El Ícaro — Personajes: Ryan Smith

Los hermanos Smith eran famosos naturalistas y exploradores de la Real Sociedad Geográfica de Alberia. Jóvenes y atractivos, los grabados y litografías de ambos posando con un tiranosaurio abatido en las selvas de Nanwe o tomando té en los helados páramos de Hendell terminaron decorando muchas habitaciones femeninas. El doctor Stobart los reclutó para la misión desértica del Ícaro a través de la Universidad de Lucrecio.

Nunca volvieron a ver los verdes bosques de Alberia. Brian cayó en un desgraciado encontronazo con insectos gigantes mutados. Ryan se volvió más sombrío desde entonces. Parecía buscar la muerte y a sus puertas estuvo en más de una ocasión. Y casi al otro lado, pues de no haber sido por la magia habría muerto de las horrorosas heridas sufridas cuando La Máquina invadió Nidik. Pero en su visita a Broceliande tocó el bosque. Su consciencia se unió a la de todos los seres vivos de la gigantesca floresta y fue como si renaciera. En los días siguientes desarrollaría un extraño culto al sol y a la vida que, sin embargo, se ganó las simpatías y el respeto de los tripulantes de la Perla.

La Muerte segó su vida cuando más se esforzó por vivirla, bajo la mano sin vida de una armadura animada por la magia. Sus compañeros lo dejaron en Broceliande y las dríadas plantaron un manzano sobre su tumba. Su hija aún corre libre por el bosque.

Profesor Ryan Smith (a su muerte)

Explorador, nivel 5. Humano, natural de Alberia (Gaïa). Edad: 24 años.

Características: Agi 10, Con 6, Des 8, Fue 6, Int 8, Per 10, Pod 6, Vol 6. Puntos de vida: 135. Turno base 90.

Ventajas: Sentido del peligro, Visión nocturna, Elan (25), Afinidad animal. Raíces culturales.

Habilidades de combate: Ataque, 175; Esquiva, 125. Armas conocidas: taekwondo base y tabla de armas de cazador (arco corto, katzbalger, hacha de mano, cerbatana y boleadoras). Habilidades de ki: Uso del ki; Control, Detección (217) y Erudición; Extrusión de presencia y Extensión del aura; Uso de la energía necesaria.

Habilidades: Atletismo, 70; Montar, 50; Trepar, 50. Advertir, 205; Buscar, 170; Rastrear, 175. Animales, 135; Herbolaria, 95; Medicina, 65. Frialdad, 15. Ocultarse, 85; Sigilo, 85; Trampería, 135.

Sobre la creación del personaje: empezó a nivel 4, pudiendo usar libremente los PC de nivel 2 y 4 para coger ventajas, no sólo para subidas de características. Recibió gratis la ventaja de Raíces culturales (versión del Gaïa post-Core Exxet). Para las características, 60 puntos repartidos libremente. El resto de la creación, normal.

Era uno de los personajes más normales de la expedición y, quizás por ello, tardó en hacerse su hueco. ¡Qué lástima que cuando por fin se lo estaba labrando muriera!

El Ícaro — Neltha Laglaush

Al contemplar los ejércitos de Rah y de Zhorne Giovanni frente a frente en los campos de Términus, Neltha Laglaush tuvo el presentimiento de que ése sería el último día que vería a sus amigos, compañeros y enemigos. Al caer la noche y buscar refugio en la extraña tormenta eléctrica, con la esperanza de poder aprovechar la oscuridad para llevarse por delante a alguno de sus perseguidores, se acordó del presentimiento y sonrió con resignación. Sonrisa que se trocó en gesto perplejo cuando, tras ser absorbida por el turbulento ojo negro, se encontró en una pacífica llanura de altas hierbas. Sin rastro de amigos, sin rastro de compañeros, sin rastro de enemigos.

