Primero tomaremos Toledo, luego tomaremos París

Cuentan las crónicas que un recién despertado Uzbia reunió a su gabinete de crisis en una aldea perdida de Aragón como paso previo a recuperar su Imperio. Dicho gabinete de crisis estuvo compuesto por los procónsules Yaltaka y Ethiel y otros tres propretores fieles traídos por el gato. Se dice también que hubo algunos nephilim no pertenecientes al Emperador, pero no ha quedado constancia documental.

El recién despertado Uzbia se encontraba con una situación incómoda entre manos. En teoría, bastaba con llamar a la puerta de la sede de Toledo, capital del Imperio de Occidente, para recuperar su puesto, pero todos temían lo que el pretor e imperator Ephram pudiera hacer en Francia. Podía declararse independiente, como había hecho el cónsul de Germania, Hrisleah, o unirse al Imperio Romano donde, a buen seguro, Endymythalion le recibiría con los brazos abiertos.

Ir primero a París para neutralizar a Ephram planteaba también problemas: los pretores de Hispania eran sus principales apoyos y si veían caer a aquél era también posible que intentaran una salida desesperada. De ahí que Toledo, como cabeza tanto del Imperio como de Hispania, fuera el único destino posible de Uzbia. Para controlar a Ephram decidieron realizar una operación doble: mientras Uzbia entraba en Toledo, un segundo grupo se encargaría del pretor franco. De esta manera podrían neutralizar a la oposición sin darles tiempo a reaccionar. El grupo lo formarían Ethiel y Yaltaka, arrastrando consigo a Pírixis, Menxar y el fénix, claro. Yaltaka salió de la reunión con el nombramiento de legado imperial comisionado para relevar y poner bajo arresto al imperator Ephram. También fue nombrado cónsul de las Galias y pretor de Francia, efectivo una vez tomara el control de París.

El viaje hasta París fue agotador y lleno de peligros. A la ya habitual falta de medios se unía la necesidad de evitar a los agentes de Ephram y a las decenas de rastreadores de distintas organizaciones, cazadores independientes y agentes de la Inquisición que buscaban el rastro del Grial y del tesoro de los cátaros. Noches al raso o en graneros cuando no podían encontrar algún refugio del Carro, el único arcano al que pudieron acudir; provisiones escasas que les obligaron a recurrir a la caza furtiva… Pero lo peor fue la enfermedad de Pírixis. Un extraño mal la aquejaba a ella y se reflejaba en su simulacro. Los conjuros curativos de sus compañeros de nada servían. Unos días parecía ser presa del más virulento cólera, o víctima de extrañas fiebres hemorrágicas. Otros, los delirios del simulacro o suyos propios la reducían a un despojo aullante. Los menos, parecía sana y cuerda, aunque cada vez más debilitada. Todos pensaban que su mal venía provocado por la herida sufrida por la espada templaria de auricalco y les dolía arrastrarla en tan terrible carrera por la Península y Francia, pero en París había también una importante sede de la Templanza, especializada en auricalco y otros males más oscuros, por lo que la ciudad era también un objetivo urgente para la Bella Dama.

Llegaron a París a finales del verano y buscaron refugio en una posada conocida por Ethiel. Su plan original era reunirse con la ondina, que había buscado refugio allí tras la caída del Montségur y luego hacer una ronda de reconocimiento. Sin embargo, Pírixis no estaba en condiciones. Se plantearon acudir primero a la Templanza, aun a riesgo de ser localizados por los espías de Ephram o actuar demasiado tarde, pero Pírixis se negó.

—Estoy bien —dijo—. Sólo necesito descansar un poco.

Fue la última vez que vieron a la nephilim. Cuando volvieron, con la ondina, encontraron la habitación de la posada vacía. Estaban sus cosas, salvo su estasis y su gladio y, en su lugar, había una nota:

Está conmigo. Si ella quiere, la volveréis a ver… cuando esté lista.

Quirós

Menxar y el fénix quisieron salir de inmediato a buscar a su compañera, pero Yaltaka les retuvo. Ella, al igual que Ethiel, sabía quién era Quirós, el nephilim que encontró el Grial perdido y lo guardó en Jericó y el selenim que los había ayudado durante el desastre de París en 492. Ninguno lo conocía personalmente (bueno, en el caso de Ethiel sigue sin estar claro), pero Pírixis sí había tratado con él y había ayudado a Buschka y a Dashiell durante las operaciones de la resistencia en los años siguientes. Para la silfo era suficiente. Obligó a sus dos jóvenes compañeros a sentarse en la cama mientras Ethiel volcaba un saco de arena en el suelo, con la que empezó a dibujar un plano. Actuarían esa misma noche.

Tras debatirlo, descartaron la entrada a saco. No querían alertar a los otros poderes de la ciudad ni causar más daño del necesario a las posesiones y miembros del Emperador. Decidieron aprovecharse de que Ephram no conocía, y hasta donde sabía Ethiel, tampoco sus fieles, a Yaltaka para hacerse pasar por un grupo de emisarios de Hispania. Confiaban en que las cartas selladas de Uzbia les abrieran las puertas y les permitieran acercarse a Ephram lo suficiente como para apresarlo en un golpe de mano. Ethiel sí era más conocido, así que tendría que evitar ser visto por el pretor. En cuanto al resto, no pertenecían al Arcano, por lo que podían pasar por amigos o escoltas.

