Cuentos viejos: la máscara de soldar

Esto es viejo, viejo: partida de Star Wars usando GURPS del curso 95/96. Ya ha llovido.

El comando rebelde, con un transporte ligero y un caza de escolta, llegan a un planeta perdido de la mano de Dios a recuperar unos datos de una nave que lo ha elegido para estrellarse. Cuando llegamos vemos, todavía desde el aire, a la susodicha nave medio sumergida en un pantano y unos piratas indeseables (es decir, gente que busca lo mismo que nosotros, que no son nosotros y han llegado antes) que la abordan.

El equipo de asalto desciende sobre la nave para reducir a los piratas. A bordo queda el piloto, que va a buscar terreno firme donde posarse y yo, el artillero, como apoyo. El piloto consigue encontrar un cacho de césped donde dejar la nave, coge sus armas y una máscara de soldar. Luego echa a correr como alma que lleva el diablo.

Cuando entramos en la nave, nos encontramos al aprendiz de jedi y al resto del comando a ambos lados de la puerta del puente, mientras desde el mismo los piratas, atrincherados, no dejan de vomitar fuego.

El piloto, sin aflojar el paso (y seguido por un artillero que estaba a punto de echar los higadillos), se calza la máscara, saca la pipa, saca una granada lumínica, la tira dentro del puente, se tira él a continuación y, mientras están todos cegados por el fogonazo, los masacra a discreción. El artillero, que ha visto la jugada, se ha cubierto los ojos, y entra detrás de él, cumpliendo su trabajo de apoyo y pensando que todos los pilotos están locos. El resto de compañeros del comando, cegados, maldicen al piloto. Los piratas, también.

Creo que no es necesario que diga quién era el jugador del piloto.

Hrothgar

Soy Hrothgar, hijo de Höel, hijo de Ragnar.
Hace una vida fui un respetado godi de mi pueblo.
Hace una vida tuve una mujer que me amaba.
Hace una vida tuve dos hijos valerosos y fuertes.
Ahora todos participan en el banquete de los dioses. Todos menos yo.
Soy Hrothgar el vagabundo y ésta es mi historia.

El valle de Nirgal es un largo y profundo valle en el Techo del Mundo, de tierras fértiles donde crece el trigo y la cebada y buenos pastos para el ganado. Un espeso bosque proporciona madera y caza y una profunda laguna que se alimenta del deshielo, abundante pesca. Sólo hay un paso para entrar y salir del valle y está cerrado la mayor parte del año. En las noches más frías del invierno, los lobos bajan al valle a guarecerse de los horrores que caminan allí arriba.

Valgard Hacha-sangrienta vino al valle en tiempos del gran guerrero conocido como Cristo y, desde entonces, el clan Stonedale ha vivido aquí. Una pequeña aldea y un puñado de granjas esparcidas por el valle. Hombres rudos y valerosos, fieles siervos de su rey.
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Thomas Rösner, maestro

Primer fin de Semana Santa y concierto de abono de la Orquesta de Extremadura, octavo ya, y que formaba parte del Festival de Música Sacra de Badajoz. En el Manuel Rojas había un montón de caras nuevas: se ve que mucha gente se había ido de vacaciones, dejando su abono a familiares y amigos.

El concierto empezó con Le Tombeau de Couperin, de Ravel, una pieza, pese a su fúnebre título, alegre, picara y muy bonita. Ravel era un genio usando la orquesta y el sábado, bajo la batuta del maestro Thomas Rösner, la Orquesta estuvo especialmente inspirada. Para mí, de las mejores interpretaciones de la temporada, a la altura del concierto de Turovsky: a la fuerza habitual que tiene esta orquesta unieron un sonido limpio y delicado que les resulta más difícil de conseguir.

Siguió el programa con el estreno de José de Arimatea, un monodrama para actor y orquesta compuesto por José Zárate para este festival y que contaba con el actor irlandés Denis Rafter como actor/narrador. La obra, dividida en siete escenas, recrea diferentes momentos de la Pasión de Cristo, combinando música y actuación de forma acertada. La obra da, sin embargo, impresión de estar a medio acabar. Tiene momentos muy buenos (la flagelación pone los pelos de punta, la muerte de Jesús en la cruz), otros buenos (los solos de violín y viola) y otros francamente mejorables (el abuso de los estridentes solos de viento, la total falta de garra de la última escena). La orquesta, la sencilla pero muy expresiva puesta en escena, el trabajo de Denis Rafter y la batuta de Rösner suplieron los fallos de la obra.