Así llegó Neltha Laglaush a este extraño mundo dominado por La Máquina. Se mezcló con los habitantes y encontró otros como ella, viajeros de otros mundos o descendientes de ellos. Así supo de la existencia de las puertas y dedicó su vida a buscarlas, convencida de que no se trataban de un fenómeno natural. Encontraría su primer portal de casualidad, bajo las ruinas de Ulum Dum, una de las Cinco Ciudades enanas de la antigüedad, destruida durante la Gran Guerra contra La Máquina o durante el Largo Invierno posterior. Ulum Dum, situada en un valle en la ladera sur de la gran cordillera de Zarukhtaz, había sido la ciudad enana más abierta al contacto con otros pueblos y la primera que se alió con los atlantes contra el ataque de La Máquina. Sepultada por un gran corrimiento de tierras, había quedado olvidada hasta que Neltha, tras vagabundear por varias cuevas de la ladera sur de la cordillera, halló una entrada a las ruinas.

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El Ícaro — Segunda temporada (episodios 1 a 4)

El trabajo me tiene matao pero, poco a poco, vamos avanzando la segunda temporada de Los Viajes del Ícaro. Tan avanzando que ya llevo cuatro resúmenes de partida que me he saltado por unas cosas u otras. Así, pues, y para que la cosa no se vaya de madre, toca un resumen telegráfico y sin (pobres) adornos literarios.

Habíamos cerrado la primera temporada con un memorable enfrentamiento con un temible enemigo, La Máquina, que terminó con la victoria de los personajes jugadores y, de forma increíble, sin ninguna baja mortal. Entre los personajes jugadores, porque la pequeña ciudad-estado de Nidik quedaba arrasada y con un tercio de su población asesinada. En el plano político, la muerte del rey dejaba una situación inestable en el flanco derecho del grupo del Ícaro, es decir, de los personajes jugadores. El heredero era un chaval de unos diez años más pendiente de libros que de seguir los pasos de su belicoso, mujeriego y fecundo padre y el asunto de la regencia acabó pronto en la nueva mesa de reuniones del Ícaro. Con su apoyo, Starnia, hija bastarda del rey y sacerdotisa de un culto local, tomaba las riendas del poder (apoyo interesado, pues los del Ícaro necesitaban de los telares de Nidik para reparar la cubierta del dirigible), imponiéndose al capitán de la guardia Bodoni (que abandonaría el reino con parte de sus hombres) y los levantiscos señores vasallos del sur.

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La Perla

La Perla era un barco largo al uso, de 20 metros de eslora, estrecho y de altas bordas. La cubierta, como era habitual, consistía en un armazón de costillas y largueros sobre el que se apoyaban unas planchas sujetas por pasadores de fácil extracción para permitir el paso a cualquier punto de la bodega, que apenas tenía metro y medio de alto. La bodega no se usaba para carga, salvo para vasijas de agua y alcohol. En ella estaban los puestos de los remeros: huecos estrechos en los que el marinero, usando la plancha que lo cubría como respaldo, su cofre como banco y aferrado a unas agarraderas de cuero, acciona los primitivos pedales que, a través de engranajes de madera, poleas y sogas, hace girar el eje y la hélice cuatripala de 5 metros de diámetro. En la bodega se encontraba también el motor de Claudia, un motor simple de tres circuitos de tubería de cobre (primario, de gran altitud y de trimado) con el cuerpo de inyectores y bombas a proa.

El mástil de deriva estaba a dos tercios de eslora y aparejaba vela latina. Las velas de vuelo también eran latinas, reforzadas por varillas de madera flexible. El botalón de vuelo forma el borde de ataque del ala, articulado a tercio y medio de eslora mediante un pasador que le permite moverse en el plano horizontal, modificando la superficie y forma del ala. El botalón de maniobra, paralelo al casco, permitía variar el ángulo de ataque del ala al pivotar en el plano vertical. Cuatro antenas por banda, dos arriba y dos abajo, necesarias para sostener la jarcia de las alas completaban el aparejo del barco.

Así era el barco en el que Dragunov, Ivarsson y Smith se iban a embarcar en compañía de unos bárbaros adoradores de Odín. Un barco de piratas, rápido en el ascenso y en el descenso y muy maniobrable, pero con poca capacidad de carga y vulnerable en despegues y aterrizajes (cuando debían desmontarse la hélice y las antenas). Sin camarotes, deberían dormir en cubierta, protegidos a duras penas por las bordas del frío del aire en altitud y con las tuberías del motor de Claudia como única fuente de calor.

