Arturo – Pírixis o la búsqueda de Yaltaka, III

Con la descripción que le habían dado los Dé Danann, a Pírixis le fue fácil identificar el edificio que debía contener la biblioteca. Una vez cayó la noche, no le fue difícil arrastrarse sigilosamente hasta el edificio y entrar en él. El único problema es que tuvo que utilizar el conjuro de Desplazamiento subterráneo para ello, por lo que tuvo que buscar primero un lugar donde dejar toda su ropa y pertenencias bien ocultas. El edificio tenía muros de buena piedra por los que pudo desplazarse, sacando la cabeza acá y allá para orientarse. Desde que, en París, se perdiera totalmente bajo tierra, Pírixis había practicado mucho con el conjuro y ya era capaz de orientarse a ciegas estuviera donde estuviese.

Encontró una zona protegida mágicamente a la que no pudo entrar y supuso que esa sería la biblioteca. Para comprobarlo, buscó una alacena, despensa o pequeño cuarto donde invocó a una sombra (Aquellos que murmuran, los espíritus del bosque de basalto) para usarla como unidad de reconocimiento. La invocación permitía al invocador ver a través de ella y era prácticamente invisible allá donde hubiera sombras, así que era el medio ideal para llegar donde el conjuro de desplazamiento subterráneo no podía llevarla. Con la sombra delimitó el lugar protegido y comprobó que era, efectivamente, la biblioteca.

La única forma de entrar y salir parecía ser la puerta. Al abrirla quedaba igualmente abierta la barrera mágica en ese punto y no parecía haber ningún sello de detección, alarma o sistema adicional de seguridad, así que esperó pacientemente a que alguien entrara o saliera de la biblioteca. Con las primeras luces del alba, y todavía con la mayor parte de los pasillos en penumbra, tuvo su oportunidad: la sombra se deslizó dentro de la biblioteca sin ser detectada. Dentro comprobó que, pese a sus temores, aún mantenía el enlace con ella y podía tanto dirigirla como usar sus sentidos, así que empezó a buscar el libro, de estante en estante y siempre por las zonas más oscuras de la biblioteca. Fue un trabajo que le llevó horas, pues conforme avanzaba el día cada vez había más movimiento en la biblioteca y la luz entraba con más fuerza por los grandes ventanales. Además, la vista a través de la sombra no era precisamente nítida y el enochiano era tan antiguo que era prácticamente ilegible, y eso cuando no se encontraba con idiomas totalmente desconocidos para ella.

Finalmente, dio con el libro, pero antes siquiera de que pudiera alegrase se encontró con un problema adicional: la sombra no podía manipular sólidos, no podía tocar el libro y mucho menos cogerlo y desenrollarlo, así que no le quedaba otra que entrar ella misma en la biblioteca. Quizás si hubiera tenido todos sus conjuros e invocaciones hubiera podido hacer alguna otra cosa, pero todos los que tenía por escrito los había tenido que dejar con su ropa, en el exterior; sólo podía contar con lo que tenía memorizado.

Con paciencia, usando a la sombra y moviéndose ella misma con sumo cuidado, logró averiguar dónde guardaban la llave de la biblioteca. Por la noche, cuando el edificio quedó en silencio, se deslizó por los muros y por los pasillos desiertos, se hizo con la llave y se coló en la biblioteca donde, con paciencia, intentó descifrar el libro para encontrar algo de utilidad a la tenue luz de una vela. Le llevó varios días dar con lo que buscaba, traducirlo y memorizarlo (no recuerdo ahora si lo copió y buscó alguna forma de sacarlo del edificio), días agotadores en los que dormía de día, con un ojo abierto, en alguna alacena, bajaba a las cocinas en cuanto el edificio se vaciaba en busca de algo que comer y luego cogía la llave, eludiendo al guardia, y se colaba en la biblioteca, se dejaba la vista en la penumbra, volvía a dejar la llave en su sitio y vuelta a empezar.

Terminó con el “visado” casi cumplido. Apenas tuvo tiempo de salir del edificio, coger sus cosas y volver a la colina de las afueras antes de que una gran fuerza la arrastrase y la dejase, por suerte, casi en el mismo sitio de donde salió y casi en el mismo momento, apenas unos meses después. Los Dé Danann la recibieron con una gran fiesta y miles de pregunta mientras, a su espalda, se resolvían las apuestas y terminaba su extraña aventura por tierras irlandesas.

La información que obtuvo y dónde la obtuvo sigue siendo objeto de debate; la falta de registros escritos y el tiempo que ha pasado desde entonces hace que sea muy difícil reconstruir todos los hechos. Sabemos que Pírixis volvió con datos bastante exactos sobre la criatura: su linaje, forma, costumbres, hábitat habitual, que se llevaba a sus víctimas a su madriguera…, pero no su nombre ni dónde se encontraba esta madriguera. Todo esto lo obtuvo del libro La luz negra, en la Atlántida, que resultó ser, en su forma original (no la que había llegado a manos de la Sacerdotisa como La luz oscura) una guía de campo de señores elementales y otros bichos igual de peligrosos. Bueno, haciendo honor a la verdad, lo consiguió fue el candidato más probable entre las distintas criaturas que aparecían en el libro.

También obtuvo (se cree) un ritual para romper la maldición, pero dada la forma en que está escrito, es más probable que se lo dieran los propios Dé Danann. El ritual necesitaba el nombre del maldiciente, así como el camino hasta el maldito, camino que debía ser recitado como parte del ritual para que el maldito pudiera recorrer el camino desde su prisión hasta el simulacro que se le tuviera preparado.

