Sakura — La noche de los cuchillos

El crudo invierno afectó tanto a la salud de la señora Nao que se temió por su vida y la de su no nacido hijo. Mandaron buscar a médicos a Aimi y también se presentaron de la corte Asakura, con el onmyoji Araya Souren a la cabeza, escoltados por Maruyama Yoshitaka y un destacamento de samuráis Asakura. Los esfuerzos obtuvieron su fruto: la señora Nao dio a luz a un bebé, prematuro pero sano, y ambos salvaron sus vidas.

Corría el mes de febrero, tiempo de preparar el tradicional viaje a Aimi. Con Nao convaleciente y el pequeño Taro con pocos días de vida, todo parecía indicar que la joven Reiko sería quien cumpliera con los deberes para con la casa de su madre.

Hosoda Genji esperaba con ganas que así fuera: no veía a su prometida desde septiembre. Aquella fría noche estaba de guardia, en la puerta. Sentado junto al brasero, contemplaba la luna a través de los postigos abiertos buscando una paz interior que le rehuía. La imagen de la chiquilla de cara pecosa y melena al viento se le presentaba una y otra vez.

Tan absorto estaba en sus pensamientos que no fue consciente de la llegada de Saki hasta que ella lo llamó por su nombre. Sólo habían pasado unos meses desde que se unió a su escuadrón en verano y los acompañó a Reiko, Akira, Manobu y a él en la aventura del santuario profanado. Debía haber cumplido ya los diecisiete. Parecía mayor, más reflexiva. Sus movimientos eran más firmes y directos. Si en el viaje a la corte Asakura le recordaba a un polluelo histérico en su primera salida del nido, ahora poseía la serenidad de la rapaz al acecho. Aunque, en ese momento, traslucía una mezcla de perplejidad y preocupación a partes iguales.

—Capitán, ¿por qué los Asakura guardan el patio interior hoy?

—¿Está el capitán Okuzaki de guardia esta noche? Creí que no se despegaba de la señora Nao.

—No, no hablo de él o los suyos. Son los que llegaron con el onmyoji y los médicos.

Aquello sacó a Hosoda de sus ensoñaciones. ¿Extraños guardando la torre del señor? ¿Quién había repartido los turnos de guardia?

—Quedas al mando, Saki. Voy a ver qué ocurre.

Hosoda tomó su katana y abandonó las defensas de la puerta; cruzó el patio de armas, rodeó los muros intermedios y se plantó frente a la puerta que daba al patio de armas superior. Allí llamó a los guardias y les conminó a abrirle la puerta.

—Las puertas están cerradas hasta el alba; ésas son las órdenes —le contestaron—. El señor Ishikawa está reunido con sus consejeros y no desea ser molestado.

—¡Abrid! Soy Hosoda Genji, comandante de caballería, y no he sido convocado a ninguna reunión.

—Entonces no sois tan importante como creéis —Un coro de risas siguieron a las palabras del samurái.

—¡Maldito insolente! ¡Id en busca del capitán Okuzaki! Él resolverá está situación. ¡Ahora!

El tono de Genji no dejó lugar a réplica. Tal seguridad en sí mismo minaron la del jefe de guardia, que envió a uno de sus hombres en busca de Okuzaki. Genji, entre tanto, apenas podía controlar su nerviosismo. ¿Una reunión de oficiales? ¿Qué locura era esa? No le habían dicho nada, el hatamoto había partido esa misma mañana y tampoco estaba en el castillo el señor Goto. ¿Quiénes quedaban? Saiki el chambelán, Nakamura Ken, Namikawa y Komura. Y también Junichi, el onmyoji. Y el señor Shingen. Con él presente no había riesgo de que los Asakura intentaran alguna jugarreta extraña, era la mejor espada del sur de Lannet.

 

Una irrefrenable rabia, unas terribles ganas de matar despertaron a Reiko. Sentía el regusto de la sangre en la boca. Del piso de abajo llegaban voces subidas de tono. Una discusión. Era raro, a esas horas ya debían estar todos acostados. Espoleada por la vívida impresión que la había despertado, se levantó, salió del cuarto (el que había sido de su abuelo, en la penúltima planta de la torre, bajo los aposentos del señor y la señora) y bajó al piso inferior. Sentía tal urgencia que no pensó en despertar a Nobi, que dormía en la antecámara.

En las escaleras oyó ruido de sables y gritos. Bajó los escalones que le quedaban de un salto. Tenía mucho miedo.

Se veía luz a través de los paneles del salón. Había dos samuráis de guardia flanqueando la puerta. No habían reaccionado aún a los ruidos del interior cuando ya Reiko estaba entre ellos. La puerta se abrió de golpe. El gigantesco Nakamura Ken llenó su hueco. Llevaba un fardo en brazos y estuvo a punto de tropezar con Reiko. Al verla, saltó a un lado, protegiendo el bulto.

—¡Proteged al heredero! —gritó a los samuráis de la puerta.

Aquellas palabras fueron un duro golpe para Reiko. Trastabilló, apartó a uno de los samuráis de un manotazo y miró al salón. El grito se le escapó sin control.

