníais pensado volver en él —contó—. Acudimos al marqués de l’Aigle Couronné, que es hombre de recursos peculiares, y no nos dio muchas esperanzas. Dijo que era casi seguro que estabais en la ciudad durante el ataque. Así que, por favor, contadme.

Michel narró entonces las aventuras sufridas desde el ataque a Eburah: la trampa de los piratas de La Víbora en El Faraón, la fuga, el huracán, el naufragio y el viaje de vuelta. Contó también como había afectado el huracán a Chloé y el terrible mareo que arrastraba desde entonces y que había puesto en grave aprieto su salud. Se acordó entonces de la carta que le dio Colette, la sacó del bolsillo de la chaqueta y se la dio al conde de Carbellac.

—Colette se ha desvelado por ella. Es ya una excelente médico. Me ha dado esta carta donde describe lo ocurrido y el tratamiento que aconseja.

El conde leyó la carta, se disculpó y salió para llevársela a su mujer. Volvió al poco.

—Chloé duerme tranquila —informó—. Quédate a cenar, por favor. Se te va a hacer de noche en el camino de vuelta.

Michel aceptó sin hacerse mucho de rogar. El conde envió un criado para recoger el equipaje de Michel, pagar al cochero y enviarlo de vuelta. Mandó también que le sirvieran un pequeño refrigerio mientras preparaban el baño, cosa que Michel agradeció sobremanera.

Antes de que pudiera tomarlo, bajó la señora de Carbellac. Tras saludarlo como era debido, le preguntó por su padre:

—¿Lo habéis visto ya? ¿Se encuentra mejor?

—Venimos directos del puerto. Pero, ¿qué me decís? ¿Está mi padre enfermo?

Jehanne de Carbellac le cogió el brazo en un apretón maternal.

—Tuvo una crisis cuando se supo lo de Eburah y la captura de vuestro barco. El médico dice que fue un ataque al corazón. Está muy débil desde entonces.

—¿Mi padre? —volvió a preguntar un Michel en shock—. Si tiene la salud de hierro.

—Quizás el dolor de creer que había perdido a sus dos hijos fue demasiado para él.

Michel se levantó, muy rígido.

—Entenderán que, ante esta información, y con Chloé ya a salvo en casa, decline la invitación a cenar.

El conde, visiblemente azorado, se disculpó varias veces. La alegría por la llegada de su hija había hecho que se olvidara por completo del estado del padre de Michel. Como el coche de alquiler ya se había marchado, ordenó que preparasen de inmediato el suyo y lo puso a disposición del joven.

*****

Michel llegó a casa de sus padres pasado el ocaso. Saludó a su madre y a su hermana. Su hermano ya estaba allí y se lo llevó a un aparte.

—Padre está durmiendo ahora. —Se mesó el cabello—. Está muy mal, Michel.

—¿Mal como de morirse? —preguntó un titubeante Michel.

Jean Claude se derrumbó en una silla.

—Madre dice que es fuerte y saldrá de ésta, pero… No lo sé, Michel, ha sido como ver a un fantasma.

—Madre no acostumbra a minimizar las cosas. Quizás te parezca peor de lo que está por el tiempo que llevas sin verlo. —Respiró profundamente para no llorar—. Recompongámonos y volvamos con Marie y madre. Ellas tampoco nos han tenido aquí estos días. Debemos ser hombres y no niños, como nos decía padre cuando chicos.

—Vamos a cenar. Por la mañana madre dice que tiene más fuerzas y querrá verte. Porque te quedas a dormir, ¿verdad?

—Por supuesto. Los Carbellac me invitaron a cenar, pero al enterarme del estado del capitán vine lo más rápido que pude. Si de mi dependiera dormiría con él. Por cierto —se paró en la puerta—, ¿sabes algo de nuestro hermano Luis?

—Madre no le ha dicho nada, me ha confesado Marie. Creo que deberíamos mandarle aviso, ¿no crees?

—¿A dónde? Ya sabes que madre y yo apenas hablamos de Luis.

