Baile de máscaras — La tumba bajo el castillo

Septiembre no acabó aún. Los aguardaba un nuevo viaje al norte, a Astria. Recordemos que los padres de Chloé de Carbellac la habían matriculado en la academia como condición para aceptar su relación con Michel Laffount, tercer hijo del conde de Gévaudan, cuyo futuro económico era… incierto. Corría el 20 de septiembre cuando embarcaban rumbo a Dupois la señora de Carbellac, su hija, su dama de compañía y un cochero. Y, también, Colette Leclair, acompañando a su amiga; los hermanos Lafleur, como escolta, y Michel Laffount y su hermana, Marie, que, por intermediación de Michel y de su madre, también se había matriculado en Astria. La muchacha, prometida a un marino y armador, tenía 16 años, esto es, dos y medio menos que Colette.


El viaje a Dupois lo hicieron en una rápida balandra. Tuvieron un día de descanso en la ciudad, mientras terminaban de preparar el viaje, y Julien y Colette aprovecharon para pasarlo juntos, recorriendo la ciudad, comiendo juntos y luego disfrutando de una velada con conocidos que habían hecho la primavera anterior. A la vuelta, Colette se enteró de que Louis, uno de los hijos del canciller de Dupois, había intentado quedar con ella y Jacques había contestado suplantándola y diciendo que se encontraba indispuesta. Colette se aguantó como pudo las ganas de matar a Jacques y escribió una larga carta de disculpa antes de que el insulto pasara a mayores.

Continuaron viaje en coche. Llevaban dos: la berlina de los Carbellac donde iban las mujeres y un coche de alquiler para los tres jóvenes. Tomaron la posta hasta la última casa de postas, a una jornada al sur de Ourges. Allí dejaron el segundo coche y continuaron con caballos alquilados para el resto del trayecto: cuatro para la berlina y otros cuatro para monta, que usaron los tres jóvenes y también, en varios tramos, Colette y Chloé.

Llegaron a Ourges por la tarde y les costó reconocer el pueblo. Parecía abandonado, con muchas casas con puertas y ventanas tapiadas, y la posada estaba desierta, sin huéspedes. Se lo esperaban, todo sea dicho, pues los habían informado al respecto en la última casa de postas. Las malas noticias viajan rápido y, aunque eran más rumores que historia confirmada, el mal nombre de Ourges se había extendido y hasta los viajeros a Astria, que normalmente paraban en la posada, alargaban la jornada para alcanzar la siguiente.

Los nuevos posaderos, esto es, el matrimonio contratado por Laora y que se había quedado la posada por mediación de nuestros cuatro amigos, les contaron cosas aún más perturbadoras. El asunto del Culto de la Carne traía cola: no era sólo la que ellos habían liado en primavera o la llegada de los militares a principios del verano. Otros aventureros se habían acercado a husmear por Ourges, en especial un aristócrata rubio que se había hospedado allí unos días antes. Y estaban las nuevas bestias que rondaban el bosque, que ya habían causado alguna muerte. Hasta la pequeña Gwenaëlle había desaparecido, un par de días atrás.

¿Gwen desaparecida? ¿Qué me estáis contando?

Pero los posaderos poco más podían decir: entraron Morgaine y ella en el bosque y sólo volvió Morgaine.

Acudieron corriendo a casa de Bel y Joël. Estaban asustados, como el resto de vecinos, y tenían a Morgaine encerrada en casa, para que no se escapara y fuera en busca de Gwen. Hablaron con la muchacha —ojos enrojecidos, voz ronca, arañazos, magulladuras y las manos con moratones de tanto aporrear la puerta de su habitación— y les contó una historia de fantasmas. De cómo Gwen había acudido al castillo a curar a uno de los hombres del Rubio y había vuelto diciendo que había escuchado a una mujer en las ruinas.

Se obsesionó con la voz. Creía que el Rubio tenía secuestrada a su dueña, pero nadie en el pueblo la hacía caso. Nadie salvo Morgaine. Sin saber muy bien cómo, se dejó enredar y terminó guiándola al castillo, con idea de colarse dentro durante la noche. Sólo que no llegaron. Algo las atacó. Algo que Morgaine no pudo ver. Algo terrorífico. Ella volvió al pueblo, con la culpa y los remordimientos. Gwen, no.

