Arturo – La aventura del Castillo del Gozo I

517 terminó, bélicamente hablando, con la Batalla del bosque de Celyddon, una costosa victoria para las tropas britanas. Para nadie pasó desapercibido el hecho de que si el ejército bárbaro hubiera sido más grande, la victoria podría haberse convertido en derrota. Para 518 todos esperaban una batalla aún mayor: los sajones veían que aquello ya era o Arturo o ellos y pidieron ayuda a sus parientes del continente.

Klingsor decidió que era el momento justo para pasar a la acción si quería salvar Britania y a los nephilim británicos. Dio todo su apoyo a los sajones, llegando a acuerdos con sus chamanes (nephilim) y sus jefes e incluso donando riquezas para que contrataran mercenarios. Pero sabía que todo eso sería insuficiente. Los sajones (y anglos, y jutos, y picos y…) serían derrotados (lo que, por otra parte, deseaba) y Arturo y Merlin serían vencedores si seguía actuando en las sombras. Era la hora del todo por el todo.

Su objetivo era simple: debilitar al bando de Merlin antes de la campaña sajona del verano. Sabía que sin el pleno apoyo de Merlin en el campo de batalla, Arturo estaba perdido. Y si Merlin se volcaba en ayudar al muchacho, sus aliados caerían ante él sin remedio. Para empezar la ofensiva eligió el eslabón más débil: el Rey Pescador.

El Rey Pescador había sido gravemente herido por Balin, el Caballero de las Dos Espadas. Estaba postrado desde entonces, sin poder salir de su reino, y su poder menguaba. Su propio reino se marchitaba y sus tierras quedaban convertidas en el Otro Lado muerto: los Yermos. Klingsor sabía que podía atacar al Rey Pescador sin ser detectado, ya que los reinos de ambos eran más o menos limítrofes (todo lo que pueden serlo en el Otro Lado), mientras que para atacar a Madog, a Yaltaka o a Custeninn tendría que pasar por el mundo material. También era el que estaba más aislado y menos corte tenía, lo que se traducía en menos fuerzas de defensa y sin refuerzos.

Su plan consistía en un ataque rápido y por sorpresa que tomaría el Castillo del Gozo a principios de la primavera. Luego, ya reunido con sus aliados, atacaría a Madog. Esto pondría a Merlin contra las cuerdas: si decidía dejar a Madog a su suerte para ayudar a Arturo contra los sajones, Madog caería y, casi con toda seguridad, Arturo no ganaría sin la ayuda de Madog y los Cinco Hermanos. Si acudía en ayuda de Madog, Arturo caería y a Merlin no le quedaría más remedio que negociar con él o rendirse. Un plan arriesgado, pero no muy complejo. Sin embargo, le fallaron los cálculos. Creyó que el Rey Pescador estaba más débil de lo que lo estaba realmente y sus huestes se estrellaron inútilmente contra los altos muros del Castillo del Gozo. Tras un par de asaltos infructuosos con graves pérdidas, tuvo que asumir que su plan había fracasado nada más empezar, y tocó subir apuesta: inició el sitio del castillo y mandó mensajeros a sus aliados y vasallos, para que acudieran en su apoyo. Su esperanza era rendir el castillo antes de que le llegaran refuerzos al Rey Pescador porque, para colmo de males, un correo había escapado del Castillo del Gozo al comenzar el ataque: el Caballero Pardo de las Tierras Salvajes.

El Caballero Pardo de las Tierras Salvajes era un nephilim guerrero que, en los últimos años, actuaba de caballero errante. Los Guardianes del Grial se lo habían encontrado varias veces durante sus aventuras y era habitual verlo en la corte de Arturo. Su relación con el Rey Pescador podría clasificarse como vasallaje y, desde que este fuera herido le visitaba con frecuencia, actuando de correo. Dio la casualidad de que estaba en el Castillo cuando atacó Klingsor. Siguiendo órdenes del Rey Pescador, aprovechó uno de los ataques para salir por una poterna a pleno galope. No pudo, sin embargo, salir sin ser visto. Klingsor mandó tras él a un nephilim y varios efectos-dragón que le dieron alcance y a los que logró derrotar, siendo malherido. En este estado, puso rumbo al único lugar donde sabía que podría encontrar refugio: la Ciudad de Cristal.