—Escribiré mañana al secretario del obispo, a ver si hay suerte. Tú conoces a más gente en Chaville, Michel, ¿no podrías…?

Hablar de su hermano siempre alteraba a Michel. Habían estado muy unidos, pues apenas dos años los separaban. La entrada en la Iglesia de Luis había sido traumática para Michel, entonces a las puertas de la adolescencia, y culpaba de ello a su madre.

—¿Qué quieres que haga, Jean Claude?

—Como si lo supiera. ¿Conoces a alguien en la Iglesia? ¿O a alguien que conozca a alguien? Quizás así pudiéramos hacer llamar a Luis rápido.

Michel pensó en ello durante la cena. Cuando terminaron, se acercó a la iglesia del barrio, a hablar con el párroco. El sacerdote llevaba años en aquella parroquia y conocía bien a los Laffount, aunque nada sabía del paradero de Luis. Prometió hacer lo posible para averiguarlo, pero Michel volvió a casa con la sensación de haber perdido el tiempo. Por mucha voluntad que el buen hombre pusiese, quedaba claro que carecía de la posición necesaria.

¿A quién acudir entonces? ¿Al obispo? No lo conocía en persona y sabía que el marqués de l’Aigle Couronné no le tenía mucho aprecio. Tampoco había aparecido nunca por casa de los Carbellac. Repasó lo que sabía de él, lo que se decía en los mentideros. Tenía viñedos y hacía buenos caldos. También tenía fama de mujeriego y gustaba de tener amantes jóvenes. Y entonces se acordó de la pequeña de los barones de Belon, vecinos de sus padres: Aelina. Era de la edad de Marie y habían sido muy amigas de pequeñas. Con una dote minúscula al ser la menor de una familia de muchas hijas, andaba escasa de pretendientes y futuro. Pero en primavera había sido cliente de Michel. Varios vestidos caros. Y las facturas se pagaron a través de una de las bodegas del obispo.

Aferrándose a ese clavo ardiendo, escribió una misiva que envió esa misma noche a casa de los barones de Belon. Usó sobre con membrete de su empresa (por fortuna, tenía algunas en sus habitaciones de casa de sus padres). Informaba a la joven que había vuelto tras su viaje a Arkángel con grandes ideas de diseños y, disculpándose por su atrevimiento, creía que se verían perfectos en una joven de tan hermosa figura como ella. La citó para la mañana siguiente, poniendo como excusa la cercanía de las casas y el estado de salud de su padre. Envió a un criado con la carta y esperó respuesta.

La joven la recibió al ir a acostarse. Estaba al tanto del estado del viejo conde y de la desaparición de sus hijos a manos de los piratas. No entendía qué podía querer de ella Michel, pero le pudo la curiosidad y aceptó la invitación. Así tendría también oportunidad de saludar a Marie.

Michel no durmió apenas esa noche. Los nervios y la tristeza le impidieron conciliar el sueño, así que tomó sus útiles de dibujo y bocetó los diseños que le enseñaría al día siguiente a la joven. Los originales, los que había dibujado en Arkángel, estaban en el fondo del mar, junto con los trajes y vestidos que había comprado para que le sirvieran de inspiración.

*****

En el desayuno, vio a su padre. Él no se levantó de la cama, pero pidió verlo en cuanto se enteró de que estaba en casa. Aunque iba sobre aviso, verlo en la cama, tan débil y demacrado, fue un duro golpe para Michel. Parecía haber envejecido diez o quince años. Sobreponiéndose a la impresión, cogió una silla y se sentó a su lado, cogiéndole la mano.

Su padre lo miró con ojos llorosos un largo rato, como si quisiera asegurar de que, en verdad, era su hijo.

—¡Gracias al Cielo! —musitó, con una voz tan débil que contaba entenderlo—. ¡Gracias al Cielo que estás vivo! Si hubieras muerto después de todo lo que has hecho por salvar mi honor y mi fortuna, no me lo hubiera perdonado en toda la eternidad. Te debemos tanto, tus hermanos, tu madre y yo. Rezaba para tener la ocasión de darte las gracias.