El señor Ishikawa Hideo estaba tendido en un charco de sangre, a un paso de su asiento. Junto a él, uno de sus samuráis de escolta. Al otro lado, más cerca de la puerta, el señor Maruyama, igualmente muerto, con Yukikaze a su lado. Okuzaki Akira empuñaba su nagamaki y cogía del brazo a la señora Nao, aún sentada. Uno de sus samuráis, al otro lado de la señora, intentaba levantarse. Junto a él, el onmyoji Araya Souren buscaba algo entre sus ropajes. Al otro lado de la estancia, Saiki, Namikawa y Komura estaban de pie con los wakizashis desenvainados. Y, en medio de todos, con la katana ensangrentada, su tío Shingen.

A su grito, giró la cabeza hacia ella. Al verla, su rostro perdió la mueca de ira y volvió a ser la máscara impasible de siempre. Sus ojos traslucían una honda tristeza. De una finta alejó a Komura y, con el mismo movimiento, tiro uno de los braseros para provocar un incendio.

Reiko apenas se dio cuenta de esto. Avanzaba como sonámbula, con ojos sólo para el cuerpo de su padre. Saiki intentó agarrarla y le arrancó la manga del yukata. Ella resbaló en la sangre y cayó junto a Maruyama. Se apoyó en Yukikaze para levantarse. Al verla con una katana, Saiki retrocedió. Shingen aprovechó el momento para hacer caer un lienzo —el trabajo de un maestro calígrafo— sobre el brasero. Reiko vio, como en un sueño, como su tío aprovechaba la llamarada que lo ocultaba de los demás para escapar a través de una trampilla secreta. Los consejeros gritaban “¡traidor!”. También “¡traidora!” y “¡asesina!”. Junichi seguía sin moverse; Araya recitaba un ensalmo y hacía aspavientos con las manos; Akira arrastraba a la señora Nao, salpicada de sangre y que no reaccionaba; su compañero habría hueco a través de los paneles de papel de arroz del fondo para sacarla.

Saiki volvió a sujetar a Reiko. La muchacha se revolvió como pudo. Yukikaze trazó círculos erráticos. Los oficiales de su padre, los hombres que la habían criado y entrenado, la gritaban y amenazaban con sus armas. El pánico se impuso. Echó a correr. Salió del salón, arrollando al samurái de la puerta, subió medio corriendo, medio a gatas, las escaleras hasta la falsa seguridad de su habitación. Nobi estaba levantada, despierta por los gritos. Acababa de comprobar la ausencia de su señora y ahora la veía entrar, con el yukata roto y abierto, cubierta de sangre ajena, con Yukikaze en la mano.

No hizo preguntas: el griterío que venía de abajo era suficiente respuesta. Sacó del armario un petate. Lanzó la escala que había permitido a Reiko salir del castillo tantas noches durante el año para reunirse con su prima Tsuki. Saiki entró en la habitación.

—¡Entrega a la traidora!

Nobi le colocó el petate a Reiko y le dio un suave empujón hacia la ventana. Luego, desenvainó el tanto y salió al encuentro de su mentor. Con movimientos muy medidos, sin desperdiciar aliento en palabras. Sin atreverse a mirar cómo Reiko abandonaba la torre.

Reiko apenas fue consciente de la bajada. Las lágrimas casi no le dejaban ver y apenas conseguía agarrase a la escala con unas manos y con unos pies que se negaban a obedecerla. Resbaló, perdió pie, se le cayó Yukikaze, quedó colgando, chocó contra el muro, tiró tejas y estuvo a punto de despeñarse tres o cuatro veces. Apenas llegó al suelo, recogió la katana y echó a correr hacia el pueblo. La noche era fría, pero el tanto de Minako-hime que siempre llevaba consigo la protegía.

 

Okuzaki Akira no bajó a la puerta, pero el espectáculo atrajo a varios compañeros de Hosoda, samuráis de guardia y algunos trasnochadores. Todos escucharon los gritos, ininteligibles, que venían del torreón y vieron el reflejo de las llamadas. Todos gritaron a los samuráis Asakura que abrieran las puertas. Como no reaccionaban, Hosoda tomó carrerilla y trepó, saltando de lado a lado del rincón formado por la puerta y el muro. Al ver semejante proeza, los samuráis Asakura no tuvieron presencia de ánimo para hacerle frente y le permitieron abrir la puerta. En cuanto hubo retirado la tranca y sin esperar a sus compañeros, corrió hacia la torre del homenaje.

Dentro era el caos. Criados y samuráis de la casa y de Asakura corriendo, formando una cadena de cubos hacia las estancias superiores; otros, tirados por el suelo, llorando y gritando; Nakamura Ken con un bebé en brazos y el rostro congestionado de ira. Genji corrió escaleras arriba, hasta el salón. Vio los esfuerzos por apagar el fuego que había prendido en los tatamis, el cuerpo de su señor y el de Maruyama, los oficiales y consejeros dándose gritos, agitando sus armas y forzando lo que parecía una trampilla oculta. La señora Nao estaba en brazos de uno de sus hombres, inconsciente. Akira los protegía a ambos, nagamaki en mano.

