Pírixis fue de «tapada» casi toda su vida y la época de Arturo no fue una excepción. Renegaba públicamente del poder y la política y para sí aparentemente sólo tuvo sus seminarios del Carro (aunque famosos y concurridos, ella nunca tuvo ni aceptó un puesto de relevancia en el Arcano) y su lago cerca de Camlann. Para muchos no era más que la amiga de Yaltaka a quien este arrastraba en sus disparatadas aventuras, el ama de cría del cachorro de Merlin y, en general, alguien que se dejaba arrastrar, sin voluntad y sin importancia. De ella decían a sus espaldas que era tan buena que era tonta y, en la partida que se jugaba en Britania, ni le dieron el papel de peón.
Si bien es cierto que repudiaba la política y no ambicionaba poder alguno (razón, junto con su gran sentido de la justica, por la que Merlin la incluyó en el Consejo Gris), nada en su currículum indicaba esa apatía y falta de resolución que quisieron ver algunos, supongo que cegados por la arrolladora personalidad de Yaltaka.
Pírixis seguía buscando a Yaltaka y no estaba en Camelot cuando se produjo el ataque de Nerrad, pero acudió tan rápido como pudo. Se encontró con la Corte en estado de pánico, tal y como pretendía Nerrad. Con Arturo, el reino estaba enfermo: la cosecha moría, el bosque enfermaba, el Otro Lado se esfumaba, los Yermos avanzaban. Humanos y nephilim estaban aterrorizados y no sabían qué hacer y Nerrad esperaba en el Norte el momento de aparecer, con su hijo, como salvadora. Ante tal situación, Pírixis hizo lo único que podía hacer: tomar la responsabilidad de salvar el reino. Era Dama del Lago, era consejera de la Tabla Redonda (aunque rara vez había asistido a alguna reunión y apenas había participado, al menos públicamente, en las decisiones que se tomaran), era la madre adoptiva de Arturo y era Guardián del Grial.
De repente, había aparecido un peón en séptima y había coronado.
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