Tras la muerte de Jesús se abrió la veda por el Grial. No sólo Conservadores y Renovadores de El Loco, también discípulos de Jesús, tanto nephilim como humanos, sociedades secretas de nuevo cuño y de rancio abolengo, poderes más mundanos… todos querían la joya y los secretos que ocultaba. Por ello, la rama burocrática del Arcano decidió por unanimidad en una reunión secreta convocada por el de Arimatea (tan secreta que no lo comunicó a nadie más) poner el Grial a salvo lejos de Judea.
Así, los Guardianes del Grial y el de Arimatea dejaron Tierra Santa con el Grial y, según algunos, acompañados de varias discípulas de Jesús. Su partida supuso un gran escándalo en Jerusalén y se les acusó abiertamente de haber robado la sagrada copa. Las distintas facciones hicieron un alto en su particular enfrentamiento para perseguir a los prófugos.
Las vicisitudes de estos, su complicada travesía por el Mediterráneo y los peligros y aventuras que corrieron en los años siguientes no nos interesan aquí. Bástenos decir que el de Arimatea encontró refugio finalmente en Britania, tierra que conocía y en la que tenía amigos (no olvidemos que su fortuna provenía, principalmente, de las minas de estaño y de su comercio, y no creo que tenga que recordar dónde estaban las principales minas de estaño de la Antigüedad). En aquel entonces Yaltaka y Pírixis habían sido reabsorbidos por sus estasis tras la muerte de sus respectivos simulacros, así que el de Arimatea llegó a Albión no sólo con el Grial, sino también con las estasis de sus compañeros.
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