Pendragón — 498, boda sangrienta

La boda del príncipe Cynric de Wessex (nieto de Vortigern el Tirano y bisnieto de Hengest el Asesino) y lady Jenna, hija mayor del difunto conde Roderick de Salisbury, fue el acontecimiento no sólo del año, sino de toda la segunda mitad de esa década maldita. Vinieron señores de todo Logres y tierras vecinas: el duque Ulfius de Silchester, el duque Eustance de Clarence, el rey Leodegrance de Cameliard, el príncipe Celyn de Sussex, el pretor Jonahel de Dorset, el joven conde Sanam de Bedegraine y sir Derfel, sobrino y heredero del viejo duque Corneus de Lindsey; los que no acudieron enviaron embajadores, como los abanderados de Jagent sir Caradoc y sir Cadfael, amigos de sir Elffin el Bueno, o su hermano, caballero que era de la casa Tribuit, o el joven sir Lak de Estregales, hijo menor del difunto rey Canan; también acudieron caballeros y señores de ese batiburrillo de señoríos en que se había convertido la antigua baronía de Marlborough: el abanderado de Silbury, el señor de Calne y otros muchos caballeros y señores.

También vinieron caballeros de Wessex, antes que sus señores, trayendo viandas y utensilios. Entre estos estaba el caballero que fuera capturado por la Hermandad de la Daga de Plata, captura que había dado lugar al sobrenombre que sir Elffin el Bueno tenía entre los sajones: sir Elffin el Torturador. Al pedir sir Arcavius explicaciones a tal sobrenombre, la cosa se lio y terminaron batiéndose en duelo el susodicho caballero, un compañero de armas, sir Arcavius y sir Elffin. El duelo terminó con uno de los de Wessex ensartado en una lanza en mitad del palenque y el otro medio muerto en su tienda. Y el enfado monumental de la condesa y otros grandes caballeros del condado, temerosos de cómo se pudiera tomar tal duelo el rey Cerdic.

Si le molestó, no lo hizo notar. Aceptó las disculpas y la devolución de los caballos y armas de los caballeros y no quiso hablar más del asunto. La boda de su hijo era lo importante. Éste, el príncipe Cynric, habíase bautizado en la fe cristiana, por lo que la ceremonia, larga y aburrida, se celebró en la catedral de Sarum.

El banquete se celebró en las eras de Sarum, ya que no había espacio para todos intramuros. Se tendieron mesas y más mesas, se prepararon hogueras y hornos, antorchas y farolillos y todo quedó dispuesto para un banquete que debía durar días. Hubo caza de los bosques de Salisbury: dos osos adultos, varios ciervos y venados y montones y montones de conejos y liebres, asados, rellenos o en guiso; hubo pajarillos en escabeche; cordero asado y en caldereta; buey y ternera de las ricas granjas del Avon; el rey Cerdic trajo pescado (salmones, arenques, bacalao y atún), vinos de Hispania y quesos de la Galia y de Helvetia; Leodegrance de Cameliard, cuatro grandes barriles de excelente cerveza negra; el duque Ulfius, vino y portentosos cocineros que prepararon delicias a la manera romana; hubo, en definitiva, montañas y montañas de comida. Los pajes y las camareras corrían de un lado a otro sin pausa, trayendo jarras y escudillas, perolas, cazuelas, bandejas y espetones.

Nuestros amigos, por primera vez en varios años, no estaban en la mesa presidencial, así que pudieron disfrutar libremente del banquete. Compartían mesa con sir Caradoc, sir Cadfael y otros grandes caballeros y pronto empezó a circular el vino, entre brindis, retos y risas. Sir Arcavius seguía con sus problemas con el vino y quedó traspuesto en los primeros platos; sir Aeron, calentada no sólo la boca, despareció en pos de una exuberante camarera mientras sir Elffin, con un arpa que había caído en sus manos, intentaba evitar que la joven esposa de su amigo se diera cuenta de tamaño desliz.

El banquete seguía y cayó la noche y, de repente, un grito de terror cortó risas, brindis y música. El copero de lady Jenna se desplomaba sobre la mesa de honor vomitando sangre. ¡Veneno! ¡El arma preferida de los sajones! ¡Veneno!, ¡traición!, gritaba la gente. ¡Sajones!, ¡traición! Más allá alguien pedía ¡Proteged a la condesa!, otros ¡Proteged a lady Jenna!, pero de fondo, como marejada en día de temporal, se barruntaba la tragedia. ¡Muerte a los sajones! ¡Muerte a los traidores!

