Montségur y VII – La Prieuré en acción

El mal tiempo y las corrientes adversas retrasaron a Sigbert y a Constancio. Era ya enero cuando desembarcaban en Aigues-Mortes, por lo que el asedio llegaba a su fin cuando llegaron al Montségur. El eques Gavin Montbard de Béthune les dio la bienvenida en el campamento que los templarios habían montado en el lado sur de la garganta del Lasset, con una buena vista sobre el castillo. Gavin había llegado con un pequeño destacamento templario a principios del verano y había estado en contacto, vía paloma mensajera, con Sigbert durante todo el viaje de este, así que tenía todo dispuesto según sus instrucciones.

Lo primero había sido formar un grupo operativo. Sus templarios estaban descartados, claro, así que había echado mano de faidits, montañeses, furtivos y guerrilleros. Básicamente, los mismos que estaban aprovisionando el Montségur. Hacerse con su ayuda no fue difícil: la Prieuré llevaba años financiando y armando a los faidits a través de banqueros lombardos y pisanos y a través del Imperio Germánico, con las posesiones que estos habían perdido frente al invasor como garantía y que cada vez tenían más difícil recuperar. Los asfixiados faidits habían recibido carta de sus acreedores durante el verano canjeando sus deudas por un breve tiempo de servicio a frey Gavin. Con el resto había sido más o menos igual: frey Gavin había ayudado a muchos de ellos, o a amigos y parientes, dándoles cobijo, provisiones e información y ahora cobraba esos servicios. Sólo tuvo que convencerlos de que lo que iban a hacer era perjudicar a la Iglesia de Roma y al rey francés. De igual forma, frey Gavin añadió a la nómina informadores varios en el campamento francés, incluyendo el copero de Hugues des Arcis, hombre muy dado al juego.
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Montségur VI – Rendición

Para gran enfado de Pierre Amiel, Pierre-Roger de Mirepoix logró unas buenas condiciones de rendición. Los sitiados dispondrían de un plazo de quince días para arreglar sus asuntos terrenales, debiendo abandonar la fortaleza el día 16 de marzo de 1244. Los caballeros y soldados y sus familias quedarían libres, conservando bienes y armas, pero los cátaros que no abjurasen de su fe serían entregados a Pierre Amiel y a la Inquisición. Con esto, Hugues des Arcis contentaba a todos: tomaba la fortaleza para su rey con un coste de hombres relativamente reducido; evitaba soliviantar a sus propias tropas, cuyas simpatías por los sitiados era evidente, ya que muchos tenían amigos y parientes entre ellos; y le daba a la Iglesia material para una buena barbacoa.

Para los sitiados fueron quince días de gran actividad. Por una parte, los perfectos querían hacer una serie de ceremonias de gran importancia que culminaban la noche antes de la entrega. Además, muchos cátaros y simpatizantes quisieron recibir el consolamentum y compartir destino con sus amigos y parientes. Y, por último, había que sacar de la fortaleza los tesoros cátaros y a los nephilim. El Grial era necesario para la última ceremonia, así que los Guardianes serían los últimos en abandonar la fortaleza. Ighnöel ordenó al fénix darles escolta para proteger el Grial y, si fuera posible, convencerlos de que el sitio más seguro era la base de la Torre en Petra (y, de esta forma, que la Torre se hiciera con el Grial). Sorprendentemente, Menxar también decidió acompañarlos, aunque sus razones nunca se han sabido. Lo más probable es que decidiera acompañar a Pírixis como discípula, pues la quimera negra era famosa en el Carro por sus seminarios en la época de Arturo y por ser la última Dama del Lago.

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Pendragón III – Dael, sir Dael

La Navidad de 486-487 fue muy movida, ya que el rey Uther con toda su corte vino a Sarum. Por supuesto, también vinieron señores vasallos, condes, duques y barones, que se unieron al habitual jaleo festivo navideño de Sarum. Como resultado, los sargentos fueron enviados a los barracones de la tropa y los caballeros mantenidos a las estancias de los sargentos. Luego hubo que mover a los sargentos a unos barracones provisionales y a los caballeros mantenidos a los barracones de la tropa. Cuando llegó el príncipe Madoc con su séquito, hombres y caballos, Sarum, ciudad y castillo, estaban a reventar y a los sargentos se les mandó con los soldados, luego les requisaron los barracones para usarlos de establos y los mandaron más allá.