El nombre de la criatura no venía en el libro, o no pudo encontrarlo, así que el viaje terminaba con más preguntas que respuestas. Seguramente alguno de los Dé Danann le comentó antes o después del viaje a la Atlántida que hubo un Dé Danann que sabía mucho de estas criaturas (si dejamos volar la imaginación, quizás perdió a algún amigo a sus manos, o bien preparó armas contra ellas): Goibniu el herrero. Sin embargo, de Goibniu nadie sabía nada desde hacía siglos, tantos que podía hablarse de milenios.

Agotada la vía de los Dé Danann, Pírixis volvió a Britania, sólo para encontrarse con que Morgana había actuado en su ausencia. Merlin había desaparecido, al igual que Asgareth, y Arturo agonizaba, por lo que a la Dama del Lago no le quedó más remedio que dejar de momento la búsqueda de su amigo y centrarse en salvar el reino y a su hijo, organizar la Búsqueda del Grial (más correctamente, del Rey Pescador) y otras cosas de las que ya hemos hablado.

Un día se dio cuenta de un pequeño detalle. Durante sus primeros años en Britania, recorriendo la isla de un lado al otro, habían seguido, bajo la guía de lord Éctor, los antiguos caminos, especialmente la Vía de Ickneld y la Ridgeway. Siguiendo esta había pasado junto al Caballo Blanco de Uffington y había oído que allí cerca estaba la Herrería de Gofannon (Wayland’s Smithy), un antiguo túmulo en el que, decían, si dejabas un caballo y una moneda de plata por la noche, a la mañana siguiente encontrabas el caballo herrado y la moneda… no, la moneda no la encontrabas.

Como decía, un día se acordó de este sitio y se fijó en que los nombres de Gofannon y Goibniu eran muy similares. Repasando las leyendas britonas que sabía, como Dama del Lago, y lo que había aprendido en Irlanda, comprendió que eran el mismo nephilim, kaïm, agarthiano o lo que fuera y se preguntó si el túmulo tendría de verdad algo que ver con el dios herrero o, por el contrario, sólo eran cuentos de fantasmas sobre una vieja tumba. Dispuesta a averiguarlo, aferrándose a las pocas esperanzas que tenía ya de recuperar a Yaltaka, Pírixis aprovechó los primeros días tranquilos que tuvo para llegarse al túmulo. De camino, paró en la aldea más cercana para que el herrero local le desherrase el caballo.

De esta guisa llegó al atardecer al túmulo. Dejó el caballo, sin la herradura, atado a un árbol raquítico y retorcido y puso una moneda de plata sobre una piedra plana con pinta de ser una especie de altar, se arrebujó en su capa –estaban en primavera y las noches era frías– y se sentó a esperar pacientemente. Bien entrada la noche, y con una espesa niebla como compañía, sintió como algo se acercaba y un portal se abría. Un conjuro de sueño intentó hacer presa en ella, pero estaba pensado contra humanos y pudo romperlo sin dificultad. Cuando el visitante estuvo cerca, Pírixis salió de su escondite y se presentó ante él, con toda la educación y delicadeza del mundo, pues le había bastado un segundo para darse cuenta de que se encontraba ante alguien muy poderoso.

Una vez recuperado de la sorpresa y hechas las presentaciones, el habitante del túmulo, que era Gofannon en persona, invitó a Pírixis a su morada. Aunque retirado voluntariamente a ese perdido rincón de Britania como un humilde ermitaño, el gran herrero no le hacía ascos a una conversación con un hermano (o primo, o sobrino, dado que Gofannon era agarthiano) nephilim. El herrero preguntó educadamente por el devenir del mundo y se mostró preocupado por la situación del Otro Lado, pero se negó a salir de su retiro. Sin embargo, la historia de la búsqueda de Yaltaka le emocionó, quizás le recordó a amigos caídos, y le ofreció a Pírixis toda la ayuda que pudo dar: el nombre de la criatura, a la que conocía bien, pues había luchado contra el padre y toda la prole, y dónde tenía la madriguera: bajo la Cabeza del Unicornio, en Lyonesse. También le hizo el favor de reforjarle la espada, un gladio que terminó con una hoja casi traslúcida y muy, muy afilada.

Ya con todas las respuestas (bueno, encontrar la Cabeza del Unicornio en una tierras que ya no existían le llevó varios años más) se preparó para ir en busca, por fin, de Yaltaka. Y a esta extraña aventura no iría sola, pues Ethiel fue con ella.

N. del A.: es imposible saber realmente qué pasó entonces. Mis partidas, cuando van fluidas, consisten en una cuartilla con esquemas y notas sueltas y mucha improvisación, pero para esta aventura no han aparecido esas notas. Los esquemas que hay en la hoja de personaje de Pírixis son demasiado esquemáticos para sacar mucho más en claro. Recordamos el Templo de las Mil Puertas, los problemas con la sombra y la biblioteca y la visita a Gofannon (más por el gladio que por otra cosa, porque el gladio sobrevivió hasta nuestros días y una espada forjada por un dios herrero es una señora espada). Luego, conforme escribía, he ido recordando algunos detalles más, como mi búsqueda del equivalente a Gofannon en la mitología irlandesa (que recuerdo haber encontrado en un libro y no era Goibniu, que es lo que me ha devuelto ahora la Wikipedia), lo que hace que esta parte no encaje exactamente con la anterior.

El Wayland’s Smithy aparece como la Herrería de Gofannon en El joven Arturo, suplemento de Pendragón y aparecía citado en una hoja de rumores y lugares curiosos que les entregué a los jugadores al comenzar la época de Arturo, junto con las noticias semanales.

Esta entrada ha sido publicada en Nephilim.

Un comentario para “Arturo – Pírixis o la búsqueda de Yaltaka, III

  1. Desde el punto de vista cultural y de contactos el viaje de investigación no tiene precio; lástima no tener cámara de fotos.

Deja un comentario