Arturo – Yaltaka, luces y sombras

510-517

Aquellos años fueron los años dorados de Yaltaka en la época de Arturo. En lo bueno y en lo malo, no puede decir que se aburriera. Como rey de Rydychan fue una pieza clave en las aspiraciones de Arturo, un apoyo desde el principio. Debemos tener en cuenta que Arturo prácticamente se crió en su casa (los veranos él y Cai, lo mismo que los hijos de otros señores y caballeros locales, los pasaban en Oxford con sus hijos, estableciendo lazos de amistad y lealtad) y que Arturo honró desde el principio al señor feudal de su padre adoptivo, pues Tor y Cuall, los dos hijos mayores de Uisnach Yaltaka, fueron capitanes suyos desde el principio: Tor se distinguió en todas las campañas, mientras que Cuall, varios años menor, fue el escudero de Bedwyr, el campeón de Arturo, hasta la batalla de Terrabil, donde fue nombrado caballero.

El apoyo de Uisnach Yaltaka a Arturo es difícilmente cuantificable. Él, Madog y Ulfius apoyaron al muchacho desde el principio, y con ello arrastraron a vasallos y señores vecinos: Hertford, Tribuit, Salisbury, Lambor… Este apoyo trajo a Yaltaka muchos quebraderos de cabeza, pero también muchas satisfacciones. Como rey de un reino humano, le trajo riquezas (aunque al principio fuera una ruina) e influencias. Como padre, vio a sus hijos ser uña y carne con el futuro Alto Rey. Como guerrero, disfrutó de todas y cada una de las campañas de esta época, encontrando que acuchillar humanos era un pasatiempo magnífico y muy agradecido. Como nephilim del Emperador, pudo estar en el centro de todo y sacar partido.

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Cuentos viejos: la furia de los dioses

Si de verdad existen los dioses (en el número que sea, según el mundo), no los enfadéis, que su cólera es terrible. Y si estáis seguro de que existen, ¡por todos ellos!, no matéis y violéis (por ese orden) a una muchacha sobre el altar de un templo de un dios del Bien. Y luego, ¡maldita sea!, no consagréis el dichoso templo a Khorne.

Que cuando la tierra empieza a temblar, el cielo se oscurece y todo eso, el resto también tenemos que correr. Y comerse un marrón que no te corresponde no le gusta a nadie.

Cuentos viejos: la beca de estudios

Éramos malos, malos, malos y era en Warhammer. Un grupo de lo más variopinto, que incluía un par de elfos oscuros, un viejo enano del caos, algún guerrero del caos, algún humano y un largo viaje por delante: cruzar el Viejo Continente de este a oeste. Estábamos pensando cómo obtener fondos para semejante viaje (¿buscar trabajitos por el camino? ¿Ofrecernos como mercenarios y escolta a alguna caravana?) cuando caímos en la cuenta de que la posada donde estábamos hospedados era una señora posada y la familia que la regentaba, sin duda alguna, adinerada.

Entonces, surgió un perverso plan (para eso éramos los malos).

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Arturo – Dux Artorius

511-517

510 fue sólo el principio, un año de guerras que sirvió de prólogo a una década de guerras. Primero, la rebelión de los señores britanos: año tras año, campaña tras campaña, ora en territorio de Arturo y sus aliados, ora en los feudos rivales. Con el paso de los años y las victorias más y más señores dieron su apoyo al joven duque. Sin embargo, en 511 y 512 si no hubiera sido por la ayuda que cada primavera ofrecía Bors, jefe guerrero del rey Ban, todo habría acabado antes de empezar. El jovial Bors hizo de puente entre los mayores (Uisnach Yaltaka, Ector, Ulfius y Brastias) y los jóvenes (Bedwyr, Cai, Tor ap Uisnach, el propio Arturo) y sus mano a mano con Uisnach y Bedwyr fueron famosos, para terror de Cai, que veía desaparecer las reservas de cerveza ante sus ojos.

El propio ejército de Arturo creció rápidamente: un grupo entusiasta de jóvenes, hijos segundones sin futuro en su mayoría, que se fueron sumando a la causa del muchacho atraídos por la posibilidad de labrarse un nombre y fortuna. Mal equipados, con escasez de armaduras y caballos, sin experiencia real, pero arrastrados por el arrojo del joven duque, pronto se curtieron en la batalla, llenaron las armerías con los despojos de la batalla, consiguieron caballos como pago de rescates. Y, bueno, durante los largos inviernos también fueron entrenados duramente por lord Brastias, al que cariñosamente y a sus espaldas apodaban «el Torturador», «el Sádico» (otros motes no han llegado hasta nosotros porque, a esas alturas, los chavales estaban echando las tripas).

