El día que Yaltaka perdió la paciencia

Aunque Ezequiel de Génova le había advertido sobre la situación del Imperio Bizantino, para Yaltaka fue todo un shock conocer a Nalen, el máximo responsable, a su pesar, del Imperio. Lo conoció al poco de llegar a Bizancio, ya que la sede estaba en la propia taberna del Sapo verde, un cuarto mal iluminado en el sótano más profundo. Un tipo de aire cansado, tan gris como la piedra de las paredes y que parecía formar parte de la habitación. Esto, junto con las respuesta dadas por Vndyrwynd y la falta de pistas de Sigbert, lo deprimieron profundamente. Una carta de Ethiel, respuesta a otra suya que mandó a través de Ezequiel, lo terminó de hundir.

Lord Yaltaka,

He logrado contactar con nuestro amigo común en París y nos ayudará [¿qué amigo y ayuda para qué? No hay constancia documental de la carta de Yaltaka a Ethiel, así que es un misterio de difícil respuesta]. Desgraciadamente, me he visto obligado a abandonar la ciudad sin completar mis proyectos. El pretor de Francia e Imperator, Ephram, me ha considerado persona non grata y he eludido sus atentados por muy poco. Por lo que he visto, este ambicioso personaje no sólo está olvidando sus obligaciones para con el Imperio, sino que se podría decir que lo está destruyendo. Creo que quiere convertirlo en algo parecido a un estado feudal, con el Pater Imperator sometido a los pretores y cónsules. Su máximo temor debe de ser que vuelva Uzbia antes de que consiga suficiente poder para desafiarle. En Hispania la cosa está que arde, con los distintos pretores enfrentados entre sí. En Britania vuestro sucesor parece llevarlo mejor.

Un gran peligro nos amenaza pues, si yo soy el perro de Uzbia, vos sois su favorito. Vigilad vuestras espaldas, pues temo que puedan atentar contra vos, no importa lo lejos que estéis.

Por el momento, nuestro único hombre de confianza es el cónsul de Germania, Hrisleah. Se separó del Imperio de Occidente al ver el cariz que estaban tomando las cosas. Esta carta os llega a través de él y así tendréis que proceder para contactar conmigo.

Yo parto ahora a Hispania, donde intentaré reunir a un grupo de confianza. Luego podré dedicarme a lo que me ha traído aquí.

He estado en el Languedoc. Por lo visto, muchos de los nephilim del Montségur han sido capturados por los templarios y otras sociedades secretas. La ondina, Ighnöel de la Torre y un engreído llamado Nicodemo el ateniense intentan rescatarlos. Entre los prisioneros se encuentra José de Arimatea. Por lo visto, los templarios conocían la ruta de escape. Si es así, puede que os hayan seguido. Proteged bien el Grial.

Espero veros pronto. Os tendré informado

Siempre vuestro,

Ethiel

Esta carta se unía a un mensaje de Ezequiel que le había alcanzado en Aquila y que, ya entonces, le produjo gran zozobra. No tenía, sinceramente, motivos para escandalizarse por las maniobras de Ephram quien permitió que ajusticiaran a Jesús por subir en el escalafón del Arcano.

Lady Yaltaka [Nótese que Ezequiel usa el género del simulacro actual de Yaltaka, mientras Ethiel usa el masculino, correspondiente a la última vez que se vieron],

He interceptado un correo de Ephram al Pater Imperator Endymythalion de Roma, donde le advierte sobre vos. Os considera el espíritu de Uzbia y extremadamente peligrosa, y le recomienda vigilaros estrechamente.

Me imagino que otro mensaje similar le habrá llegado a Tatharondi de Egipto. Tened cuidado y cubríos las espaldas.

Ezequiel

Cónsul de Génova

Para Yaltaka era una situación angustiosa. Se sentía impotente. ¡Él, que había sido cónsul de Britania y señor de Rydychan, escondiéndose y mendigando ayuda! A la hora de la verdad, sin Uzbia no era nada y sólo le quedaba ahogar las penas en cerveza, en un rincón, arrullado por el murmullo de las conversaciones melancólicas habituales en el Sapo verde.

No. Así, no.

El golpe de la jarra contra la mesa calló las conversaciones de la sala. El temor las mantuvo así. El silfo parecía poseído y el aire crepitaba a su alrededor. Pírixis, en una mesa cercana, torció el gesto. Conocía la mirada dura y decidida de su compañero. Una mirada que trae problemas. Lo que no podía imaginarse era cuántos.

Yaltaka abandonó la sala a paso de embestida, bajó hasta el cuarto de Nalen, entró como un huracán no invitado y saltó sobre la mesa.

—Reconstruirás el Imperio. Sedes, refugios, toda la organización. Cuando Kirkjabyr vuelva, tendrá su Imperio. Tú lo harás, yo te conseguiré el dinero y los suministros que necesites.

Nalen, encarnado en un robusto cretense y con la constitución rocosa de todas las gárgolas, parecía, medio tumbado en su sillón, una vieja montaña bajo una pequeña nube rubia mecida por el viento. Sin embargo, al mirar a los ojos azules de la nube, sólo pudo tragar saliva y asentir levemente.