Con mirada triste y cabizbajo, Michel le contestó:

—La mar que tanto te ha dado no iba a quitarte a dos de tus hijos. No es sino a ella a quien debes agradecer que hayamos vuelto sanos y salvos.

Se recompuso y fijó la mirada en su padre, de una forma que recordaba a la fría y dura expresión de su madre.

Capitán, si queréis agradecerme por cumplir mi obligación con la familia, no os dejéis vencer por la muerte. Recuperaos, id a ver al mar que os da fuerza y permitid a los nietos que os dé disfrutar del cariño de su abuelo, como yo pude disfrutar de vuestro amor como padre.

Pasaron así, padre e hijo, parte de la mañana, hasta que un criado avisó a Michel de que la joven Belon había llegado. Michel se arregló lo mejor que pudo y acudió a su encuentro. Tenía, como hemos dicho, la edad de Marie, pero su ropa, maquillaje y ademanes la hacían parecer mayor.

—Bienvenida, mademoiselle. Es un enorme placer verla. Lamento que no poderla recibir en mi estudio —dijo Michel, guiándola al despacho de su padre.

La muchacha devolvió el saludo de una forma encantadora y preguntó cortésmente por la familia y por la salud del padre. Michel le explicó con detalle la situación de su padre. Al verlo tan alterado, intentó tranquilizarlo y cambiar un poco el tema preguntando por Marie:

—Para vuestra madre y vuestra hermana habrá sido terrible, luchando con todo solas. ¿Cómo se encuentra vuestra hermana?

—Como os podréis imaginar, triste y afectada. Pero la que peor lo lleva es nuestra madre. Apenas nos habla y ni siquiera sabemos si Luis, nuestro otro hermano, el sacerdote, está al tanto de esta situación. Anoche fui a hablar con nuestro párroco, pero, al igual que nosotros, no sabe dónde está destinado ahora mismo.

Aelina se relajó y un atisbo de sonrisa se asomó a la comisura de sus labios de coral. ¡Hombres! Todos querían algo. Bueno, un pequeño favor que pedirle al obispo y cobrado en hermosos vestidos no era mal trato.

—La vida en la Iglesia es dura. Vas y vienes al capricho de los obispos y pierdes los lazos con la familia —comentó, mientras iba ojeando los diseños que había sobre la mesa. Se paró en uno—. ¡Qué atrevido es éste, dejando tanta espalda al aire! ¿Qué has pensado utilizar para confeccionarlo? ¿Seda? ¿Terciopelo?

—Seda, por supuesto. El hecho de que sea tan atrevido y de seda será toda una muestra de la gallardía gabrelense. Un homenaje a la patria.

Michel hizo el comentario de forma ausente, mientras tomaba una botella y vasos del mueble bar.

—Me habéis sorprendido con vuestro comentario sobre el obispado. Denoto que también habéis sufrido. ¿Un jerez? —continuó.

Ella suspiró.

—Entiendo que estáis abrumado por el dolor y que eso os hace ser tan grosero. No nací ayer. No soy una niña inocente. No sois el primero que intenta usarme. —Siguió revisando los diseños—. Este otro también me gusta. Parece más de otoño. En terciopelo, a juego con mis ojos, y causaré sensación en la temporada de ópera.

Con esto, tomó la copa, queriendo dar por cerrada la transacción. Pero Michel estaba a otras cosas.

—No puedo negaros que quiero algo de vos. Nada turbio, no me malinterpretéis. Pretendía que esto fuera, ante todo, una conversación de negocios. —La invitó a sentarse y continuó—. Durante mi viaje estuve pensando mucho en mi negocio, en como expandirlo y generar nueva clientela.