No se quedaron de brazos cruzados y decidieron salir de inmediato en su búsqueda. Hasta la señora de Carbellac estuvo de acuerdo. Más complicado fue convencer a los padres de Morgaine de que la dejaran ir con ellos: la necesitaban para que los guiara por el bosque. Partieron poco antes del ocaso: Colette, Jacques, Julien, Michel y Morgaine. Chloé porfió, pero aceptó quedarse atrás y cuidar de Marie y de los hermanos de Gwen. Llevaban unas monturas proporcionadas por los padres de Morgaine y provisiones de emergencia, más sus pistolas y espadas. Con eso se adentraron en el bosque.

A media legua de Ourges se enfrentaron al horror que acechaba al pueblo. Entre aullidos terroríficos, un sabueso descarnado, una visión de pesadilla, atacó a Colette. El fuego en los ojos, el hedor sulfuroso y el horror al descubrir que sólo ella veía a la bestia hicieron que la joven a duras penas pudiera defenderse de sus acometidas. Michel entró rápido. Aun sin verla, sus manos la encontraron y la atraparon. Rodó con la bestia, haciéndose una idea de sus dimensiones y forma, le cogió la cabeza y la estrelló con fuerza una y otra vez contra una piedra hasta que el maldito ser dejó de moverse.

El recuento dio tres sabuesos infernales, que sólo fueron vistos por aquellos a los que atacaron. De alguna forma, lograron acabar con ellos sin sufrir nada más que unos rasguños, que fueron curados con rapidez por Colette, por si las garras y colmillos fueran ponzoñosos.

Alcanzaron el pie del risco del castillo poco después de medianoche. Una espesa y fría niebla reptaba por el suelo, impidiéndoles ver dónde pisaban. Ya les habían advertido en el pueblo sobre esta niebla, que no levantaba en todo el día, y el que les recordara a la niebla de Grausse no contribuía a tranquilizarlos. Decidieron mandar a Jacques y a Michel de avanzada, por ser los que mejor vista tenían.

Se deslizaron por la empinada senda que llevaba al castillo. En el camino encontraron una trampa, una trampa hecha por hombres y para hombres, lo que les hizo extremar las precauciones. Dejaron atrás la niebla y llegaron a las murallas del castillo. Con horror vieron que la niebla brotaba, como si de un manantial se tratase, de una cueva situada bajo los cimientos de la torre del homenaje.

Buscaron entrar en el recinto. El primer intento, por una brecha en la muralla frente a ellos, por donde ya habían entrado en primavera, fue infructuoso: una sencilla y eficaz trampa les cortaba el paso. Rodearon y lo intentaron por la puerta de entrada. Tenía también una trampa, pero era más fácil deslizarse dentro y desmontarla. Así lo hicieron y entraron en el patio, acompañados por el aullido lejano que delataba la presencia de más sabuesos infernales.

El recinto estaba en oscuridad, salvo una luz tras una pared caída. Era la entrada a las mazmorras. Se fueron acercando con cuidado, hasta descubrir a un centinela. Al poco, subió otro hombre y estuvieron hablando, compartiendo un cigarro. El fino oído de Michel le permitió entender casi toda la conversación y así supo que los que allí estaban eran hombres del Rubio, aunque aquél no se encontraba en el castillo; que los sabuesos infernales eran, de alguna forma, cosa suya, para mantener alejados a los lugareños, y que no podían entrar en el recinto; que abajo había algo que les ponía nerviosos y que, lo más importante, tenían a Gwen secuestrada en espera de la vuelta de su jefe.

Abajo en la ladera, Colette, Julien y Morgaine saltaron como un resorte al oír el primer disparo. Subieron tan rápido como pudieron. Alertados por Michel, hicieron saltar la trampa de la brecha y entraron por ahí, uniéndose a la refriega y cogiendo a los del castillo entre dos fuegos. Aquello terminó rápido, con un muerto y dos prisioneros, uno de ellos herido, que encerraron en una de las celdas. En otra encontraron, con contusiones y un poco desnutrida, a Gwen.