La Ciudad de Cristal era una hermosa ciudad de altos edificios de cristal traslúcido de distintos colores. Era una ciudad sin protección de ningún tipo, habitada por una comunidad bohemia de nephilim dedicados al arte y a vivir la vida, ajenos al devenir del tiempo. Para muchos, un grupo de decadentes. Como no se metían con nadie, los dejaban en paz. Contaban con la protección del Rey Pescador: la ciudad estaba en sus dominios. El Caballero Pardo se dirigió aquí por dos razones. La primera es obvia: aquí sabía que podía encontrar ayuda. No militar, desde luego, pero sí alguien que le curara de sus heridas. La segunda era que la Ciudad de Cristal tenía un acceso a Este Lado que no estaba ligado a un lugar concreto, sino que cambiaba con el tiempo de manera aleatoria. Así esperaba huir de sus perseguidores y, si tenía suerte, salir cerca de su objetivo. Si tenía mala suerte, lo sabía, podía aparecer en las Orcadas.

Por cosas del Destino estaban en la Ciudad de Cristal los Guardianes del Grial. Yaltaka, Pírixis y lord Éctor estaban de viaje cuando vieron algo en verdad sorprendente: en un río que conocían bien ahora había una pequeña isla unida con la orilla por una enorme espada a modo de puente. Llevado por la curiosidad, Yaltaka (creo recordar, se admiten correcciones) cruzó por la espada, momento en el que la corriente del río se volvió tranquila, permitiendo vadearlo al resto del grupo. La isla era pequeña y en su centro encontraron una tumba de mármol con los nombres y escudos de los hermanos Balin, el Caballero de las Dos Espadas, y Balan. Lo más extraño es que la otra orilla que veían desde la isla no era la misma otra orilla que veían antes de cruzar por la espada: donde antes había un bosque frondoso ahora había una llanura parda y reseca y, a lo lejos, vieron brillar las agujas de cristal de la Ciudad de Cristal. Intrigados, cruzaron el río, entrando así en el Otro Lado, y se dirigieron a la ciudad, donde fueron acogidos con gran regocijo por sus habitantes, quienes organizaron rápidamente (como si hicieran falta excusas) un banquete en su honor, durante el cual les contaron la triste historia de la muerte de Balin y Balan.

Estaban en mitad del banquete cuando se presentó herido y exhausto el Caballero Pardo. Fue rápidamente atendido y, apenas hubo recuperado el aliento, les puso al corriente de lo que ocurría. Los Guardianes del Grial se dieron cuenta de la gravedad de la situación y de lo que se les venía encima: un simple vistazo a las caras preocupadas y asustadas de los habitantes de la ciudad les dejó bien claro que los únicos capaces de hacer algo eran ellos mismos. Quedaron con el Caballero Pardo en que, en cuanto se recuperase lo suficiente como para cabalgar, partiría en busca de ayuda. Mientras, ellos se llegarían al Castillo del Gozo, a ver qué podían hacer.

Partieron al amanecer, siguiendo las instrucciones que les había dado el Caballero Pardo. Tuvieron que seguir la senda de la caballerosidad, un extraño camino lleno de pruebas a las que se enfrentaron con mejor o peor fortuna, que les hizo separarse en distintos momentos y que les entretuvo más de lo que esperaban. Finalmente, cansados y casi sin provisiones (en los Yermos nada crece y nada vive, pero lord Éctor siempre se las apañaba para encontrar algún conejo para la cena) llegaron al castillo del Rey Pescador.