Dio la casualidad de que Ephram estaba reunido esa noche con sus principales consejeros y fieles. Casualidad, no: noticias frescas. Uzbia había tenido que acelerar sus planes en Hispania y un correo acababa de llegar a París trayendo la noticia del despertar del Pater Imperator. Por eso, cuando el grupo entró en el enorme palacio que era la sede del Emperador, se encontraron con que el portero tenía órdenes de no dejar pasar a nadie hasta que la reunión terminara. El portero era el responsable de la seguridad de la sede, una gárgola enorme y pétrea que cubría con su corpachón la escalera de subida al que no le amedrentaban los sellos de las cartas.

Tras unos intentos infructuosos de razonar con él, que terminaban en un “Esperad aquí hasta que terminen” o en un “Dadme las cartas y yo las entregaré”, la ondina dejó sus espadas en la mesa de la entrada e hizo crujir sus nudillos.

—Id subiendo, que yo convenceré al caballero.

A la gárgola le bastaba con dar la alarma o llamar a algunos compañeros para que todo el plan se fuera al traste. Pero el nephilim sonrió, mostrando unos grandes dientes grises.

—Oh, si tenemos aquí a un experto en retórica, ¿no? Veamos tus argumentos, delgaducho.

Mientras los dos nephilim se aproximaban, observándose detenidamente, el resto del grupo aprovechó para deslizarse escaleras arriba y buscar la habitación donde estuviera el pretor. No les llevó mucho encontrarla porque era la única cerrada, así que se prepararon y repasaron por última vez el plan: que Yaltaka se acercara a Ephram con el pretexto de las cartas lo suficiente para saltarle al cuello mientras Menxar y el fénix retenían a los demás. Ethiel, que no podía entrar para no ser reconocido, se encargaría de los que pudieran salir de la habitación. Por último, cogieron aire y abrieron las puertas. Yaltaka entró primero, flanqueado por sus dos compañeros.

En la habitación había seis nephilim sentados a una gran mesa cubierta de legajos y jarras de vino. Al extremo, presidiendo, había un nephilim que coincidía con la descripción del pretor que les había dado el gato. La entrada del grupo le había cortado a media frase y los miró, furioso. Su mirada fue a Yaltaka, el único con estelar del Emperador, y de él a las cartas que llevaba en la mano, con el sello bien visible.

—Y tú, ¿quién eres? —Preguntó altanero. Su mente iba a pleno galope. Reconocía un sello imperial incluso a esa distancia. ¿De quién era emisario? ¿Endymythalion? ¿Se había enterado ese zorro que Uzbia estaba despierto, cuando él sólo lo sabía desde hacía un par de horas? Pero su tren de pensamientos descarriló irremediablemente al oír la respuesta del mensajero.

—¿Yo? Yo soy Yaltaka.

Silencio.

Silencio.

Un leve golpe. Ethiel había apoyado su cabeza en la pared, suspirando.

“¿Por qué a mí?”

Desenvainó su cuchillo y se lanzó dentro de la habitación, dudando si atacar a Ephram o a Yaltaka.

Fue una pelea sucia, a cara de perro. Nadie estaba preparado para ello. Ephram y los suyos, cogidos por sorpresa. Ethiel, Menxar y el fénix, también cogidos por sorpresa. Sin conjuros, sin invocaciones, a puro coraje. Usaron cuchillos, candelabros, jarras y sillas. Los más cercanos a Yaltaka, que habían visto los sellos, sumaron dos y dos y supusieron que la silfo había sido enviada por Uzbia y que la suerte estaba echada, así que huyeron por los múltiples pasadizos secretos del palacio. Ephram, viendo todo perdido, también huyó por un pasadizo, consiguiendo escapar de Yaltaka en el laberíntico lío de túneles, escaleras y pasadizos que tenía el palacio.

En unos pocos minutos se habían hecho con el control de la sede. El resto del personal presente, en cuando el silfo presentó sus credenciales como Legado Imperial y Cónsul, le juraron fidelidad. La noche no acabaría ahí para ella y para Ethiel, y los días que siguieron fueron de una actividad frenética: intentar capturar a Ephram, purgar a sus hombres fieles, hacerse con el control efectivo del Emperador… Pírixis tendría que esperar.

Menxar y el fénix, por su parte, se unieron a la ondina y la gárgola que, tras destrozar el mobiliario de la planta baja, reían, bebían y se contaban anécdotas y viejas historias como dos grandes amigos. En las semanas siguientes se lanzarían en la búsqueda infructuosa de Pírixis. Tarea inútil porque la Bella Dama había cruzado al otro lado del Velo.

3 comentarios para “Primero tomaremos Toledo, luego tomaremos París

  1. Yaltaka y su pedazo de bocaza, jajaja.

    Lo de la pelea de la Ondina con la gárgola fue muy divertido y se convirtió en una buena amiga.

  2. Y como el Master se me enfada, ahí va el comentario:

    “Ciertamente, no sabía si atacar a Ephram o estrangular con mis manos a Yaltaka” (Ethiel)

    “Volveré en próximas entregas” (Pirixis)

  3. Desde luego, una que es sincera… Además, sino fuese por ese tipo de cosas sería muy aburrido, jejejejejejeje. No todo puede ser inspiración…

Deja un comentario