La gran fiesta, que duró horas, con un banquete de múltiples platos y bardos, malabaristas y tragafuegos para alegrar la velada, ha sido tan relatada por los bardos que la voy a resumir: empezó con los regalos habituales de Navidad entre los señores y sus vasallos. El príncipe Madoc trajo el botín de la última campaña contra los sajones y el rey Uther lo repartió con generosidad y también dio un gran feudo a su hijo. A todos sobresaltó y maravilló la llegada de Merlin, que entregó Excalibur al rey, dándole un gran empujón en sus aspiraciones de ser Alto Rey. También contó a lord Roderick como sus hombres lo habían ayudado a conseguir la espada.

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Montségur V – La barbacana

Enero de 1244 fue un mes caótico, con salidas, contrasalidas, golpes de mano y todo el combate que no había habido en los meses anteriores. Finalmente, Pierre-Roger de Mirepoix tuvo que dar por perdido tanto la Roc de la Tour como la muralla exterior, pues las pérdidas se estaban volviendo inaguantables. El frente volvió a estabilizarse, pero ahora los cruzados emplazaron catapultas en la explanada, tras la muralla exterior, con la que bombardear a los sitiados. Por su parte, estos hicieron lo propio con sus propias armas de asedio. El espacio entre murallas se convirtió en tierra de nadie. Las propias murallas se volvieron inseguras, con los cadalsos arrasados por los proyectiles, pero por lo menos estos no llegaban ni al pueblo ni al castillo. Así que, poco a poco, la calma volvía a los sitiados.

Otro audaz golpe de mano destrozó sus sueños. Corría ya el mes de febrero, con el pog aún nevado y el deshielo sin prisas por venir, cuando los montañeses vascos contratados por Huges des Arcis la volvieron a liar. En una escalada nocturna aún más peligrosa que la de la Roc de la Tour, y según algunos con ayuda de un traidor, alcanzaron la barbacana que hacía de avanzada al castillo y protegía la muralla principal. Lograron coger a sus defensores totalmente por sorpresa, pasándolos a cuchillo sin que saltara la alarma. Luego eliminaron a los centinelas que había sobre la muralla mientras el ejército francés cruzaba la tierra de nadie en masa. Cuando los defensores del Montségur quisieron darse cuenta, el enemigo estaba en la muralla y en la barbacana.

Ighnöel dirigió el contraataque, seguido de todos los nephilim que sabían luchar: los voluntarios de la Torre, la ondina, Menxar, los Guardianes del Grial y unos pocos más, así como de caballeros y hombres de armas, mientras los ballesteros los cubrían desde el castillo. Sin embargo, fue inútil: el enemigo era cincuenta o sesenta veces más numerosos y el terreno no acompañaba a las habilidades de algunos luchadores, como la ondina. Así, todo lo que pudieron hacer fue impedir que los franceses entrasen a saco en el poblado y dar tiempo a los cátaros a buscar refugio tras los muros del castillo.

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Pendragón II – La aventura de la espada y el lago

Un poco de política: en 485 desembarcó un gran contingente sajón en Kent bajo el mando de su rey, un tal Aethelswith. Muchos nobles propusieron a Uther acabar con esta nueva amenaza, pero él siguió con la campaña contra Sussex, el reino de Aelle, que amenazaba las tierras de Windsor y Silchester y sobre el que lord Ulfius, duque de Silchester, tenía grandes ambiciones. Windsor era feudo real y lord Ulfius uno de los principales apoyos de Uther, así que a nadie sorprendió que la campaña contra Sussex siguiera su curso, ignorando a Aethelswith. La campaña contra Sussex terminó en tablas con la batalla de Mearcred Creek, pero el rey Aethelswith le dio candela al ducado de Caercolum, justo al otro lado del estuario del Támesis.

En 486, con el rey Aelle lamiéndose de sus heridas, el rey Uther pudo hacer más caso a Aethelswith, pero sus señores también estaban recuperándose de Mearcred Creek, así que Caercolum no recibió toda la ayuda que necesitaba. Y menos mal, porque Aethelswith demostró ser un gran estratega y pilló en un renuncio al ejército britano, pasándoselos por la piedra en un plis-plas. Al final, y para que las cosas no se salieran de madre (es decir, para que Aethelswith no se plantara en Londres o en Lincoln), el rey Uther mandó un ejército bajo el mando de lord Brastias que logró frenar a los sajones en una serie de batallas más o menos exitosas, pero sin ninguna victoria clara.

En este ejército participaron caballeros veteranos de Salisbury, quedando la guarnición del condado encomendada en gran medida a los novatos y a los viejos. Entre los novatos, sir Gracian y Dael que, junto a otro sargento, fueron enviados a reforzar Ebble.

