Si estuviéramos en un buque, esto sería el cuaderno de bitácora

Fuerte Nakhti, 22 de diciembre de 988

Segundo teniente T. Alonso.

Hace ya una semana del extraño ataque nocturno que ha acabado con la aburrida monotonía en Fuerte Nakhti. Nada tengo que decir de lo ocurrido, pues nadie me creerá. Temiendo un nuevo ataque, el teniente Du Pont ha ordenado reforzar las defensas del fuerte. Esta semana he visto trabajar a los hombres por primera vez desde que llegué, hace casi año y medio: se han reparado las principales grietas de la muralla sur y el matacán de la puerta principal. Por desgracia, esta última obra provocó la caída de una de las hojas del portón. Los goznes se han desprendido, así que nos llevará algunos días arreglarla. De momento, hemos montado una barricada por si sufriéramos un ataque.

La falta de medios es preocupante. Cada seis meses debería llegar una caravana con suministros y reemplazos, pero la última fue con la que vine yo, en septiembre del año pasado. Nuestro capitán enfermó hace más de treinta años, todo este tiempo ha estado aquejado de fiebres intermitentes. No puedo imaginarme qué hizo para que no le permitan volver. Yo perdí una pierna en un accidente hace 7 meses y espero mi relevo. Un tercio de los hombres del fuerte, incluyendo a los sargentos y el doctor, están en edad de retiro. La edad y la baja forma de la tropa están haciendo que tardemos más de lo previsto en las reparaciones. Entre guardias, enfermos y la patrulla diaria, casi no quedan brazos útiles.

Hablando de los sargentos, tengo la impresión de que me ignoran. De una forma cortés, eso sí, y retorciendo mis órdenes de formas imaginativas. El capitán lleva toda la semana en cama y el teniente Du Pont, el genio del escaqueo, se largó hace cinco días con Rashid y la pija tonta. Que el indígena pagano tenga que ver a su chamán tras lo ocurrido aquella noche, lo entiendo. Que la chica lo siga por el exotismo, también lo entiendo. Pero que el único oficial capaz del fuerte se largue de excursión en este momento no tiene perdón de Dios. Y luego vendrá contando una de fantasmas.

Espero que los dos mensajeros enviados a Fort Blanc, en Estigia, vuelvan pronto con refuerzos y material. Me temo que estas Navidades van a ser las peores de mi vida.

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