Lord Éctor pertenecía a una familia noble britano-romana, aunque lo único que se conoce de esta es la espada familiar, un gran mandoble con gemas y un escudo indescifrable en el puño que siempre llevaba consigo. Tenía educación militar, y era un fuera de serie con la espada y con la lanza. Sin embargo, cuando aparece en esta historia, no tenía ni tierras ni señor, sino que era un bardo vagabundo. Un bardo con un caballo de carga que, además del arpa, llevaba una cota de mallas, dos espadas, escudo, lanzas, un hacha y varias jabalinas, pero un bardo con todas las de la ley. Pertenecía a una de las múltiples sociedades iniciáticas celtas que pululaban por Britania, que los nephilim británicos usaban como cantera de simulacros y como agentes. Tenía un ka-sol muy desarrollado y su entrenamiento le permitía percibir a los nephilim y a los efectos-dragón. Era de carácter franco, abierta sonrisa, buen conversador pero discreto. Llevaba años recorriendo la isla y era conocido en todas partes, así que no resulta extraño que Merlin recurriera a él como guía de los recién despertados Guardianes del Grial cuando el asesinato de Aurelio le trastocó sus planes.
Y Éctor cumplió, desde luego. Fue un guía de fiar, les llevaba a dónde ellos querían sin preguntar y luchaba cuando tocaba. Los Guardianes se acostumbraron a tenerle al lado, explicándoles las costumbres de las gentes, la historia de los pueblos que cruzaban, amenizando la noche con leyendas acompañadas de la suave música del arpa. Se acostumbraron también a dejarle atrás, al cuidado de los caballos; verle clavar la enorme espada de la familia en el suelo y sentarse apoyando la espalda en ella. Y se acostumbraron aún más a volver, heridos, cansados y sin aliento y verlo, sentado con la espalda contra la espada y con un cálido fuego en el que se asaban alegremente unos conejos a su lado.
Continuar leyendo