Llevo unos días dándole vueltas a la aprobación de la Ley Sinde. No tanto por inesperada como por lo que supone. Oh, vale. Cuando el PP votó inicialmente no, creí durante un momento (unos 15 segundos, más o menos) que se había vuelto un partido democrático. Su hacer posterior me vino a demostrar que mi realismo (algunos lo llaman pesimismo) iba bien encaminado. No sé si queda ya algún partido democrático en España (quizás esos chicos que no van a ninguna parte pero, me pregunto, si se hicieran grandes, ¿seguirían siendo democráticos?).
Cuando se acercó la primera votación de la Ley Sinde hice un símil con una fase de la serie Babylon 5. Esta vez no tengo fuerzas para buscar comparaciones. La realidad que veo me llena de pavor, me atenaza. Cuando los historiadores del futuro quieran explicar las causas de la Primera Guerra Civil española del siglo XXI deberán fijarse en el fatídico cambio de década que vivimos.
Vivimos el fin de la democracia en España, el fin de un sueño optimista que nació tras la muerte de Franco, un sueño que decía «ahora, sí, esta vez, sí». Destruido desde dentro, por una clase política, afín al normal quehacer de la clase dirigente española desde que el mundo es mundo, de buscar sus propios intereses y en donde un sistema democrático es sólo un mal menor, una piedra en el camino que es a la vez oportunidad, una etapa a superar para conseguir su imagen de estado ideal (antes, una restauración monárquica, un glorioso estado socialista o la ausencia teórica de estado, ahora, por lo que veo, una oligarquía de bi-partido único; dictaduras más o menos encubiertas en todo caso).