Yaltaka envió esa misma noche una carta a Ethiel. La única forma de reconducir al Emperador era que Uzbia volviera, así que le ordenó al gato que encontrara el paradero de la estasis del Pater Imperator. Y le dio de plazo unos pocos meses, pues se citaba con él en Barcelona a finales de la primavera siguiente.

Hay quien podría pensar que Yaltaka tenía en mente a sus compañeros, que despertando a Uzbia volvería a tener un cargo en el Emperador con recursos a su disposición para abordar mejor la búsqueda del Grial y averiguar qué era la Marca de la Diosa. Quienes piensan esto no lo conocían. En ese momento Yaltaka había perdido la paciencia y estaba cabreado, muy cabreado, con Ephram, con Endymythalion y con Tatharondi por desvirtuar al Arcano, y su único pensamiento era arreglar el desaguisado. No pensaba en el Grial, ni en sus compañeros, ni siquiera en un posible beneficio personal.

Pero, claro, eso no le impidió arrastrar a Pírixis, a Menxar y al fénix en su aventura. En primavera, en cuando el tiempo lo permitió, partieron vía marítima de vuelta a Occidente.

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Hrisleah era, para el rango que ostentaba, un novato. Era un nephilim germánico, criado con los pueblos del noreste de Europa, sus tradiciones y sus sociedades secretas y había sido reclutado para el arcano en el siglo III, cuando el Emperador empezó a interesarse en los pueblos que presionaban las fronteras del Imperio Romano. En este despertar Uzbia lo había nombrado cónsul de Germania para contrarrestar una avalancha de despertares de nephilim germánicos dormidos desde hacía siglos que estaba provocando un problema, a menor escala, similar al que hubo entre nephilim británicos y egipcios en Britania en el siglo V. Poniendo como cabeza visible del Emperador en toda el centro y norte de Europa a un nephilim de tradición germánica, Uzbia esperaba atraer al arcano a algunos de estos nephilim.

En parte lo consiguió tras su desaparición, cuando Ephram intentó hacerse con el control de la región. Hrisleah había hecho una purga sin contemplaciones y había situado en puestos claves a amigos y gente de confianza, varios de los cuales originalmente ni pertenecían al Emperador.

Hrisleah no era, en ningún caso, el hombre de confianza que decía Ethiel en su carta. Se centraba en mantener su región viva, en una continua decadencia respecto a la Emperatriz y otros arcanos, e independiente de cualquier Imperio, por lo que no pensaba tomar partido por nadie. Por otra parte, el germano podía ser orgulloso, testarudo y más basto que un arado, y creer que el descuartizamiento por caballos era el súmmum de la justicia aplicada, pero también era listo. Y nadie listo querría estar a malas con el gato.

Por eso, cuando llegó la carta que Yaltaka mandaba a Ethiel, ordenó despacharla lo más rápido posible, usando sus mejores invocaciones de correo. Cuando el senescal le entregó una segunda carta del silfo, dirigida a él, se permitió una mueca de desdén. Desde que se había declarado independiente del Imperio de Occidente no había semana que no llegara una carta o emisario de Ephram o de Endymythalion rogando, amenazando, adulando, prometiendo mil recompensas si agachaba la cabeza.

Sin embargo, cuando abrió la carta después de la cena, no se encontró con nada de eso. En una corta misiva, sin adornos, con frases directas, Yaltaka le ordenaba apoyar económicamente y en todo lo que hiciera falta al Imperio Bizantino, que dejaba al cargo de un tal Nalen.

Hrisleah estuvo releyendo la carta toda la noche para convencerse de que realmente decía lo que ponía. Yaltaka… Había sido cónsul de Britania, por lo que era un procónsul. El perrito faldero de Uzbia, Yaltaka, el advenedizo. Un tipo sin poder, un cero a la izquierda, nadie. Y se permitía decidir quién mandaba en el moribundo Imperio Bizantino. ¡Y que le daba órdenes a él! Sin amenazas, sin ruegos, sin recompensas, sólo órdenes.

Al amanecer, el cónsul de Germania llamó a su senescal y pidió mapas. Necesitaban preparar rutas de suministro seguras.

2 comentarios para “El día que Yaltaka perdió la paciencia

  1. Sabiendo que Yaltaka la iba a organizar parda sí o sí, y a parte de la necesidad de ejercicio y acción después de un invierno relajado,la allí presente pensó en aprovechar su red, perdón, la red de contactos de Ethiel, y los recursos del Emperador una vez volviese Uzbia para encontrar pistas del Grial; al menos había que sacar algo productivo de la que iba a montar Yaltaka.

    No si al final va a resultar que soy mi propia mano en la sombra, jeje.

  2. Para variar, Uzbia desaparecía por tiempo indefinido y me dejaba con todos los marrones, y esta vez sin posición ventajosa definida para hacerles frente. Asi que… no hay nada mejor que el que te toquen muy mucho “la moral” para ponerlos a todos en su sitio. Sin gritos, sin adulaciones, sin amenazas, lo haces y punto (porque yo lo valgo, jejejejejejeje).
    Por cierto, echo de menos a mi silfo. Esas aventuras…ay!, en las que, como bien dice Pírixis, la liaba parda. Además, cada vez que intentábamos ir con precaución era peor, a veces había que actuar y punto, para bien o para mal (sobre todo porque cuando el máster decía “qué hacéis, ya!”, había que hacer algo o nos molían a palos). Nos lo pasábamos pipa.

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