Ishikawa Reiko se movía por la casa como una fiera enjaulada. Los días pasaban lentos y, sobre todo, aburridos. La presencia de Maruyama, aunque obligada por las más elementales reglas de la hospitalidad, crispaba aún más la situación. Su fama de mujeriego le precedía y sus compañeros impedían que se cruzara con él, con lo que casi no salía del ala señorial. Incluso su prima excusaba su presencia, seguramente a instancias de su guardaespaldas Chiba Isshin. La espada Yukikaze despertaba por igual reverencia, temor y deseo, tanto dentro de la casa como fuera, con visitas sin fin de samuráis locales que eran despachados por el mayordomo o por Nakamura.
Un mensaje de Washamine Yukio la animó un poco. Era la hija del oyabun, de su misma edad, y Hosoda y su padre habían estado de acuerdo en que, pese a su diferencia de estatus, sería bueno que ambas se conociesen, fueran al teatro y, en fin, hicieran cosas propias de su edad. Ambas se enfrentaban a problemas similares por su posición y podrían compartir experiencias y frustraciones que otras personas no entenderían. Tuvo que contestar que estaba indispuesta y que debían aplazar cualquier cita para más adelante, a lo que Yukio repuso a su vez que una visita a un onsen, un balneario, era lo mejor para recuperarse de cualquier malestar.
—Es una buena idea —contestó el doctor a la implorante mirada de Reiko—. Mañana os quito ya los puntos y las aguas medicinales ayudarán a la buena cicatrización de la herida.