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Pendragón I – Mearcred Creek

Por extraños giros del destino, se ha vuelto a formar el tándem Pírixis-Yaltaka, esta vez para jugar la Gran Campaña de Pendragón, a la que tenía verdaderas ganas. Me hubiera gustado tener más jugadores, pero dejar de ser dos (personas) y por fin ser dos (jugadores) es todo un logro en nuestro caso. Como los findes están vetados y entre semana se curra, hemos optado por partidas cortas cuando sea posible, lo que dará lugar a una campaña irregular y que veremos hasta cuándo llega.

Siguiendo el ejemplo de la Frikoteca y mi propia campaña de nephilim, iré contando aquí las desventuras de los personajes, para aburrimiento de ustedes. El otro día hicimos ya los personajes y jugamos una pequeña introducción que, para variar, a punto estuvo de terminar en epílogo. Para crear los personajes usé el Caballeros aventureros en combinación con El joven Arturo, dejando elegir libremente cultura y religión. Las reglas que sigo son las de la 3ª edición (Joc), que es la que tengo. En la Gran Campaña se mencionan religiones extras (variantes del cristianismo, principalmente), pero he pasado olímpicamente de ellas.

Los personajes con los que empieza la campaña son sir Gracian ap Llywelyn y Dael. Sir Gracian es el segundo hijo sir Llywelyn, caballero vasallo del condado de Salisbury. Es de raíces celtas y buen cristiano y todos pensaban que terminaría sirviendo a la Iglesia. Sin embargo, la muerte de su hermana pequeña, Eira, violada y asesinada durante una incursión sajona, le ha llevado a la vida de las armas. Sir Gracian ha sido nombrado caballero durante el invierno, para cubrir bajas, pero ya se las trae a todas de calle, con su largo cabello rubio y sedoso y su agradable voz de tenor. Es todo un contrasentido, pues tan pronto representa el caballero ideal que intenta vender la Iglesia como tira por tierra esa imagen con su exacerbado odio a los sajones o su gusto por los placeres mundanos.

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Cuentos viejos: el Crusader

Esta es otra de esas historias terriblemente viejas. Tan vieja que yo ni participaba aún, sólo era espectador. Y también es de Battletech.

Pongámonos en situación: el Crusader «de serie» que venía en la venerable caja de FASA es un battlemech pesado (65 toneladas), razonablemente rápido y con armamento pensado para repartir estopa a larga, media y corta distancia: disponía de lanzamisiles de largo alcance, y de los grandes (dos AMLA15), láseres medios y lanzamisiles de corto alcance (AMCA6). Creo que también llevaba ametralladoras. Como otros battlemech de la caja, estaba «algo escaso» de radiadores.

Esto suponía, en resumen, que un Crusader tenía a su objetivo siempre en alcance óptimo, daba igual la distancia, pero su piloto debía tener bien presente que no podía mezclar armas de distintos alcances alegremente. Y he aquí el porqué:

Un Crusader coronó una colina desde donde tenía una magnífica vista, incluyendo a dos enemigos que se movían intentando cerrar distancias. El piloto disparó alegremente contra ellos con todo lo que tenía, dándoles candela de lo lindo. Y así durante dos, tres, cuatro asaltos. Y en la colina quedó un bonito cráter donde antes había estado el Crusader cuando la munición estalló por exceso de temperatura interna. El Crusader no tenía ni un arañazo, no habían logrado tocarle.

Ni les hizo falta.

Montsegur IV – La Roc de la Tour

El senescal Hugues des Arcis no era un hombre feliz. No lo era desde que vio las laderas del pog, y cada día que pasaba tenía menos razones para serlo. El verano había pasado infructuoso. Todos los ataques contra el castillo habían fracasado: por la ladera sur-oeste, a donde daba la puerta principal del castillo, sus hombres se habían estrellado contra los muros de avanzada. Lo empinado del terreno les obligaba a avanzar despacio y los convertía en blanco fácil para los virotes y pedruscos. La otra posible ruta de ataque arrancaba en el otro extremo del pog, con un camino igualmente empinado que daba a la larga cima de la montaña, un lugar desde el cual podrían instalarse catapultas y otros ingenios de asedio. Sin embargo, los señores de Montségur habían cubierto ese flanco protegiendo la Roc de la Tour. Había intentado un ataque por los dos flancos simultáneamente, esperando que los sitiados no tuvieran hombres suficientes para defender ambos puntos, pero había sido imposible: mientras tuvieran flechas y piedras, un puñado de hombres podrían mantener a raya a un ejército. Y si ya, además de flechas, tenían buenos y pesados virotes, quienes intentaran la subida la tenían muy negra.

