Sakura — Yukikaze III: la espada

El nuevo día sorprendió a los samuráis cansados y ojerosos. Resolver el caso de los ronin se había vuelto prioritario si querían justificarse ante su señor por las heridas sufridas por la joven Reiko. La dama Kaoru se había presentado en cuanto tuvo noticia de lo ocurrido, para cuidar de su prima. Venía con una fuerte escolta, lo que permitía a nuestros samuráis salir de caza sin temor a un nuevo atentado, improbable de por sí a plena luz del día.

Muertos los cinco ronin, dos vías de investigación quedaban abiertas: la primera, husmear por los lugares donde se habían movido, con la esperanza de encontrar alguna pista sobre sus contratantes. La segunda, intentar averiguar quién había sido su objetivo. Sobre este punto, algo tenían avanzado: sabían quién no. No podía ser un samurái de la ciudad ni tampoco uno de importancia, pues su desaparición ya habría llamado la atención a vecinos, vasallos o criados. Tenía que ser un ronin, un samurái de bajo rango o alguien viajando de incógnito. En cualquiera de los casos, debía haberse alojado en algún sitio. Hosoda Genji y la joven Nakamura Nobi fueron a patearse las posadas de la ciudad.

Empezaron por aquellas que ofrecían un lugar tranquilo y limpio y pocas preguntas. El tipo de lugar que escogerían ellos de querer moverse sin llamar la atención. Y dieron en el clavo: dos huéspedes llevaban tres noches sin aparecer, pese a haber dejado sus cosas en la habitación y ésta pagada por siete u ocho días más, los señores Maruyama Yoshitaka y Kibe Saru. Maruyama, recordó Nobi, era un samurái bastante conocido, un vividor mujeriego y muy diestro con la espada que vivía en Tsukikage, la capital de Lannet. Los rumores que escuchara en el palacio de la daimio el día anterior apuntaban a que el samurái había abandonado ese tipo de vida el año anterior y, algunas, hasta apuntaban a algún tipo de relación con la propia Shigeko Kaoru y la misteriosa renuncia del padre de Isshin como su guardaespaldas personal.

Aferrándose a esta pista, Nobi obligó al posadero a enseñarles la habitación de los desaparecidos. En cuanto ella y Genji quedaron solos, la registraron de arriba abajo. Encontraron petates con ropa, enseres y algo de dinero. También una carta, con el sello de la mismísima Asakura Tatsuya, cabeza de la poderosa familia Asakura a sus seis añitos. La carta, leyó Genji, citaba a Maruyama para el solsticio de verano en los dominios de Asakura para acabar con un oni que aterrorizaba las lindes del Bosque Sellado.

El porqué de la cita lo encontraron oculto bajo los tatamis de la habitación, envuelto en tela para ocultar su forma: una espada, y no una espada cualquiera. El rojo carmesí con incrustaciones de nácar y el intrincado dibujo de la guarda la identificaban como Yukikaze, una katana de gran renombre, que se decía había entregado la mismísima Minako-hime a su amado humano durante la guerra contra Yagarema, el Dios Insidioso. Ya tenían el móvil del crimen. La volvieron a su envoltorio y se la llevaron, junto con el resto de enseres. Al posadero le dijeron quiénes eran y dónde podían encontrarlos, por si volvieran Maruyama o Kibe.

 

Manabu el mayordomo y Nakamura Ken, por su parte, habían seguido la primera vía de investigación: averiguar quién había contratado al grupo de ronin. Manabu era quien mejor se conocía la ciudad, al vivir en ella todo el año, así que sabía en qué tabernas y casas de comida se solían encontrar ronin buscando contrato. Todo era cuestión de ir de una a otra adulando, sobornando y amenazando en cuidado equilibrio hasta obtener la información deseada. Aimi era la ciudad de las miradas indiscretas, era imposible hacer nada en total secreto. El mayordomo tenía a su favor una empatía e intuición fuera de lo normal que le permitía tanto adelantarse a los deseos de sus señores como descubrir quién miente u oculta un secreto. Tenía en contra la presencia del gigante Nakamura Ken, hombre más dado a sacudir hasta obtener respuestas y que estuvo a punto de lograr que el tabernero que podía darles respuestas huyera en busca de protección.

Con todo, consiguieron la información. Descripciones vagas que a Manabu le sirvieron para hacerse un retrato mental muy convincente. También se enteraron de que Naoto, uno de los ronin, estaba con una mujer que regentaba un puesto de comida en el mercado. El interrogatorio de la mujer no dio más información, pero viendo el ajetreo del mercado cayeron en la cuenta de que quien estaba detrás de todo tenía que comer y, si no quería ser visto (hasta el momento no habían tenido suerte con la descripción obtenida), debía hacerse llevar la comida. Preguntaron entonces a los repartidores y, ¡bingo! Uno de ellos llevaba ya varios días llevando comida a una granja al otro lado del río, casi frente a la casa Ishikawa, una casa alquilada. La descripción que dio el repartidor de los clientes no coincidía con la que ya tenía Manabu, pero daba un aire de familia: hermanos o padre e hijo. Comida suficiente para seis o siete personas, esto es, para dos o tres samuráis, los tres ninjas ya cazados y uno o dos prisioneros.