Una atónita Aelina escuchó como Michel le contaba que la quería como modelo para pasear sus vestidos por los eventos a los que acudiría como amante del obispo, esto último dicho sin demasiada sutileza. Pero, ¡qué hombre tan insensible! Vaya forma retorcida de utilizar a su moribundo padre para enternecerla y manipularla. ¿Cómo podía ser tan cruel?

Aelina salió de la casa roja de ira y con los puños apretados. Y Michel se labró así una nueva enemiga que le daría no pocos quebraderos de cabeza en los años siguientes.

*****

Los médicos poco pudieron hacer por el padre de Michel. El doctor Besson, médico personal de los condes de Dunois y a quien Colette envió en cuanto se enteró de la noticia, meneó la cabeza al escuchar la respiración del anciano. Les dio un brebaje que le ayudaría a respirar, jugo de adormidera para los dolores y pocas esperanzas.

En la noche del domingo al lunes, empeoró. Acompañado por su mujer y tres de sus cuatro hijos, Jean Claude Laffount, primer conde de Gévaudan, fallecía con las primeras luces del lunes 20 de agosto de 988, a los 68 años. Había levantado un emporio y había estado a punto de verlo desaparecer. Había dado por perdidos a dos de sus hijos, que habían vuelto de entre los muertos justo para que pudiera despedirse de ellos. Murió con una sonrisa, no sin antes hacer prometer a su hijo mayor que volvería a casarse y tendría hijos y volver a decirle a Michel lo orgulloso que estaba de él.

La noticia se extendió con rapidez. Aún antes de que enviaran las primeras cartas a amigos y familiares contando el triste desenlace, ya empezaron a llegar visitas a dar el pésame. Primero, se acercaron los vecinos, enterados por los criados; luego, los representantes de los trabajadores (el contramaestre de El Faraón, el contable…), mientras marineros, oficinistas, almaceneros y demás se iban arremolinando fuera, con las cabezas descubiertas. Luego, rondando medio día o algo después, fueron llegando amigos de la familia. Entre ellos, los condes d’Aubigne, con Julie y Jacques; los condes de Dunois, con Colette; el marqués de l’Aigle Couronné; Julien, que llegaría después de comer; y los condes de Carbellac, con Chloé, ya más entrada la tarde. Y, por supuesto, un goteo constante de criados de otras casas con notas de pésame.

El funeral por el conde de Gévaudan se celebró el día siguiente, martes, en la catedral. Acudieron burgueses y nobles de Chaville (los que estaban en la ciudad, pues muchos veraneaban fuera): clientes y acreedores; casi todos los condes, incluso aunque no fueran conocidos directos; muchos barones y caballeros; marqueses varios; algún duque y el archicanciller y su hermana. También unos 30 o 40 marinos y ex-marinos que servían o habían servido a la familia y se encontraban en la ciudad y muchos oficiales y contramaestres de la marina mercante, viejos lobos de mar de piel curtida que no ocultaban sus lágrimas.

Entre todos los que se acercaron a la familia en un momento u otro de la mañana, destacaba, por su vestido escarlata con lazos negros, una hermosa dama de veintitantos largos, nariz recta y labios sensuales. La dama, tras hacer una reverencia al féretro del conde, les dio el pésame a los hermanos Laffount.

—Lamento profundamente su pérdida. Todos aprendimos de él, de su talento para la mar y para los negocios. Me alegro de que mi barco les permitiera llegar a tiempo de despedirse.

Aunque Michel no la conocía personalmente ni la habría visto nunca tan de cerca, supuso por la extravagante forma de vestir que sólo podía tratarse de Alissa Leblanc, duquesa de Sarrazac y principal accionista de la Compañía General del Mar Interior.

—Gracias, duquesa, tanto por el pésame como por los elogios a mi padre y, cómo no, por la ayuda prestada. Imagino que nos disculparéis por no enviaros un agradecimiento como es debido por esto último. Me temo que mi hermano y yo nos hemos visto un poco sobrepasados por la terrible circunstancia.

—No hay nada que disculpar, señor Laffount. Ha sido un privilegio para mí y para mi compañía poder darles este pequeño servicio. De haber sido la situación la contraria, no dudo de que habría encontrado igual ayuda por su parte.