El Ícaro — La Máquina y el Segundo Imperio Atlante

Viéndolo todo perdido, los atlantes supervivientes, los dvergar de las Cinco Ciudades y los elfos oscuros causantes de la Gran Guerra se reunieron en la última ciudad atlante donde aunaron su ciencia y su poder para invocar a Mibalin, el más poderoso demonio de los avernos. Y Mibalin descargó su puño de fuego sobre la Atlántida dominada por la Máquina, calcinándola por completo: ciudades y carreteras, prados y ríos, hasta las orgullosas cordilleras y el profundo océano. Sólo quedó un cráter de arena de fuego donde estuvo la hermosa Atlántida y la fecunda Arcadia. Y el gran demonio Mibalin se cobró su precio y durante diez mil días no hubo Sol ni hubo lunas ni tampoco estrellas; sólo unas impenetrables nubes de ceniza y la Muerte campó a sus anchas y nunca en la historia del mundo tuvo tan buena cosecha. Pero todo fue inútil, porque la Máquina sobrevivió.

¡Paparruchas! ¡Historrias de una vieja superrsticiosa! Mibalin no erra un demonio, erra un arma forjada con el conocimiento de los atlantes, de los dvergar de las Cinco Ciudades y la magia de los elfos oscuros. La última esperanza de parrar al Enemigo. Los Dvergar Libres aún conocemos su verdadero nombre. Mibalin… Misil Balístico Intercontinental. Ah, ¿crrees que si supierra cómo funcionaba estarría aquí tomando cerveza contigo?

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El Ícaro — La caída de Nidik, segunda parte

El ataque de la Máquina nos pilló a todos con el pie cambiado, centrados en el intento de asesinato del comerciante Ffáfner y de conseguir las piezas que necesitamos para reparar el Ícaro. Por fortuna, la capitana Edana Conway había estado preparando un dispositivo de alerta temprana que detectó la llegada de la aeronave de la Máquina y pudimos mandar un equipo de reconocimiento (Dragunov, Smith y Su Wei) que constataron que los recién llegados eran hostiles. El enemigo avanzaba raudo hacia Nidik, pero gracias a los esfuerzos del grupo del sargento Dragunov, pudimos reorganizarnos y agruparnos. Las fuerzas de la Máquina estaban formadas por más de un centenar de grandes moscardones mecánicos, drones, y varios humanoides con grandes poderes telequinéticos a los que los lugareños llaman tecnócritas. Estos, supimos después, usaban pequeñas aeronaves personales en forma de dardos.

Zoichiro, nuestro equipo de artillería móvil, recibió al enemigo como mejor sabe: con una gran explosión que causó graves daños a los drones. Sin embargo, la llegada de un tecnócrita nos obligó a refugiarnos en el bulevar subterráneo que habíamos descubierto por la mañana. La civil Sassa Ivarsson cubrió nuestra retirada, bloqueando el ataque de los drones hasta caer malherida por el tecnócrita. No recibimos ayuda de la población local: el pánico que le tienen a este enemigo es tal que algunos hasta se quitaron la vida ante su llegada.

Conseguimos poner a salvo a algunos lugareños, trabajadores y gente del palacio y el templo que estaban en las inmediaciones. Medio centenar de personas, entre los que se encuentran el sacerdote local, Sylvanthi, y Starnia, hija bastarda del rey y que es una especie de sacerdotisa. No vino con nosotros el rey, que corrió a palacio en busca de su hijo, ni el jefe de la guardia, Bodoni, que fue con él.

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El Ícaro — La caída de Nidik, primera parte

Segundo comandante Edana Conway

Diario personal

Me resulta difícil decir si podríamos haber actuado de otra forma. Mantenernos al margen y no involucrarnos como lo hicimos. Si habría cambiado nuestro futuro o si nuestro destino ya estaba escrito desde que abandonamos Lucrecio, hace ya una vida.

Tras la extraña explosión que derruyó parte de las murallas de la orgullosa ciudadela de Nidik, el comandante O’Hare decidió ofrecerles ayuda humanitaria. No teníamos mucho que ofrecerles, más allá de ayuda médica y de ingeniería, pero el comandante quería afianzar lazos con nuestros vecinos, de los que esperábamos obtener la lona necesaria para reparar la cubierta del dirigible y provisiones de boca, que descendían a ojos vista. Creo que también albergaba la sospecha de que el grupo del capitán Paolo tuviera algo que ver en la misteriosa explosión, por más que nada dijeran en su informe.