Las mazmorras las habían visitado en primavera. Allí era donde los miembros del Culto encerraban a la Bestia y a las víctimas que secuestraban, antes de sacrificarlas. También donde almacenaban sus pertenencias, aquellas que no se repartían entre ellos o vendía Koleta. Además del campamento montado por los tres hombres que acaban de derrotar en la antigua sala de guardia, había algo distinto: una abertura en la pared del pasillo que daba a las celdas. Daba a una cámara inferior que parecía ser anterior al castillo. Según Gwen, el jefe de los malhechores estaba muy interesado en la cámara y habían estado excavándola. Y allí es donde ella oía la voz de una mujer triste.

—Una hermosa voz que habla una hermosa lengua. No sé lo que dice. Está triste; llora; busca a alguien.

Bajaron a la cámara por una tosca escala. Parecía una gruta natural, ampliada con el pico y que, en su momento, se habría extendido por parte de las actuales mazmorras, antes de ser cerrada por un muro. Una pared estaba cubierta por un mapa. Lo reconocieron al instante: una parte estaba grabado a cuchillo bajo la caja de música… y en los restos de una mesa de la casa de los padres de Michel. Registraron de inmediato el campamento de los malhechores en busca de útiles de dibujo y lo copiaron.

Mientras, Jacques y Gwen se sentían atraídos por una losa negra que parecía una puerta de sombra, al fondo de la cámara.

—¿Oyes la voz? —preguntó Gwen—. Está llorando.

Y Jacques asintió, aterrado. Porque la oía. Porque la conocía sin conocerla. Porque entendía lo que decía sin entenderla. Porque lo llamaba. Y habló con ella. Discutió con ella, para pasmo de sus compañeros, que lo veían hablar solo. Alargó la mano izquierda —a su brazo derecho se aferraba Gwen— y rozó la losa. Algo —una mano— lo agarró y tiró de él hacia las tinieblas.

Los demás tardaron unos instantes en darse cuenta de que ambos, Gwen y Jacques, habían desaparecido. Julien fue el primero en acercarse, con Morgaine. Tocó la losa. Tenía aún las manos manchadas de sangre de los enfrentamientos previos. Se los tragó la oscuridad. Colette y Michel, testigos de lo ocurrido, también cruzaron la puerta oscura.

Jacques y Gwen, Julien y Morgaine, Michel. Los cinco aparecieron en distintas partes de un mausoleo que era, a la vez, realidad y pesadilla. Dos tumbas encontraron: la de un hombre y una mujer. Por los adornos y lo que habían visto en el museo del archicanciller, duk’zarist él, sylvain ella. Y se enfrentaron a peligros: bestias desconocidas, sombras que se movían. Y un temblor constante, como si sueño y realidad fueran a fundirse o a hundirse. Y corrieron de un lugar a otro buscando cómo despertar, cómo salir de allí.

Colette había aparecido en una cueva. Un manantial brotaba al fondo, llenando un pequeño estanque y desbordando por un arroyuelo. O eso es lo que debía hacer. Ahora la superficie era gris y desbordaba una niebla fría que salía de la cueva y se desparramaba por el valle. Sí, comprobó la joven asomándose al exterior, era la cueva bajo el castillo.

Buscó a sus compañeros por los alrededores, sin éxito. Luego, llevada por un impulso, sumergió su mano en el estanque. Notó el agua, pero como una fina película, y luego el aire. Y palpó tela. Un sombrero. Metió la cabeza y vio, bajo ella, a sus amigos, reunidos en un pasillo, rodeado de sombras sedientas de vida. Ellos se asombraron tanto de ver la cabeza surgir del techo como ella.

Parecía la única vía de escape. Le pasaron a Gwen, para que la izase, pero chocaba contra el techo. Probaron entonces a darle a Gwen uno de los objetos que habían sacado de las tumbas, un anillo, y así pudo salir. Echó de nuevo el anillo Colette, se lo pasaron a Morgaine y la izó, y así uno a uno fueron saliendo. Julien fue el último. Michel golpeó la superficie gris del estanque con una especie de martillo que había cogido de la tumba sylvain. El estanque se hizo añicos, como un espejo, y la cueva temblaba cada vez más, así que corrieron y se deslizaron por la ladera, rodaron y cayeron, mientras, tras ellos, el castillo y el risco entero se derrumbaban. Cuando paró todo de moverse, se dejaron caer ellos mismos en el suelo, con las piernas temblorosas y el corazón saliéndoseles del pecho. Rieron, lloraron y Colette se abrazó a Julien.

