La Gran Caída dejó pocos supervivientes en la Atlántida: habitantes de las ciudades que se salvaron ocultos en refugios, alcantarillas y túneles y que ahora debían sobrevivir al ambiente estéril y contaminado de hormigón y acero de las zonas residenciales y los grandes complejos industriales y militares; y refugiados de las tierras altas, de los otrora pueblos turísticos de las montañas, que habían escapado de la destrucción y quema sistemática de las tierras de cultivo y granjas.
Unos y otros, devueltos al neolítico, diezmados por hambrunas y epidemias, envueltos en una cruel lucha por la supervivencia y por el control de los recursos naturales en el que las armas obtenidas de las ruinas significaron la victoria o la derrota durante décadas.
Los habitantes de las ciudades terminaron abandonándolas, ya fuera buscando algo mejor, ya porque fueran expulsados por grupos mejor armados. Llevaban consigo vestigios de la antigua tecnología, consideradas en apenas dos generaciones algo puramente mágico, y con ello consiguieron imponerse a los grupos de las tierras altas más débiles. Urbanitas de nacimiento, el desconocimiento de la vida en el campo les hizo cazadores y saqueadores, obligando a los grupos de las tierras altas a unirse entre ellos o aliarse con los urbanitas para sobrevivir.
Para el segundo siglo tras la Gran Caída, las ciudades eran ruinas vacías, convertidas en un tabú sagrado que sólo rompían osados saqueadores en busca de fortuna. En las tierras altas, pequeños pueblos fortificados vivían de la caza, el pastoreo, la recolección y el ocasional pillaje. La Arcadia no corrió mejor suerte: quedó deshabitada al volverse los elfos supervivientes a las Grandes Llanuras.