El coche de alquiler traqueteaba por el camino de la costa. En Chaville, el calor era húmedo y pegajoso, como en todos sus veranos, pero allí la brisa que cruzaba el coche resultaba agradable. Chloé, el fantasma febril y macilento en que se había convertido, dormitaba sobre el brazo de Michel y sonreía, por primera vez en las últimas semanas, como si sintiera que cada bache y cada curva del polvoriento camino le daban la bienvenida.
—Ya estamos cerca —susurró Michel, besándola tiernamente en la mejilla.
La casa de los Carbellac estaba vacía: sin coches aparcados en el patio ni gente en los jardines. Los viernes no había clases ni tertulias, ya que era el día que la familia se tomaba para sí misma. Jacob, el mayordomo, salió a la puerta al entrar el coche en el jardín. Un mozo corrió a sujetar el caballo y un criado, a abrir la portezuela. Al ver a los pasajeros, ahogó un grito que hizo acercarse a Jacob.
—¡Buen Dios! ¡La señorita!
Jacob y Michel ayudaron a Chloé a entrar en la casa, mientras los criados descargaban el coche y le proporcionaban un refresco al caballo y al cochero.