El senescal Hugues des Arcis no era un hombre feliz. El ejército que dirigía estaba formado principalmente por gente de la tierra, del Languedoc y de Provenza, nuevos vasallos del rey de Francia tras las campañas de los años anteriores. Han acudido prestos, para demostrar que son buenos vasallos, y para quitarse de encima la presión de la Iglesia, pero no ocultan sus simpatías por los sitiados: muchos tienen conocidos, amigos o parientes arriba, entre los defensores o entre los refugiados. El largo asedio está haciendo mella. Una campaña larga y sin posibilidades de botín, con problemas de aprovisionamiento, clima adverso y lejos de sus casas no es lo mejor para la moral de la tropa. Quizás si hubiera tenido fanáticos en el ejército, como Monfort o Amaury, hubiese podido tomar el castillo a las bravas, sin importar las bajas. Tampoco le era posible sitiar completamente el pog, y sabía que a los sitiados les aprovisionaban regularmente, así que no podía esperar rendirlos por hambre.

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Montségur III – El castro y castillo

Antes de seguir con esta historia, vamos a hacer una visita al Montségur para hacernos una idea de cómo fue el asedio. La historia de los defensores del pog es fascinante y puede dar pie a múltiples aventuras. Por las fotos se ve, además, que el sitio es precioso y espero poder visitarlo algún día. El pog, la montaña, es un macizo rocoso que impresiona, alargado y estrecho, orientado más o menos de este-noreste a oeste-suroeste. Su cima está a 1207 metros sobre el nivel del mar, y a unos trescientos o cuatrocientos sobre las tierras circundantes. Al este está la garganta del Lasset, que corre de sur a norte y por la que ahora pasa una carretera y al sur el pueblo de Montségur. Mide en la base algo más de 700 metros de longitud por unos cuatrocientos en la parte más ancha. Arriba la anchura de la larga cresta no pasa de 150 metros. Está rodeado por altos acantilados con caídas de entre 80 y 150 metros, que forman la primera y principal línea de defensa.

Hay cuatro formas de subir a la cima (además del al estilo me la cargué por los acantilados). La más fácil es por el lado suroeste. Es la zona más alta del pico, pero también la que tiene una ladera empinada pero practicable, y es donde está el castillo. Por las fotos que he visto (por ejemplo, esta), la subida debe de ser más larga que la de Castrovido pero no tan difícil (¿Que la de Castrovido no os parece gran cosa? Probad, hijos míos, probad). En la entrada de Córdoba puse una foto donde se ve la ladera suroeste de perfil, así como los acantilados del noroeste. Es el acceso natural al castillo. Hay otros dos accesos sobre los que no he encontrado información más allá de los nombres: el Pas del Roc y el Pas du Trébuchet. Según este mapa, el Pas del Roc sería un sendero que arrancaría en la boca sur de la garganta del Lasset y llevaría casi hasta la Roc de la Tour, mientras que el Pas du Trébuchet daría más cerca del castillo. Es probable que los defensores usasen estos senderos para comunicarse con el exterior y conseguir provisiones. La Roc de la Tour es más interesante. Creo que es el farallón rocoso que se ve en primer plano de esta fotografía. El camino de subida a la Roc de la Tour y de ahí, por la cresta, hasta el castillo, debe lo suficientemente fácil como para suponer una peligrosa vía de ataque y que los sitiados tuvieran ahí un puesto de avanzada. Por el nombre, una torre o un pequeño fortín que cubriera el camino de ascenso.

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Cuentos viejos: el Warhammer

Esta es otra vieja, vieja de verdad. Ocurrió en una partida de Battletech. Ocurrió con un Warhammer (creo, no estoy seguro, es un battlemech que tiendo a confundir con otros, y de esto han pasado 14 años). Ocurrió en el primer turno.

Ocurrió que el Warhammer entró en un lago.

Ocurrió que se resbaló y se cayó.

Ocurrió que un canto rodado se coló por entre la chapa del blindaje y la estructura y dio de lleno en la espoleta de un misil armado.

Ocurrió que el Warhammer, nuevecito, desapareció con una gran exhibición de fuegos artificiales.

La cara del piloto, BlackWolf, fue todo un poema.

PD: Si no fue un Warhammer fue otro battlemech pesado con munición en el torso central.