Subieron a una colina cercana para observar el campo antes de aventurarse. Todas las esperanzas que tuvieran de poder solucionar el problema rápidamente se esfumaron sin remedio: junto al pabellón de Klingsor vieron los estandartes de Balor, rey de los fomorianos. En el campamento de los atacantes se movían igualmente algunos fomorianos y grandes trolls sajones. El asedio había comenzado. El foso había sido rellenado y una gran cantidad de pequeños y deformes enanos ruidosos (Aquellos que se arrastran y roen, libro básico) levantaban una rampa y cavaban trincheras. Más allá se veía la entrada a un túnel, una zapa en construcción para derribar la muralla del castillo. En un lateral del campamento tomaba forma una gran torre de asedio.

Con todo, era mucho castillo para tan poca gente y, con las trincheras sin terminar, no parecía difícil llegar a las puertas, así que los Guardianes y lord Éctor se armaron, picaron espuelas y, tras dispersar a los pocos enemigos que encontraron, se plantaron ante las grandes puertas antes de que los asaltantes tuvieran tiempo de tocar a rebato. Los del castillo, por su parte, en cuanto reconocieron a quienes venían, retiraron a los ashim que cerraban las puertas y les franquearon el paso. En el patio fueron recibidos por la dama Brisen, quien les dio la bienvenida en nombre de su señor, ordenó que se ocupasen de sus monturas y les acompañó a unos aposentos donde pudieron asearse y descansar un poco antes de ser recibidos por el Rey Pescador.

N. del A.: la senda de la caballerosidad fue lo más complicado de adaptar de toda la Aventura del Castillo del Gozo. En ella los caballeros jugadores se enfrentan a una serie de pruebas contra varios rasgos de personalidad. Sin embargo, en nephilim no hay nada parecido a los Rasgos de personalidad de Pendragón. Después de mucho pensarlo, reduje el número de las pruebas (y algunas las cambié) y cambié la forma de pasarlas o, mejor dicho, de no pasarlas. En la aventura original, si una prueba no se pasa, el caballero (o caballeros) se pierden y después de unos días vuelven a enfrentarse a la misma prueba. Yo lo que hice fue definir un número de pruebas a pasar (creo que tres) y, si no se pasaba una, se enfrentaban a otra. A la hora de decidir si los personajes pasaban cada prueba o no, a Éctor (pnj) le asigné un porcentaje y para los pjs decidí basarme en la interpretación. No recuerdo ya cuáles fueron estas pruebas y sus resultados, aunque si no me equivoco, en la de la Valentía, cuando los personajes están cruzando un estrecho cañón se produce un derrumbamiento. Aquí (creo) Pírixis picó espuelas y cruzó el desfiladero (pasó la prueba), Éctor retrocedió prudentemente (no la pasó) y Yaltaka quedó paralizado sin saber qué hacer (falló estrepitosamente, además de ser arrollado por la avalancha; no murió porque no era un ataque físico, sino una prueba de carácter, que si no…).

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3 comentarios para “Arturo – La aventura del Castillo del Gozo I

  1. Pobrecito Klingsor, no sabe lo que le espera.

    Bueno, el resto tampoco, que menuda excursión me tocó después.

  2. Me parece que sí, que fui yo quien cruzó la espada, para variar. En fin, ya sabes que mis dados y yo no nos llevamos bien, ahora no paran de salir 20 en Pendragón, especialmente cuando se trata de las pasiones, y en esa época sacaría un 99-100 seguro en el paso por el desfiladero de las narices… Ay, que bueno recuerdos, que personaje más entrañable, jejejeje.

  3. Me había olvidado de contestar a este comentario. Lo que pasó realmente con Yaltaka en el desfiladero es que su jugadora se decidía, así que con la indecisión le cayó encima la montaña.
    Me encanta presionar a los jugadores con lo de “¿Qué haces? ¿QUÉ haces? ¡Ya, ya, YA!. Tarde”.

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