Volvieron a Ourges en silencio, agotados y pensativos. En el camino, los sabuesos infernales que quedaban y que habían oído antes en el castillo, los atacaron. Aunque estaban preparados, fue un combate difícil. Morgaine volvió a ser víctima de una de las bestias y escapó de aquello con un brazo malherido.

Volverían al castillo antes de seguir para Astria, pero de día. No quedaba nada, salvo rocas amontonadas. Ni resto de la cámara, del mapa ni de las tumbas. La única evidencia era lo que se habían traído: la copia del mapa, una daga de obsidiana y un anillo de madera de diseño duk’zarist y dos piolets sylvain. Y todos se preguntaban qué le ocurría a Jacques.

Respecto al Rubio, indagaron por el pueblo. Como sospechaban, se trataba de un aristócrata del que habían oído hablar en primavera. Un recién llegado que se había comprado una mansión en el valle —había muchas fincas de recreo, la zona era muy popular para escapar de los calores del estío—, no muy lejos de Ourges. Les costó encontrar a alguien que recordara el nombre: Guillemont Charpentier, conde de Louzignac. Era de La Roche, una de las ciudades más importantes de Gabriel, al oeste de Dupois, pero nada más sabían de él. Salvo que compartía apellido con los vizcondes de Bergader y de Morcef. ¿Serían familia? ¿Estaba también relacionado con Liliane Trouvé, prima de Bergader y tía de Morcef?

Baile de máscaras, campaña para Ánima Beyond Fantasy, 1×09. Con Julien Lafleur d’Aubigne (Alcadizaar) y su hermano Jacques (Aldarion), Colette/Noel Leclair de Dunois (Menxar) y Michel Laffount de Gévaudan (Charlie).

La primera parte del viaje a Astria tuvo mucho roleo durante el viaje: la relación secreta entre Colette y Julien continuaba; teníamos a Michel y a Chloé; al joven intentando llevarse bien con su futura (esperemos) suegra; a Jacques, liándola; y a todos intentando que la tímida Marie, poco acostumbrada a viajar con tanta gente, se abriera un poco. Para la segunda, ya en Ourges, retomé la exploración del castillo, que se había caído de la parte original de Ourges al tener en cama a Michel durante veinte días. El plan original —enfrentamiento con los restos del Culto y descubrir las tumbas— ya no valía.

Los secretos del Culto ya los conocían, así que explorar el castillo era una pérdida de tiempo. Metí al Rubio porque era un buen momento para presentarlo y la desaparición de Gwen era una buena excusa para mandarlos al castillo. Cuando todos se lanzaron a cruzar la puerta de la tumba tan alegremente, casi me da un síncope, porque sólo tenía preparado para uno o dos. Menos mal que la Vigilia de Ánima no es muy distinta a los planos sutiles de Nephilim, así que improvisé, recauchuté alguna cosa muy antigua (como una caverna inundada y su bestia subacuática que viene de acá), les hice tirar un dado para que el pj de la tirada más alta terminara en la salida (imprescindible para sacarlos de ahí). Como eran cinco los atrapados, metí dos objetos más para que pudieran salir, completando la daga y los dos anillos con los dos piolets élficos (Pan, página 38 del Prometheum), pues necesitaban un objeto del mausoleo para cruzar el portal de salida. Al final, Michel no cogió el anillo de plata élfica y para salir se fueron pasando el anillo duk’zarist, tardando algún turno más de los necesarios.

Al final, los pjs moscas con Jacques y su extraño comportamiento y los jugadores convencidos de que el Rubio es un nephilim sylvain con el alma del hermano de la muerta, asesinada por el alma duk’zarist de Jacques, que fue también su amante.

Al final, todo queda en familia.

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