El Ícaro — Aventuras en Entreaguas: piratas

El SG-1 acudió al marqués de Córdoba a denunciar el ataque sufrido, pero García de Paredes se les había adelantado. En una tensa reunión que estuvo a punto de desembocar en una guerra entre el Ícaro y Entreaguas, Paolo expuso sus sospechas de que De Paredes estaba detrás de la emboscada y éste, que los del Ícaro estaban en tratos con los piratas del Gato Negro y buscaban dar un golpe de mano en la ciudad. Paolo finalmente se ofreció a acabar con los piratas para demostrar las buenas intenciones y el poder del Ícaro, ofrecimiento que fue aceptado por el marqués, como si lo hubiera estado esperando desde el principio.

Fueron a hablar con García del Muro, secretario de comercio y el responsable de las rutas fluviales. Tres eran los transportes a cuyos horarios la chica rubia podía haber tenido acceso, si de verdad se había colado en el despacho del secretario la noche del baile: un tren de gabarras que transportaba plata de las minas de los Revan; un segundo, que transportaba grano; y una pinaza que llevaba pasajeros y carga variada. El primero era un blanco perfecto, así que Del Muro había repartido la plata con el transporte de grano y dispuesto que un escuadrón de gendarmes fuera oculto a bordo. Viendo aquello ya cubierto, el capitán Paolo optó por embarcar en la pinaza, de nombre La morena galante. Antes de embarcar, se hizo ver por toda la ciudad con un gran cofre para atraer la atención de posibles espías de los piratas.

En la pinaza coincidieron con la hija de Sánchez de Entelequia, María, una jovencita de pelo castaño, y su escolta. El padre la mandaba con unos parientes a Sevilla, pues no quería que se le echara a perder el matrimonio ya concertado con un rico burgués por los escarceos de su hija con el secretario Felipe, el joven, evidentes para todo aquel que asistió al baile. Embarcó con ellos un comerciante que venía de tierra de los elfos, un tipo delgaducho llamado Tomas, y Diana, la más que posible agente de Finisterra, que parecía tan encaprichada con Paolo como éste con ella.

El primer día de viaje transcurrió con normalidad. Calor, bochorno, tormenta veraniega y mosquitos, con la mole de Ynys Mawr dominando el valle tras ellos. Al caer la noche atracaron en una isla y levantaron campamento en tierra. La noche no transcurrió con normalidad. Los piratas hicieron acto de presencia y por tres frentes, pero no por sorpresa, pues Paolo había visto la canoa que, camuflada con ramas y hojarasca, intentaba pasar por restos de maleza a la deriva.

Una gran explosión a poniente, donde debía estar el transporte de la plata, sirvió de señal para que el mismísimo Gato Negro irrumpiera en el campamento, acompañado de su lugarteniente, al que, por razones obvias, llamaremos el Algarrobo, y varios de sus hombres. Muy jovial, soltó el habitual discurso del bandido encantador y suelten dinero y joyas nadie saldrá herido, por favor. El capitán Paolo y Renaldo dieron buena cuenta de ellos, pero no eran sino una distracción: la misteriosa rubia se había colado en el barco sin ser vista y, tras deshacerse de Tomas (dormido), Diana (envenenada), el guardaespaldas de María (lisiado) y Kuro (malherido, colgado del techo), raptó a la hija de Sánchez de Entelequia. Una mala noche para todos.

A la mañana siguiente remontaron el río para conocer la suerte del trasporte de plata. Encontraron las gabarras destrozadas y hundidas, la plata repartida por el río y los canales cercanos y al personal con un buen susto en el cuerpo pero sólo con una baja que lamentar. Viendo que no necesitaban ayuda urgente, los dejaron esperando al transporte de grano y continuaron viaje mientras decidían qué hacer. Perseguir a los piratas por aquel laberinto desconocido de canales y con Kuro malherido no era una opción. Tenían en su poder al Gato Negro, al Algarrobo y a dos de sus hombres, lo que suponía una buena recompensa en Córdoba, pero suponía abandonar a María a su suerte. Además, tras charlar un rato con el Gato Negro, Paolo había decidido que no le caía mal y estaba más por buscar un arreglo pacífico. Así pues, decidieron hacer un intercambio de prisioneros. Concretaron con el Gato y el patrón de la pinaza un buen lugar para llevarlo a cabo y dejaron libre a uno de los piratas para que llevara la oferta al resto de la banda.

El día lo pasaron hablando el Gato y Paolo. Así se enteró éste de la historia de la misteriosa muchacha: era la hija pequeña del anterior señor de Córdoba, cuando era un pequeño castro. Una revuelta para ofrecer el pueblo en vasallaje al actual marqués a cambio de protección había supuesto la muerte del padre, de sus hermanos, tíos y primos, mientras que las mujeres y niñas habían sido vendidas. Ocho años tendría entonces la chica y, ahora, había vuelto para vengarse de los consejeros de su padre que encabezaron la revuelta: De Paredes, Del Muro, De Entelequia y el difunto padre de Felipe de Córdoba; de ellos y de sus familias, como María la castaña, ahora en sus manos.

—¿Y vos se lo permitís? —preguntó un escandalizado Paolo, a lo que el Gato contestó con una mirada que venía a decir “Si quiere, lo intenta usted. Yo bastante tengo con que no piense en pasar a cuchillo a toda la ciudad”.

 

El intercambio se hizo al atardecer del día siguiente y estuvo a un pelo de acabar mal, pues Paolo quiso hablar con la muchacha y llevó su paciencia casi, casi, al límite de rotura. Luego, un torpe Kuro la hizo ruborizar y comprender que aún estaba viva, lo que tendría graves consecuencias en el futuro. El Gato, antes de irse, hizo un regalo inesperado a Paolo:

—Sabed, capitán, que García de Paredes nos pasa información desde el principio y que a través de él vendemos lo que obtenemos, todo a cambio de una buena mordida. Sin él no podríamos descifrar los horarios y rutas de los barcos ni eludir a la guardia.

4 comentarios para “El Ícaro — Aventuras en Entreaguas: piratas

  1. Mi pobre Kuro, que en lugar de asesinar se dedica a salvarles la vida a los que va envenenando Milady, y encima cuando intenta ligar con ella se pone a tartamudear de los nervios…

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