El nuevo día sorprendió a los samuráis cansados y ojerosos. Resolver el caso de los ronin se había vuelto prioritario si querían justificarse ante su señor por las heridas sufridas por la joven Reiko. La dama Kaoru se había presentado en cuanto tuvo noticia de lo ocurrido, para cuidar de su prima. Venía con una fuerte escolta, lo que permitía a nuestros samuráis salir de caza sin temor a un nuevo atentado, improbable de por sí a plena luz del día.
Muertos los cinco ronin, dos vías de investigación quedaban abiertas: la primera, husmear por los lugares donde se habían movido, con la esperanza de encontrar alguna pista sobre sus contratantes. La segunda, intentar averiguar quién había sido su objetivo. Sobre este punto, algo tenían avanzado: sabían quién no. No podía ser un samurái de la ciudad ni tampoco uno de importancia, pues su desaparición ya habría llamado la atención a vecinos, vasallos o criados. Tenía que ser un ronin, un samurái de bajo rango o alguien viajando de incógnito. En cualquiera de los casos, debía haberse alojado en algún sitio. Hosoda Genji y la joven Nakamura Nobi fueron a patearse las posadas de la ciudad.
Empezaron por aquellas que ofrecían un lugar tranquilo y limpio y pocas preguntas. El tipo de lugar que escogerían ellos de querer moverse sin llamar la atención. Y dieron en el clavo: dos huéspedes llevaban tres noches sin aparecer, pese a haber dejado sus cosas en la habitación y ésta pagada por siete u ocho días más, los señores Maruyama Yoshitaka y Kibe Saru. Maruyama, recordó Nobi, era un samurái bastante conocido, un vividor mujeriego y muy diestro con la espada que vivía en Tsukikage, la capital de Lannet. Los rumores que escuchara en el palacio de la daimio el día anterior apuntaban a que el samurái había abandonado ese tipo de vida el año anterior y, algunas, hasta apuntaban a algún tipo de relación con la propia Shigeko Kaoru y la misteriosa renuncia del padre de Isshin como su guardaespaldas personal.