—Por supuesto, aunque os deseo de corazón que nunca os veáis envuelta en una situación así. Permitirme deciros que estaré encantando de retribuir la ayuda prestada con todo lo que esté a mi alcance, ya sea ayudando a vuestra compañía, a cualquier miembro de vuestra familia o a vos misma.

—Tendré presente tan gentil ofrecimiento. —Sonrió y se despidió, dejando espacio al siguiente noble. Michel sorprendió una mirada de reojo mientras se alejaba, con una sonrisa entre divertida y pícara.

—Me pregunto si los rumores serán ciertos —le dijo su hermano, siguiéndola con la mirada—. ¿Son de verdad los tres pendientes de su oreja izquierda por sus tres maridos muertos?

—No soy yo de hacer caso a rumores así, pero si es cierto que me suelen atraer las mujeres peligrosas.

El archicanciller y su hermana también se acercaron a dar el pésame a la familia, empezando por Michel.

—No sabía que conocieras al archicanciller —se sorprendió Jean Claude.

—Tu hermanito es toda una personalidad en ciertos círculos —se pavoneó Michel.

*****

La mañana siguiente, en la mansión de los Laffount, se hizo la lectura del testamento. Estaba sólo la familia, es decir, Jean Claude, Michel, Marie madre y Marie hija. También estaban el abogado y el contable.

El testamento tenía una enmienda para pagar el rescate de sus hijos, en el caso de que hubieran caído en manos de los piratas, que quedó desechada. Luego, el abogado, con ayuda del contable, procedió a enumerar el inventario de los bienes de Jean Claude padre, incluyendo deudas. Michel echó en falta algunos bienes inmuebles que estaban cuando su padre le ayudó a montar su negocio. Los bonos, letras, créditos e hipotecas eran todos anteriores a mayo, cuando el Emperador promulgó su edicto sobre la seda, indicativo de que a la familia no le fue posible conseguir financiación desde entonces.

El reparto quedó como sigue:

La mansión de Chaville, el título de conde, la naviera, barcos y casas comerciales, y otras posesiones (una yeguada, palcos, acciones de otras casas comerciales), fueron, como era de esperar, para Jean Claude.

Luis recibía la cruz que siempre llevaba el padre, desde sus comienzos como grumete y que perteneció a su abuela. La cruz quedó custodiada por el abogado, hasta que se la pudiera entregar.

Para Michel fue la casa familiar de Shivat, donde había nacido y vivido sus primeros años, junto con su personal y rentas para su mantenimiento.

Marie no recibió nada, pero el testamento encomendaba a Jean Claude proveerla de la dote pactada en el acuerdo matrimonial y de mantenerla hasta que se casase. También incluía poderes a su madre para asegurarse de que Jean Claude cumplía.

Marie madre, por su parte, tenía sus propias posesiones, que incluían un quinto de la naviera.

Las cuentas estaban saneadas: el dinero de la venta de los dos cargamentos de seda y otros bienes shivatenses había comenzado a llegar a través del entramado societario de Arlan hacía tres o cuatro semanas, permitiendo cumplir con las obligaciones de pago. Incluso con la pérdida de El Faraón y su cargamento y la mordida de la trama arlanesa montada por Michel, la operación dejaba importantes beneficios a ambos hermanos.

Baile de máscaras, campaña para Ánima Beyond Fantasy, 2×06. Con Julien Lafleur d’Aubigne (Alcadizaar) y su hermano Jacques (Aldarion), Colette/Noel Leclair de Dunois (Menxar) y Michel Laffount de Gévaudan (Charlie).

Seguimos con la larga sesión de Discord, para terminar la trama de la seda que comenzábamos aquí. Mi intención era matar a ambos Jean Claude, padre e hijo, arruinar a la familia y que Michel se tuviera que hacer cargo de su madre y su hermana, pero su jugador maniobró para salir bastante bien parado.

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