Para la segunda parte teníamos el Requiem de Fauré, con el Coro Fundación Orquesta de Extremadura, la soprano Elena de la Merced y el barítono Stephan Genz (quien, por cierto, podría sentarse mejor). Obra delicada y hermosa que, desgraciadamente, no pude disfrutarla como se merece (y como la tocaron). Mi congestión brutal volvió a la carga, dejándome con un persistente pitido de oídos y medio asfixiado, intentando no toser para no molestar (y no respirar mucho para no toser). Súmese a esto el tísico compulsivo de la fila de atrás, que estuvo especialmente ruidoso esta noche (a su edad y que nadie le haya enseñado a cubrirse con la mano al toser), dos móviles, sí, DOS, el primero de los cuales hizo parar en seco a Thomas Rösner (dice mucho de la profesionalidad de todos que siguieran como si nada) y un follón que se montó en la puerta de la derecha (la izquierda si se mira desde el escenario) a cargo de un hombre de mediana edad, alto, moreno y vestido con un jersey claro. Es una pena que el maestro Rösner se lleve tan mala impresión de Badajoz y su público. Espero de corazón que en Cáceres, el viernes, fueran más civilizados.

Cuentos viejos: el sacerdote

Ocurrió que un día (seguimos hablando de Warhammer) un compañero nuestro llegó en compañía de un clérigo de algún dios del Bien, quien nos saludó muy efusivamente. Al poco, nos enteramos de que el susodicho clérigo venía de un área asolada por una peste y podía estar infectado, así que, algo cabreados, le abrimos la cabeza de un hachazo (no sé si fui yo, pero es muy posible).

Ya nos dábamos la vuelta, olvidado tan desagradable incidente (haber podido pillar la peste) cuando nuestro mago, a la sazón un demonólogo del copón, cayó en la cuenta de que las vísceras de un clérigo del bien son ingrediente indispensable de múltiples conjuros bonitos. Así que tuvimos que esperar, algo alejados, eso sí, a que el mago sacara los botes de cristal, el formol, los guantes, sierra, bisturí, etc. e hiciera una disección al pobre hombre.

Nota: no logro recordar si conseguimos llevárnoslo antes de que hiciera la autopsia o si, efectivamente, se hizo de los ingredientes: corazón, hígado, mano…

Aturo – La aventura del Castillo del Gozo, prólogo

La aventura del Castillo del Gozo es la aventura más larga y desarrollada que trae El joven Arturo y el más moderno La gran campaña de Pendragón. Cuando desarrollé esta época, El joven Arturo fue fuente básica de aventuras, mapas, nombres y fechas (aunque la influencia principal fue tanto el ciclo Pendragón de Lawhead como la película Excalibur). Desde el principio quise jugar esa gran aventura en la campaña de Nephilim. La adaptación de Pendragón a Nephilim fue fácil (Nephilim es muy agradecido a ese respecto): decidir quién era nephilim, quién humano, qué khaiba, qué efecto-dragón y adaptar o rehacer los datos de los personajes. La aventura del Castillo del Gozo gira en torno a un enfrentamiento directo entre el Rey Pescador y Klingsor, enfrentamiento que, extendido y enriquecido, fue el fondo de gran parte de mi campaña, tal y como hemos visto. La aventura del Castillo del Gozo está pensada para extenderse un año, mientras los personajes jugadores van de acá para allá, invernan, se preparan… Sin embargo, tanto tiempo era imposible en Arturo: un invierno de preparativos llevaría a una guerra abierta entre nephilim de mucha mayor escala de la que quería tener, así que hubo que comprimirla en unos pocos meses, en algún caso concreto quedando poco realista algún tiempo de viaje. En Madrid la campaña acabó en mitad de esta aventura, al acabarse el curso, pero a lo que pasó entonces ya le dedicaré una o dos entradas más adelante.

