Córdoba

Desde el castillo de Montségur se tiene una vista magnífica, que quita el aliento. Las noches, si el cielo está despejado y hay suficiente claridad, son muy hermosas, con las estrellas casi al alcance de la mano. Sin embargo, si tienes que descender por una pared casi vertical a la oscuridad, vértelas con la fuerte corriente del Lasset y cruzar las líneas francesas, de repente te entran ganas de algo más llanito, pendientes suaves y, sobre todo, una chimenea, un camastro cómodo, una manta calentita y una copa de vino y que busquen a otro para esta aventura.

Más o menos algo así se les pasaría por la cabeza a Menxar y al fénix de la Torre. Habían pasado dos días desde la reunión secreta. Esa misma mañana les habían dado las gracias por presentarse voluntarios y les habían mandado a despedirse de sus amigos y compañeros y preparar su equipo. Por la tarde, les habían explicado para qué se habían presentado voluntarios y lo que se esperaba de ellos. Hacía apenas una hora que habían ido a recogerlos, habían cogido sus equipos (su ropa, una mochila con una muda, algunas provisiones y avíos personales, armas y sus estasis) y se habían dejado guiar, cruzando el pueblo, atravesando la barbacana y las defensas exteriores y luego avanzando y tropezando por la cresta del pog hasta llegar al punto de descenso.


Cuidado donde pisan, señores, que es de noche y esto es algo empinado

Ahora estaban en un risco rocoso que se abría al vacío. Menxar revisaba su equipo, asegurándose de que el pergamino que le había dado Asgareth estaba bien seguro, mientras su guía, un vasco tan hosco como la misma montaña, preparaba las cuerdas para el descenso. El fénix, impaciente, ató la suya propia a una roca y probó la resistencia de la cuerda con tan mala suerte que el nudo se deshizo suavemente, dejándolo por un momento suspendido en el vacío y sólo la rápida intervención de la ondina impidió que bajara por la vía rápida, así que decidió dejar al vasco los preparativos del descenso. El montañés no tardó mucho y pronto no les quedó excusa para no empezar el descenso.

Este fue exactamente como se habían temido: largo, difícil y doloroso. Llegaron abajo cansados, llenos de golpes y arañazos, pero no tuvieron tiempo de recuperar el aliento. Los faidits que debían guiarlos lejos del Montségur les estaban esperando. Una vez intercambiado el santo y seña y hechas las presentaciones, se pusieron todos en marcha. Atravesaron las líneas francesas siguiendo la garganta del Lasset, para luego continuar a través del bosque hasta un claro donde les aguardaban unos caballos. De allí siguieron hacia los Pirineos, aunque los faidits sólo los acompañaron el primer día, luego siguieron con un guía local, un joven cazador furtivo listo como el hambre.

El joven los guió hasta un refugio cátaro al otro lado de los Pirineos, una pequeña ermita semioculta en una cueva. Este refugio lo era también del Loco y allí pudieron dar descanso a sus doloridos cuerpos y pensar en cómo resolver su extraña aventura. El segundo día, ya recuperado el sueño y curadas las ampollas con los ungüentos y conjuros del eremita, le pidieron que les dejara a solas en la capilla. Una vez solos y con la puerta cerrada, Menxar sacó el pergamino y por fin pudieron estudiarlo. O, mejor, dicho, Menxar lo estudió, porque al fénix las letras y los misterios no le iban y aquello le sonaba a chino. El pergamino decía lo siguiente:

Melancolía espectral, Zahída quieta une ideas tardías antes de evocar complejas oraciones rituales de otras batallas antiguas.

Zahida recuerda que bajo la cúpula se guarda el camino que lleva a la leyenda. Un camino esmeralda que parte del tesoro más preciado del mar se muestra al anochecer para los elegidos. La Luna desde el cielo nocturno observa con sus ojos albinos tras una flor de cristal y divisa el camino que conduce a la leyenda.

Zahida revive esta leyenda y espera que sea real. Si no, la melancolía lo invadirá todo.

Asgareth tenía razón sobre las capacidades adivinatorias y la intuición de la joven nephilim. Menxar ignoró el sencillo acertijo del primer párrafo para centrarse en el segundo y extraer de él información que resultó ser correcta de donde no la había. La ciudad, aseguró, donde estaban las estasis de los Guardianes del Grial, era Córdoba. Su compañero no puso objeciones.

El viaje cruzando la Península de norte a sur fue rápido. El fénix conocía la zona ya que había participado en diversas operaciones de la Torre durante las campañas de Fernando III el Santo. Siguieron la red de refugios de su Arcano y, cuando faltaban estos, buscaban la sede más cercana del Carro o del Loco. En Toledo visitaron la famosa Taberna del Sapo Verde toledana, donde recabaron información sobre la situación en Córdoba y ultimaron sus planes (“vamos, buscamos, lo cogemos y nos volvemos”). Finalmente, llegaron a Córdoba con los calores de julio, lo que les hizo sentir morriña del pog y sus frescas noches.

En la ciudad vivieron pintorescas y esperpénticas aventuras sobre las que pasaremos de puntillas. En la mezquita-catedral encontraron la caja que contenía ambas estasis (el delicado frasco de perfume sirio de Yaltaka y el gato egipcio de Pírixis), oculta en un pequeño receptáculo en un pequeño plano sutil que se mostraba en visión-ka a la luz de la luna que incidía a ciertas horas por cierto sitio. El sitio en cuestión nos da igual, porque lo estaban reparando con gran instalación de andamiaje que el fénix se encargó de echar abajo de una patada porque uno de los albañiles le había soltado un piropo un tanto obsceno a Menxar. El fénix fue a dar la patada precisamente al madero al que no se le podía ni toser y tiró andamiaje, muro y albañiles: cinco muertos, una docena de heridos, entre ellos el fénix con una pierna destrozada, y una obra maestra de la arquitectura mutilada.