El ingeniero jefe, Rayner Lute, se ofreció voluntario para ayudar con la reconstrucción de la fortaleza. Fue una sorpresa para todos, pues desde que descubrimos la base que ahora nos cobija parecía que nada más existiera para él. El comandante aceptó el ofrecimiento, pero le asignó una fuerte escolta, formada por Zoichiro y Patrick Ivarsson. De los informes del capitán Paolo sabíamos que la presencia del duk’zarist puede levantar recelos entre la población local o incluso algo peor, pero la presencia de un asesino con capacidades sobrenaturales nos obliga a extremar las precauciones: Lute es el único que puede llevarnos a casa. Completaban el grupo el profesor Jorgen Forgen, que es quien mejor habla el idioma local, el profesor Smith, naturalista y nuestro mejor rastreador, y la señorita Sassa Ivarsson, la civil rescatada en el desierto.

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El Ícaro — La destrucción de Nidik

La tormenta azotaba el grueso vidrirroca de la torre de control. Negras nubes y blanca nieve era lo único que Edana Conway podía ver. El rugir del viento era lo único que alcanzaba a oír. Un preciado momento de paz en la noche que fue roto por el «bidimbirubi» del teléfono.

—Edana, preséntese en mi despacho de inmediato.

La voz del comandante sonaba preocupada y de fondo, sólo audible para el agudo oído de la tuan dalyr, Erstin Ho sollozaba quedamente.

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El Ícaro — El asesino

El dvergar Ffáfner no dijo nada más durante la cena, más allá de un «demasiados oídos». Cuando se retiraron a la habitación, Paolo le apremió a hablar.

—No hay oídos tras las paredes que Kuro no encuentre, así que contadme, ¿a qué os referís con lo de «sois más peligrosos de lo que parecía»?

El comerciante cogió un taburete y fue hacia la mesa, pero no llegó a sentarse. Tras él el suelo tembló y surgió una terrible hoja negra directa hacia su corazón. Kuro, siempre atento pese a su natural burlón y despreocupado, dio un grito de alarma y empujó al enano, evitando la herida fatal. La hoja, fina y negra como una sombra, cercenó la pierna del dvergar y partió en dos la recia mesa para desaparecer sin dejar rastro.

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El Ícaro — Drow

—Permitidme que os haga una pregunta, amigo mío. Nos sucedió algo curioso hace unos días, cuando Alexei, el cazador de Leonid, fue nuestro invitado. Al ver a un miembro de nuestra tripulación palideció y murmuró algo así como «drow». ¿Sabes a qué… podía… referirse? —La voz de Paolo fue muriendo conforme cambiaba la expresión del dvergar y notaba como las conversaciones de los parroquianos disminuían en favor de los oídos atentos. Allí había más de uno y más de dos que sabían latín.

Que iban a llamar la atención era algo que el comandante del destacamento de Wissenschaft tenía asumido desde que llegaran a Nidik. No tenía pinta aquel villorrio fortificado de recibir muchas visitas en invierno y menos que, como Renaldo y él, superaran holgadamente los dos metros. Aun así, había confiado en que la barrera del idioma les permitiera disfrutar en paz del sencillo pero sabroso estofado de la posada después del duro viaje, más de veinte kilómetros a vuelo de pájaro desde Caer Dubh a la Ruta MacLellan vía el Corn Y Dyafol, los 1800 metros de desnivel hasta la Ciudadela Alta por escaleras, cruzar los túneles hasta la tumba de las blatodeas, bajar otros ochocientos metros de desnivel (más escaleras) para salir al valle que dominaba Nidik, abrupto, nevado y con pocos caminos, cruzarlo hasta la ciudad y tener que pasar la habitual audiencia con el señor. Pero estaba claro que, como había dicho Ffáfner, el latín era cada vez más una lingua franca comercial y el tema de los drow llamaba la atención.

El enano se tomó su tiempo en contestar, apurando sin prisa su cerveza, como si pusiera en orden sus ideas. Habló con voz queda, con su fuerte acento.

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