Sólo yo podía matarte

Dos tumbas solitarias resguardadas junto a una gran roca. Las lápidas habían sido talladas de dos fragmentos arrancados a la roca. Formas toscas, nombres distintos, el mismo estilete tallado a un lado. El aire limpio; el sol, radiante; el águila, planeando; las negras ruinas de Caer Dubh al otro extremo del valle, muertas y vacías: un paisaje melancólico, un extraño sitio para dos tumbas, allí arriba, solas.

La joven, con los cabellos rubio ceniza al viento, depositó un ramo de flores que había ido recogiendo durante toda la mañana, durante la subida al pico, en la más vieja de las tumbas, junto al doble ramo de su compañero, un gigantesco hombre de hirsuta cabellera y pobladísima barba que, envuelto en sus pieles de oso, sollozaba en silencio unos pasos atrás. Estuvo un momento en silencio, con los ojos cerrados y la mano en el pecho, antes de hacer una respetuosa reverencia. Luego, se dirigió a la segunda tumba y dejó sobre ella una flor.

Después de unos instantes en silencio, empezó a rascarse la cicatriz del brazo derecho por encima del abrigo de piel de gamo. Y siguió rascando, más fuerte, mientras las mejillas se le arrebolaban y en sus claros ojos brillaba un relámpago colérico. Sin poder controlarse, la emprendió a patadas con el montículo de la tumba, apenas cubierto por la corta hierba de principios del verano.

—¡Tenía que haberte matado yo! ¿Me oyes, maldita sea? ¡Tenía que ser yo quien te matara! ¡Tenía que devolverte lo del brazo!

Sin fuerzas, cayó de rodillas, apoyando la cabeza sobre la lápida. Estaba cálida.

—¡No podías morirte así, desgraciada! ¡Maldita seas por siempre! ¡No a sus manos! —La joven estaba ya hecha un ovillo, sobre la tumba, con la espalda y el cuello contra la lápida. Las lágrimas caían sobre la flor, olvidada ahora—. ¡Solo por las mías…! Solo por mi mano, Diaratyh. Sólo yo podía matarte…

Amiga mía

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