El rumor sordo que lo llenaba todo presagiaba la catástrofe. Los brazos en alto y los gritos de desesperación la confirmaron. Una repentina crecida de un riachuelo, de lo normal pacífico, provocada por la incesante lluvia y el deshielo que habían traído los húmedos y cálidos vientos oceánicos, se había cobrado su precio en aquel vado de la carretera a Tsukikage. Varios cuerpos flotaban corriente abajo, junto con dos literas. Una, la más entera, había quedado enganchada en un amasijo de ramas y restos y de ella se agitaba un brazo de mujer.
Hosoda ni se lo pensó. Pasó las riendas de la mula a Reiko y se lanzó al galope, cruzó entre los impotentes samuráis y criados y saltó al torrente. Por un momento, pareció que la fuerza de las aguas arrastraría al imprudente samurái y a su caballo, pero la montura respondió a las órdenes de su jinete y, evitando como podían los restos más grandes y aguantando el envite de los pequeños, llegaron hasta la litera. Genji intentó izar a su ocupante, pero el elegante kimono empapado que lucía la mujer se había convertido en una trampa mortal. Tuvo que tomar su tanto y cortar las ricas telas hasta dejarla con el ligero kimono interior.







