El desafío de los 30 días 2015 — Cuarta pregunta

Pregunta 4: En todo mundo de fantasía medieval existen grandes dioses, gigantescos poderes que enfrentan a sus seguidores, unos contra otros, que los envían a grandes gestas, los utilizan en sus maquinaciones, y los empujan a guerras con y sin sentido. Todos han oído hablar de esas grandes entidades. Los Valar del Señor de los Anillos. Los desaparecidos y retornados dioses de la Dragonlance. Los poderes del Caos de Elric. E incluso en la historia antigua tenemos a los dioses romanos, griegos, persas, aztecas, etc, etc. Pero no vamos a acordarnos de ellos. Hoy es día para acordarse de esos dioses menores, esos pequeños poderes, tan extraños como desconocidos, cuyas aspiraciones son tan ignotas como son sus avatares. Elige o inventa a uno de esos dioses y descríbelo.

Pues igual podía haberme ahorrado la entrada de ayer y haber hecho un 2×1 :D.

Benne Pedart es el dios de Kepsa, el lar del lugar. Pequeño y etéreo, corretea por el complejo protegiéndolo de los peligros del exterior (ladrones, ratones…). Los huéspedes más sensibles a lo sobrenatural a veces lo ven, confundiéndolo con un gnomo o un pixie. Tiene un altar junto a la entrada donde recoge las ofrendas más grandes (le encantan los pastelillos de crema de la patrona). También se mete entre las mesas para recibir las gotas que se derraman en su honor en cada brindis.

Odia a Rovvan, el dios-río porque mata a los huéspedes de su hogar que no dejan ofrenda en el altar del embarcadero, pero con el resto de dioses se lleva bien. Rara es la caravana que no lleva un altar portátil o el clérigo que viaja sin su símbolo sagrado, así que Benne Pedart habla con todos, se mantiene al día, hace los favores que puede y luego los pide de vuelta.

Porque Benne Pedart se preocupa por los huéspedes que pasan por Kepsa. Atiende a sus ruegos, aunque sean pocos (“Oh, dios, que la cama no tenga chinches y el agua del baño esté caliente” o “Por favor, por favor, por favor, que el demonio de fuego y las hordas de orcos de la mina maldita del enano no entren aquí”) y gusta de seguirles la pista. Se alegra por las bodas y el nacimiento de los hijos y se entristece por la muerte de los padres y abuelos. Anota todo lo que averigua de los huéspedes en libros que guarda en su semiplano, aunque los últimos volúmenes los está guardando en el desván por falta de espacio.

Lo que más le gusta es conseguir que viejos conocidos se reencuentren en Kepsa. Para eso usa todos sus contactos, todos los favores debidos. Amigos, amantes, viejos enemigos… Para él no hay nada como ver morir a un hombre en brazos de su amada tras un espectacular duelo con su enemigo jurado, mientras éste llora recordando el tiempo en que fueron los mejores amigos del mundo. Todo, mientras saborea un pastelillo.

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