Sir Jaradan el castellano corría llamando a los guardias. Sir Aeron y sir Elffin corrían también hacia la mesa presidencial. Y sir Arcavius, aunque éste echaba espuma por la boca, tenía los ojos inyectados en sangre y sólo gritaba ¡Sajones, traidores! También corrían varios caballeros armados, de la guardia. Pero avanzaban con las armas desenvainadas y cargando contra Cerdic y Cynric. ¿Qué pasaba aquí? Sir Elffin y sir Aeron saltaron sobre la mesa presidencial para proteger a Cerdic el primero y a lady Jenna el segundo. No llevaban armadura ni armas, sólo el cuchillo de comer. De primeras, sir Elffin caía gravemente herido, aunque, por fortuna, sir Jaradan, igualmente desarmado, acudía en su ayuda. Sir Aeron se enfrentaba a otro de los caballeros, que intentaba alcanzar al príncipe Cynric, por proteger a lady Jenna y a la condesa.

Sir Arcavius había pedido la espada a uno de los caballeros, recibiendo por contestación tal mandoble que habría matado a un hombre —o a dos— menos robustos. Pero el Caballero del Hacha Coronada, pese a la horrísima herida por donde se le veían las costillas, quebró el brazo de la espada de su oponente como quien troncha una ramita, lo levantó en vilo, con escudo, loriga y casco, lo volteó y le estampó la nuca contra la esquina de la mesa presidencia con tal fuerza que el adorno con cabeza de león de la mesa atravesó loriga, vértebras y garganta, asomándole por delante. Luego cogió la espada caída y cargó contra los otros caballeros pidiendo sangre.

Ante tal avalancha de grandes hombres de armas, aún en ropa de gala y con los cuchillos grasientos del asado, los caballeros asaltantes nada pudieron hacer y pronto se rendían malheridos o caían muertos.

—¡Estos no son caballeros de Salisbury! —exclamó sir Jaradan al quitarles el yelmo a los cautivos.

En efecto, no lo eran. No los habían visto nunca. Supieron al interrogarlos que se trataba de caballeros de Hampshire, que buscaban vengar a su conde involucrando, de paso, a Salisbury por rendirse así ante Wessex. Si ya poco cariño tenían en Salisbury a sus vecinos tras la descortesía de los ciudadanos de Venta Belgarum, este ataque de la nobleza rural era la gota que colmaba el vaso. ¡Qué bien habían hecho el año anterior al repartirse en secreto las tierras belgae con el rey Cerdic!

La boda terminó allí. A nadie le quedaron ganas de seguir con la fiesta. Sir Elffin pidió clemencia por los caballeros del complot y Cerdic, a regañadientes, la concedió. Los caballeros atrapados (otros escaparon sin que la guardia de Sarum pudiera dar con ellos) fueron decapitados y sus posesiones, confiscadas.

El rey Cerdic quiso agradecer personalmente a los caballeros de Salisbury que hubieran salvado su vida y la de su hijo y hubieran acabado con la traición. A sir Elffin, por protegerle personalmente, le regaló una cota de mallas angla, más resistente que las britanas. A sir Arcavius y a sir Jaradan, sendas antiquísimas espadas forjadas por los enanos en el albor de los tiempos. Y a sir Aeron, el único que escapara ileso de todo aquello, una poción curativa de la más renombrada bruja sajona para que pudiera tratar a sus compañeros en próximas aventuras.

No acabaría ahí el año. Aún faltaría la campaña veraniega contra el rey Idres de Cornualles, que culminó en la batalla de Exeter, en Devon, y las razzias que sufriría Salisbury con su ejército fuera de la mano del Caballero de los Colmillos, campeón del príncipe Aescwine de Essex que buscaba la cabeza de sir Elffin.

5 comentarios para “Pendragón — 498, boda sangrienta

  1. Y yo que pensaba que iba a poder pegarme con el Caballero de los Colmillos, pero el máster no me deja porque está reservado para sir Elfin….

  2. Hay una imprecision. fue sir arcavius quien pidio primero y con mas encono clemencia para los condenados.

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