—Okuzaki, ¿qué ha ocurrido?

La samurái volvió la cabeza al ser llamada. Su mirada fue del samurái hacia las escaleras.

—Hosoda-san —articuló cuidadosamente—, tu sitio no está aquí.

Genji entendió el mensaje y subió a las habitaciones de Reiko. Se tropezó con Saiki, el chambelán, que se agarraba el brazo herido. La habitación estaba vacía, ni rastro de Reiko ni de Nobi.

Volvió a bajar. En el piso inferior encontró a Saiki, con una criada vendándole el brazo, Nakamura y Komura. Discutían entre ellos. Esta vez, Saiki reparó en él y lo llamó para darle órdenes:

—Shingen y esa bruja traidora han asesinado al señor Hideo. ¡Hay que enviar hombres en su busca!

Hosoda no fue consciente de recorrer el camino entre el torreón y el patio de armas bajo, pero cuando llegó había tomado su decisión. Convocó a los hombres que tenía disponibles y les contó lo sucedido:

—El señor Hideo ha muerto. Dicen que lo ha matado el señor Shingen. Dicen también que, de alguna manera, la señorita Reiko está involucrada. Ambos han salido del castillo. Hay que encontrarlos. Id hacia la salida del valle, hacia el Tercer Castillo. Si encontráis a la señorita Reiko, traedla de vuelta. Si dais con el señor Shingen, seguidlo, pero no intentéis luchar con él. ¡En marcha!

Reparó en Saki. La muchacha lo miraba con los ojos muy abiertos. Se veía que quería decir algo o protestar. La llamó:

—Saki, prepara mi caballo y el tuyo. Nosotros iremos por el camino de poniente.

¡Bendita muchacha! En el tiempo en que él se ponía la armadura y tomaba sus armas, ella tenía los caballos ensillados, con carcajs adicionales, provisiones para un par de días y buenas mantas.

Partieron casi a la vez que el grupo principal. Un grupo de buenos jinetes y rastreadores, casi todos de su escuadrón. Pero jóvenes, con un temor reverencial hacia Shingen y más cercanos a Reiko que a su padre. Se les veía muy afectados por la noticia. Sin un líder fuerte, titubearía y cometerían errores. Hosoda musitó una disculpa a sus padres y madres por si alguno no volvía.

Al llegar al pueblo, Saki y él cruzaron el puente y se dirigieron al Templo del Crepúsculo. Hosoda tenía el convencimiento de que estaría allí. Su corazonada probó ser cierta: a la tenue luz de la luna vieron una figura que se alejaba del templo. Era Reiko.

 

Al abandonar el castillo, Ishikawa Reiko corrió al único lugar donde podía encontrar refugio: el Templo del Crepúsculo, junto a su prima Tsuki. La llamó mentalmente, despertándola, para que la estuviese esperando y le facilitara la entrada. Ya en su celda, le contó todo lo ocurrido. Lloró y gritó mientras lloraba. Las lágrimas se llevaron su desesperación y su pena y dejaron su corazón duro y frío como el diamante.

—¿Qué vas a hacer? —le preguntó Tsuki, una vez ambas se hubieron calmado.

—Tengo el petate de Nobi: aquí hay ropa y maquillaje y algo de dinero. Me voy a vestir y huiré hacia Aimi. Iré por el camino del oeste. Fui la primavera pasada y me lo conozco bien. Y hay varios sitios donde puedo conseguir refugio y comida. ¿Y tú? ¿Vienes conmigo? Aquí corres peligro, eres hija de Shingen.

—No pueden hacerme nada. Soy sacerdotisa del espejo. Hablaré, no obstante, con el sacerdote para que me envíen al Santuario del Espejo. Espera aquí, voy a la cocina a buscarte algo de comida.

 

Así se encontraron Hosoda y Saki con Reiko cuando esta, mal disfrazada, abandonaba el templo. Al verla, Genji maniobró con su montura para ponerse entre las dos jóvenes.

—Soy leal a Ishikawa Reiko y estaré con ella para protegerla hasta el fin de mis días. Responde, Saki, ¿qué vas a hacer?

La muchacha no titubeó.

—Ishikawa Reiko es mi señora y Hosoda Genji, mi superior. Estuve con vosotros en el santuario de Minako-hime. Vi a la kitsune de las nieves y oí la promesa de Reiko. Sé que lo que he oído en el castillo son mentiras. Iré con vosotros y os seré leal hasta la muerte.

Y así, en aquella fría noche de finales del invierno, Ishikawa Reiko abandonaba las tierras de sus antepasados, acusada de conspirar en el asesinato de su padre a manos de su tío. La noche en que su hermanastro recién nacido fue nombrado heredero.

Sakura, un cuento de Lannet, 1×09. Con Hosoda Genji (Menxar) e Ishikawa Reiko (Charlie).

Y así termina el primer arco de la campaña. O, visto de otra manera, su prólogo.

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