El crudo invierno afectó tanto a la salud de la señora Nao que se temió por su vida y la de su no nacido hijo. Mandaron buscar a médicos a Aimi y también se presentaron de la corte Asakura, con el onmyoji Araya Souren a la cabeza, escoltados por Maruyama Yoshitaka y un destacamento de samuráis Asakura. Los esfuerzos obtuvieron su fruto: la señora Nao dio a luz a un bebé, prematuro pero sano, y ambos salvaron sus vidas.
Corría el mes de febrero, tiempo de preparar el tradicional viaje a Aimi. Con Nao convaleciente y el pequeño Taro con pocos días de vida, todo parecía indicar que la joven Reiko sería quien cumpliera con los deberes para con la casa de su madre.
Hosoda Genji esperaba con ganas que así fuera: no veía a su prometida desde septiembre. Aquella fría noche estaba de guardia, en la puerta. Sentado junto al brasero, contemplaba la luna a través de los postigos abiertos buscando una paz interior que le rehuía. La imagen de la chiquilla de cara pecosa y melena al viento se le presentaba una y otra vez.
Tan absorto estaba en sus pensamientos que no fue consciente de la llegada de Saki hasta que ella lo llamó por su nombre. Sólo habían pasado unos meses desde que se unió a su escuadrón en verano y los acompañó a Reiko, Akira, Manobu y a él en la aventura del santuario profanado. Debía haber cumplido ya los diecisiete. Parecía mayor, más reflexiva. Sus movimientos eran más firmes y directos. Si en el viaje a la corte Asakura le recordaba a un polluelo histérico en su primera salida del nido, ahora poseía la serenidad de la rapaz al acecho. Aunque, en ese momento, traslucía una mezcla de perplejidad y preocupación a partes iguales.