Nochebuena, coñac y gusanos

Rashid se tomó su sueño como premonitorio y las huellas que encontraron al día siguiente atravesando la salina, yendo y volviendo de las ruinas, lo convencieron. Volvían al fuerte, confiando en llegar para la fiesta de Nochevieja. Habían evaluado también otras posibilidades: la historia de Menna no acababa en el sueño. Su marido fue tras el Caminante de la Muerte para recuperar a su hijo, pero jamás volvió. Encontraron restos de ropas y de su montura cerca de la sima de un gusano de las arenas. Menna volvió con su familia. Era prima de Ahmed y estaba en su grupo el día de los zombies.

Tenían el macizo rocoso que vieron en los frescos de las ruinas, el lugar donde parecía estar un templo o ciudad de los Caminantes de la Muerte. O investigar más la historia de los dos desgraciados devas a los que habían dado descanso eterno. O ir al oasis de El-Jeriyah, donde se perdía la pista de la expedición Lunzberg. O al misterioso macizo Jabbarem (¿quizás el mismo macizo negro de las ruinas?) que Steffan confesó a Sassa era uno de los objetivos de Lunzberg años atrás, en Lucrecio.

Sin embargo, decidieron volver al fuerte. Cargados de presentes por la ayuda prestada y lo sacado de las ruinas: sellos de oro, el incómodo grimorio, una extraña daga… y con un recluta para la compañía de Regulares: Hodor, el grandullón ojo de águila y mente de esponja primo de Rashid al que Du Pont había cazado con el viejo sistema de emborracharlo primero.

No fue un viaje sin incidentes: siempre es triste pasar la noche de Weihnacht, la llegada del Mesías, lejos de casa y los tuyos. Sassa y Du Pont combatieron la tristeza con la botella de buen coñac que la muchacha le había regalado al teniente por salvarle la vida y Rashid y Hodor no se hicieron de rogar a la hora de acompañarles. Quizá por eso no se dieron cuenta de que estaban en plena ruta de migración de una manada de gusanos de las arenas. Un eufórico y borracho Du Pont quiso quedarse a matarlos, pero sus compañeros, tras ver muy de cerca las fauces uno de esos sarlacc en miniatura, salvaron lo que pudieron (incluyendo al teniente) y salieron por piernas.

Atrás dejaron la vacía botella de coñac, las provisiones, los odres de agua… Tuvieron que dar un rodeo para acercarse a un oasis donde aprovisionarse. El oasis en cuestión tenía forma de estrecha media luna flanqueado por altas dunas, un lugar magnífico para una emboscada. Un telépata es muy útil en estos casos: los pobres harumai que esperaban que entraran confiadamente en el oasis fueron masacrados sin piedad pese a su gran ventaja numérica. Era la segunda o tercera vez que pasaban por encima a un grupo de estos reavers del desierto y Du Pont propuso dejar la próxima vez a alguno vivo para que corriera la voz… O quizás proponerlos como especie en peligro de extinción.

Los harumai estaban muy al norte de sus territorios de caza, pero tal hecho pasó desapercibido al encontrar, entre los restos de la anterior presa de los salvajes en el fondo del oasis, equipo y utensilios de la expedición Lunzberg.

Aquel no sería el último encuentro desagradable antes de llegar a Fuerte Nakhti: restos destripados y calcinados de un jinete solitario y su montura, que tuvo la desdicha de encontrarse con algo que dejara un camino de arena fundida y cristalizada. Aquello parecía confirmar las sospechas de que algo demoníaco y llameante había escapado de las ruinas cuando los infaustos Nordin y Ström.

Las miradas fueron al grimorio. Ninguno era vidente, pero el futuro que vieron era tan terrible como cierto.

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