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Arturo – Yaltaka, luces y sombras

510-517

Aquellos años fueron los años dorados de Yaltaka en la época de Arturo. En lo bueno y en lo malo, no puede decir que se aburriera. Como rey de Rydychan fue una pieza clave en las aspiraciones de Arturo, un apoyo desde el principio. Debemos tener en cuenta que Arturo prácticamente se crió en su casa (los veranos él y Cai, lo mismo que los hijos de otros señores y caballeros locales, los pasaban en Oxford con sus hijos, estableciendo lazos de amistad y lealtad) y que Arturo honró desde el principio al señor feudal de su padre adoptivo, pues Tor y Cuall, los dos hijos mayores de Uisnach Yaltaka, fueron capitanes suyos desde el principio: Tor se distinguió en todas las campañas, mientras que Cuall, varios años menor, fue el escudero de Bedwyr, el campeón de Arturo, hasta la batalla de Terrabil, donde fue nombrado caballero.

El apoyo de Uisnach Yaltaka a Arturo es difícilmente cuantificable. Él, Madog y Ulfius apoyaron al muchacho desde el principio, y con ello arrastraron a vasallos y señores vecinos: Hertford, Tribuit, Salisbury, Lambor… Este apoyo trajo a Yaltaka muchos quebraderos de cabeza, pero también muchas satisfacciones. Como rey de un reino humano, le trajo riquezas (aunque al principio fuera una ruina) e influencias. Como padre, vio a sus hijos ser uña y carne con el futuro Alto Rey. Como guerrero, disfrutó de todas y cada una de las campañas de esta época, encontrando que acuchillar humanos era un pasatiempo magnífico y muy agradecido. Como nephilim del Emperador, pudo estar en el centro de todo y sacar partido.

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Cuentos viejos: la furia de los dioses

Si de verdad existen los dioses (en el número que sea, según el mundo), no los enfadéis, que su cólera es terrible. Y si estáis seguro de que existen, ¡por todos ellos!, no matéis y violéis (por ese orden) a una muchacha sobre el altar de un templo de un dios del Bien. Y luego, ¡maldita sea!, no consagréis el dichoso templo a Khorne.

Que cuando la tierra empieza a temblar, el cielo se oscurece y todo eso, el resto también tenemos que correr. Y comerse un marrón que no te corresponde no le gusta a nadie.

Cuentos viejos: la beca de estudios

Éramos malos, malos, malos y era en Warhammer. Un grupo de lo más variopinto, que incluía un par de elfos oscuros, un viejo enano del caos, algún guerrero del caos, algún humano y un largo viaje por delante: cruzar el Viejo Continente de este a oeste. Estábamos pensando cómo obtener fondos para semejante viaje (¿buscar trabajitos por el camino? ¿Ofrecernos como mercenarios y escolta a alguna caravana?) cuando caímos en la cuenta de que la posada donde estábamos hospedados era una señora posada y la familia que la regentaba, sin duda alguna, adinerada.

Entonces, surgió un perverso plan (para eso éramos los malos).

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Arturo – Dux Artorius

511-517

510 fue sólo el principio, un año de guerras que sirvió de prólogo a una década de guerras. Primero, la rebelión de los señores britanos: año tras año, campaña tras campaña, ora en territorio de Arturo y sus aliados, ora en los feudos rivales. Con el paso de los años y las victorias más y más señores dieron su apoyo al joven duque. Sin embargo, en 511 y 512 si no hubiera sido por la ayuda que cada primavera ofrecía Bors, jefe guerrero del rey Ban, todo habría acabado antes de empezar. El jovial Bors hizo de puente entre los mayores (Uisnach Yaltaka, Ector, Ulfius y Brastias) y los jóvenes (Bedwyr, Cai, Tor ap Uisnach, el propio Arturo) y sus mano a mano con Uisnach y Bedwyr fueron famosos, para terror de Cai, que veía desaparecer las reservas de cerveza ante sus ojos.

El propio ejército de Arturo creció rápidamente: un grupo entusiasta de jóvenes, hijos segundones sin futuro en su mayoría, que se fueron sumando a la causa del muchacho atraídos por la posibilidad de labrarse un nombre y fortuna. Mal equipados, con escasez de armaduras y caballos, sin experiencia real, pero arrastrados por el arrojo del joven duque, pronto se curtieron en la batalla, llenaron las armerías con los despojos de la batalla, consiguieron caballos como pago de rescates. Y, bueno, durante los largos inviernos también fueron entrenados duramente por lord Brastias, al que cariñosamente y a sus espaldas apodaban «el Torturador», «el Sádico» (otros motes no han llegado hasta nosotros porque, a esas alturas, los chavales estaban echando las tripas).

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