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Cuentos viejos: niños en las alcantarillas

Ya cerca del final de la campaña de Mutant Chronicles la ciudad era el caos (se supone que los héroes salvan la ciudad; nosotros casi nos cargamos el planeta): los muertos se levantaban, del cielo llovía fuego, cosas feas, extrañas y peligrosas iban por las calles destripando y devorando a la gente… Nosotros, prudentemente, nos refugiamos en las alcantarillas. En estas que vemos corredor adelante, en la penumbra, un grupo de niños que avanzan saltando y correteando. Hasta nosotros llegan sus risas, sus chanzas, el sonido de los instrumentos musicales que llevan…

Abrimos fuego.

–¿Cómo? –Preguntó el máster.

–Que abrimos fuego.

–Bueno, pegáis unos cuantos tiros y…

–No, no: rodilla en tierra y fuego automático. Hasta que no se mueva nada.

Cuando nos acercamos a los restos, claro, de niños, nada: eran unos monstruos de grandes colmillos, feos y peligrosos.

Cuentos viejos: con la Iglesia hemos topado

Mutant Chronicles (la misma campaña, ambientada en Venus). No me acuerdo exactamente dónde estábamos (en las alcantarillas, creo, en algún lugar que no debería existir, puertas que no deben ser abiertas). Todos con los nervios a flor de piel. Y en estas que va el máster y nos dice: Sentís una presencia como no habéis sentido nunca.

¿Qué hicimos? Abrir fuego. Repartir plomo. Por si acaso. Que seguro era un bicho raro, grande y feo. Lo siguiente que oímos es como alguien grita:

–¡Eminencia, al suelo!

Una de tantas meteduras de pata que hicieron que el Fixer se saltara las clases para vernos jugar.

Cuentos viejos: los bandidos del Bosque Salvaje

Ocho o diez bandidos emboscados a ambos lados de un camino que cruza el Bosque Salvaje, en la Britania de Arturo. Hambrientos, mal equipados, no muy hábiles en combate (si lo fueran se ganarían la vida como mercenarios) esperando una presa fácil: un orondo mercader, un grupo de campesinos camino de alguna feria o torneo…

Lo primero que ves es un caballero ricamente vestido. Muy ricamente vestido, para ser caballero. Empieza bien el día. Lo siguiente que ves es el escudo, y hay que ser muy idiota o haber vivido 10 años en una isla desierta para no reconocer el de lord Uisnach Yaltaka, señor de estas tierras y quien mató a un dragón a base de hostias (de frente, nada de trampas ni cosas raras). Empieza a torcerse el día.

Lo siguiente que ves es a un tipo grande y bien parecido que lleva, en el caballo de carga, una espada enorme y un arpa. 10 a 1 a que es lord Ector, su campeón y bardo. El día ya se ha torcido.

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Arturo – La Isla de los Monstruos

511

El khaiba no era considerado en las islas una degeneración o una maldición, sino un destino normal para un nephilim. El peculiar clima mágico del que ya hemos hablado hacía imposible la narcosis, esto es, que un nephilim sin simulacro se enquistase e hibernase: en el Otro Lado un nephilim tenía presencia física sin necesidad de simulacro, y en Este Lado era casi imposible no encontrar alguna corriente de Ka lo suficientemente poderosa como para moverse por ella hasta encontrar otro simulacro o un paso al Otro Lado. Además, desde el Pacto Celta las estasis y la lucha contra sociedades secretas pertenecían al pasado, así que para un nephilim de las islas su destino era el Agartha o el Khaiba. O la muerte, claro.

Eso no significa que los khaibas tuvieran un trato especial o preferente, más allá del hecho de que han sido nephilim y un destino que puede ser el nuestro en unos siglos. Si el khaiba era inofensivo, se le dejaba a su aire. Si le conocías, igual le cuidabas. Si mantenía raciocinio, a lo mejor le invitabas a tomar el té. Si se convertía en una mala bestia sedienta de sangre, se le deba caza, como si de un efecto-dragón salvaje se tratara. En general, aquellos que mantenían (suficiente) capacidad racional formaban comunidades propias, alejadas de los nephilim y humanos. En Irlanda se les conoce desde antiguo como fomorianos. Parece que los primeros fomorianos provenían de los kaïm y habitaban la isla antes de la llegada de kaïm y nephilim, pero me estoy saliendo del tema. De los fomorianos, ya hablaré en otra ocasión (si tengo tiempo).

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El viejo y el tanque

Un viejo veterano de la Gran Guerra Patriótica (la Segunda Mundial, vamos) se reencuentra con su tanque, el tanque que llevó en la guerra, el tanque que le mantuvo vivo, convertido en monumento. Un momento conmovedor que puede verse aquí.

Necesito otro pañuelo.