Pese a los conjuros curativos del representante local de la Torre, el fénix tuvo que guardar cama varios días, desahogando su furia y frustración contra los pobres muebles de la habitación. Cuando por fin abandonaron la ciudad con rumbo norte, tuvieron que hacerlo con cuidado porque sus andanzas habían llamado la atención del Temple (y los calatravos y los rosacruces y los trovadores y…).

El viaje de vuelta, al igual que el de ida, pasó rápido y sin que ocurriera nada de interés. Decidieron dar un rodeo e ir primero al castillo cátaro de Quéribus, situado a 16 ó 18 leguas al este del Montségur. Quéribus era un refugio cátaro igual que Montségur, aunque algo más discreto y con mucha menos presencia de perfectos cátaros y de nephilim. Xacbert de Barberà, Lion de Combat, señor de Quéribus, les dio una cálida bienvenida y les ofreció toda su ayuda. En el banquete de la noche se enteraron de la situación en Montségur, que seguía igual que cuando se fueron: el ejército francés acampado a los pies del pog y los cátaros dominando la montaña.


Quéribus, la última fortaleza cátara

En el banquete participaron también Pírixis y Yaltaka, que ya habían despertado. Pírixis se había encarnado en la hija de un noble occitano que ahora estaría removiendo Roma con Santiago en su busca. De Yaltaka, en cambio, no ha quedado constancia de cuál fue su simulacro. Ambos aprovecharon el banquete para ponerse al día, cotejando lo que Menxar y el fénix ya les habían contado. En el caso de Yaltaka eso incluyó un asalto en toda regla a las bodegas del castillo. La estasis, decía, daba mucha sed.

En Quéribus permanecieron varios días, mientras los faidits organizaban su entrada en Montségur. Cuando todo estuvo dispuesto y la luna acompañaba, partieron con una pequeña escolta. El viaje les llevó cinco días por la necesidad de ir con cautela, evitando aldeas y caminos transitados. La tarde del quinto día la emplearon en cruzar a pie los bosques que rodeaban a sitiadores y sitiados, tras dejar atrás los caballos y la mayor parte de la escolta. El Sol se había puesto cuando llegaron a una pequeña cabaña que se confundía con el terreno. Su guía sonrió nervioso y les indicó que entraran, mientras él se quedaba en el pilón.

Al apartar la gruesa manta que hacía de puerta les azotó un humo espeso y cargado de inciensos que les hizo toser y lagrimear. La cabaña estaba en penumbra y parecía más grande por dentro que por fuera. En el centro de la estancia ardía macilento un fuego que a duras penas lamía un caldero negro en el que borboteaba un extraño guiso de color indefinido y poco apetecible. Del techo colgaban en asombroso desorden ramilletes de flores, muérdago, plantas aromáticas, jamones, embutidos, frutas y hortalizas secas.

Pero lo que les llamó la atención fue la figura que estaba sentada al otro lado del fuego. Era un nephilim, desde luego, posiblemente un elfo o un metamorfo parecido. Tenía el hermoso cuerpo de una joven guapa, vestida de verde y pardo y con flores de vivos colores en el cabello. Cuando entraron les saludó con una voz potente, metálica, que recordaba a la roca que había bajo el bosque.

—Saludos, Dama Pírixis, Guardiana de las puertas del Agartha de los desposeídos; sed bienvenido, Yaltaka, Magno Imperator, Señor de Occidente, Paladín de la Libertad. Os deseo suerte en vuestra empresa. Aquí tenéis un guía. Partid, rápido, antes de que os descubran.

Antes de que tuvieran tiempo de decir algo se encontraron fuera de la cabaña, acompañados por el guía, a quien habían confundido con un montón de ropa sucia al fondo de la estancia. El guía, que cuando se alejaron de la bruja resultó ser el vasco que les había acompañado en la ida, les llevó por la garganta del Lasset hasta casi el mismo punto de la otra vez, donde ya estaban en plena subida de pertrechos y provisiones. Los recién llegados se sumaron al grupo y pronto les tocó el turno de la subida, mientras por poniente empezaba a tronar. La subida fue difícil, prácticamente a oscuras y endiabladamente larga, pero lograron alcanzar la cima al alba, cuando empezaba a llover. Arriba les dieron la bienvenida el de Arimatea, Asgareth, la ondina e Ighnöel.

Los Guardianes del Grial habían llegado.

Esta entrada ha sido publicada en Nephilim y etiquetado como .

2 comentarios para “Córdoba

  1. ¡Jajaja! Aún me arrepiento de haber agarrado al fenix aquella noche, debí dejarlo caer y morir dolorosamente, pero en ese momento no sabía lo que llegaría a desearlo poco después.
    Y lo del acertijo… No sé si fueron artes adivinatorias, lo que si sé es que saqué la información sin darme cuenta de que el acertijo tenía truco(aún recuerdo tu cara).

    PD: Estoy deseando leer la siguiente entrada.

  2. Si es que los hay brutos, espero que la reparación de la mezquita lo dejase todo en su sitio para poder reutilizar el acertijo.

    El andamio se le podía haber caído encima y dejarlo k.o., aunque haberle dejado despeñarse también era buena idea jeje.

Deja un comentario