El onsen de Aimi se encontraba en una estrecha garganta, un complejo de edificios colgando de la empinada ladera. A una jornada a caballo de la ciudad, contaba con una buena carretera con casas de comida y posadas para aquellos, la mayoría, que hacían el camino a pie o en palanquín. A finales de febrero era temporada baja por culpa de los torrentes crecidos por el deshielo y de las imprevisibles tormentas, que convertían en peligroso la última parte del camino, la que discurría serpenteante por la propia garganta. Las nieblas casi perennes que provocaban sus cálidos manantiales contribuían a los peligros del camino, al ser fácil perder los límites de la senda y despeñarse.
Quizás por ese motivo, la Compañía Yuyama de Setsu había elegido el onsen para su retiro invernal, para descansar y preparar el espectáculo de primavera. La Compañía Yuyama era un conocido grupo teatral de la cosmopolita Setsu, que combinaba el teatro tradicional lannetense con el musical abelense e incluía en su formación algunos instrumentos occidentales de nombre impronunciable como el saxofón. La sección de cultura del Heraldo de Setsu («¿Quién será ese heraldo?», se preguntaba Reiko mientras leía el papel impreso) la consideraba «un soplo de aire cálido que agrieta los inamovibles y aburridos glaciares del teatro clásico».
Reiko devolvió el periódico a Washamine Yukio. Llevaban medio trayecto al onsen y la joven Ishikawa ya sabía que a la hija del poderoso oyabun de la yakuza sólo era callada y tímida hasta que le daban cuerda y que le apasionaba la compañía teatral. La idea del onsen, empezaba a sospechar la joven, era en realidad un intento de Yukio de escaparse del control de su padre y poder ver las actuaciones semiprivadas que daba el grupo en el balneario. En el proceso, la chica había dejado los exquisitos modales de su variante tímida por una jovial cercanía que a Reiko empezaba a ponerla de los nervios. Cierto que había sido sugerencia suya, pero la gente lo que hacía era cambiar el dono por el sama, ¡y ya está! Más tarde averiguaría que la muchacha poseía también el florido lenguaje de un yakuza de 50 años y que sabía utilizarlo.