The Sky Crawlers

Las películas, novelas y cómics ambientados en un escuadrón (a veces, avión) son un subgénero bélico con solera, más o menos inaugurado por Howard Hughes con su Hell’s Angels (¿hay alguna anterior?) y en el que tenemos desde grandes películas como Almas en la hoguera a cosas como Top Gun. Dentro del género, podríamos distinguir entre aquellas obras que nos cuentan una historia (normalmente de un piloto o jefe del escuadrón) y las que cuentan el día a día de la unidad y los hombres que la componen. En este segundo tipo encontramos historias biográficas, como Dirección oeste (Alaba al señor y pasa la munición), desmitificadoras (Escuadrilla Azor, Piece of Cake) o simplemente historias emocionantes y tristes, como el cómic As de Pique o la película Memphis Belle.


Fin de la jornada, de vuelta a casa

The Sky Crawlers entra dentro de esta segunda variante. La película está basada en una serie de novelas del mismo nombre de Hiroshi Mori, novelas que no veremos, ni por asomo, por España, así que nos saltaremos la comparación entre novela y película para centrarnos en lo que nos ofrece esta última. Y lo que dice ofrecer es la historia de un escuadrón, perdido en mitad de ninguna parte (hay una cantina, y un gran burdel, una cabaña aislada, y la propia base; y eso es todo), en una guerra sin sentido, con sus pilotos viviendo el día a día sin preocuparse de un mañana que puede no existir, olvidando pronto a los muertos y aceptando a los reemplazos como si siempre hubieran estado allí. A ese respecto, me recordó mucho a la Escuadrilla Azor de Derek Robinson (y, ojalá, a Piece of Cake, si algún día consigo echarle el guante) y tiene las escenas y situaciones habituales del género: el comandante (en este caso, la comandante) del escuadrón, con sus manías, la relación con las prostitutas, la borrachera del día de permiso (aquí sin quemar un restaurante de postín con el dueño dentro), las salidas de patrulla, la espera, la vuelta (de los que vuelven)…

El problema, el gran problema de The Sky Crawlers es que entre lo que dice y lo que ofrece hay un gran trecho. Lo que dice lo vemos en los primeros diez minutos. De ahí en adelante descubrimos, con horror, que la historia naufraga tristemente y lo que queda es una película visualmente muy cuidada, con una gran animación, un diseño de cachivaches, edificios y personajes envidiable, unos efectos de sonido de primer nivel y una banda sonora que no está mal.

Y nada más.

Personajes planos, sin chispa, sin química, zombies en la pantalla, ayudados por unas voces insulsas, monocores y sin emoción (los actores de doblaje españoles por lo menos intentan algo, aunque tampoco lo consigan). La relación de los personajes es para llorar: mucha cabaña perdida, mucho permiso en la bolera, pero… ¡Si hay más tensión sexual entre Darth Vader y el moff Tarkin! Me han dicho que hay también combates aéreos en la película, pero las escenas de “mirad qué guays nos quedan los avioncitos” no las consideraría yo “combates”. Es una palabra que, en cine, serie, novela o cómic, siempre asocio a “acción”, “emoción” y cosas similares. La dirección agarrotada de Mamuro Oshii (sí, el de Ghost in the Shell, pero eso fue en 1995; y también el de Patlabor, pero el Oshii de esta década ya había avisado con otra película estéticamente impresionante y total y absolutamente vacía: Innocence) se complementa con el torpe guión de Chihiro Ito (con el albino bastaba para enterarnos de lo que ocurre; ¿a santo de qué viene el monólogo tristón de la chica en el cuarto de él? ¿No podían hacer de eso una escena decente de amor, celos y desesperación?) para hacer de The Sky Crawlers lo que es en realidad.

Estética sin contenido

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