 

Ambos grupos habían quedado en reunirse a medio día en una concurrida taberna del centro. Cuando Nakamura padre y Manabu llegaron, Nakamura hija y Hosoda ya estaban comiendo en un reservado. Rápidamente, se pusieron al tanto de lo que habían averiguado. Nakamura padre quiso ver la espada con sus propios ojos, pero Hosoda se negó en rotundo a sacarla de las telas: temía las consecuencias de mostrar la espada sagrada en público. La discusión subió tanto de tono que el resto de parroquianos se asomó a ver qué pasaba. Hosoda llegó a ofrecer resolver las diferencias en duelo, en privado y en casa. El veterano Nakamura Ken no recogió el guante, aunque el ofrecimiento calmó los ánimos y decidieron volver a casa y mostrarle el arma a la convaleciente Ishikawa Reiko.


En el reservado del fondo montaban jaleo los samuráis, señor policía: debían de estar borrachos.

El paseo de vuelta les permitió reflexionar sobre la naturaleza del arma que tenían con ellos. Cuando se reunieron con Reiko, nadie se atrevía a mostrar la espada. Tuvo que ser la propia heredera del dominio de Los valles de Minako-hime quien deshiciese el envoltorio para examinar la espada forjada con la misma esencia de Minako-hime. Un suspiro quedo se le escapó al verse reflejada (cara tumefacta y con un aparatoso vendaje, cortesía del enfrentamiento de anoche) en la hermosa hoja. Devolvió con reverencia la hoja a su vaina, de donde no la había extraído más de cuatro dedos, y la colocó en un lugar de honor en la casa.

—El origen de esta espada está unido al de nuestros clanes, los Ishikawa, Nakamura y Hosoda. Nos habla de los tiempos en los que la propia Minako-hime gobernaba en persona su dominio y nuestros antepasados eran sus fieles vasallos. Es, sin duda, cosa del destino que nos hayamos visto envueltos en esta historia. ¡Preparad las armas! Esta noche habrá acabado todo.

 

Al caer la noche, atacaban la granja. La joven Nakamura Nobi se había infiltrado antes, localizando tres caballos de guerra en un establo improvisado, oculto a las miradas curiosas. Dentro de la casa, encontró a una persona atada y que respiraba con dificultad en una estancia y otras tres, cenando y haciendo planes, en otra. Salió y, por gestos, se lo hizo saber a sus compañeros. Era innecesario: Reiko, al ver la forma de la casa y la luz de la estancia principal, había llegado a la misma conclusión. Un presentimiento, diría ella. En realidad, un efecto de los poderes telepáticos que empezaban a despertar en ella.

Siguiendo las órdenes de la joven heredera, Hosoda Genji (caballería ligera) rodeó la casa para cazar a cualquiera que intentara huir con su arco. Nobi (contraespionaje) volvió a la casa para poner a salvo al que creían Maruyama. Y Nakamura Ken y Mamoru el mayordomo (infantería pesada) echaron abajo la puerta principal con grandes gritos. Los tres samuráis de la casa no eran oponentes para los experimentados samuráis Ishikawa y no pudieron huir. Dos fueron muertos y el tercero se rindió, suplicando clemencia.

 

Del tercero obtuvieron una confesión detallada a cambio de clemencia: él y sus compañeros muertos eran hermanos, los hermanos Tamotsu. Un clan menor venido a menos con el correr del tiempo. Un shugenja llamado Kamyu Arata les había prometido ayudarles a recuperar su antiguo esplendor, un plan que empezaba por hacerse con la espada Yukikaze y reemplazar a Maruyama en un encargo que ellos aún no conocían en el solsticio de verano (la petición de Asakura, pensaron los Ishikawa). Contrataron a un grupo de ronin que les entregaron a Maruyama, pero no a la espada. Mientras interrogaban a Maruyama (le habían roto los huesos de manos, pies y brazos hasta conseguir que hablara, esa misma tarde), se habían puesto paranoicos, así que habían usado a tres ninjas suministrados por el shugenja para eliminar a los ronin y a cualquiera con quien hubieran podido hablar. Cuando los Ishikawa les habían sorprendido, se preparaban para ir a por la espada a la posada que les había indicado Maruyama.

 

No acabó ahí la historia. Al día siguiente por la mañana, aporreaba la puerta de la casa Ishikawa un samurái herido. Decía ser Maruyama y venía reclamando su espada. Resultó que Maruyama y Kibe, ambos muy parecidos, intercambiaban papeles cuando viajaban, como medida de precaución. Cuando fueron emboscados por los ronin, el verdadero Maruyama, tras matar a uno de los atacantes, había sido malherido y, dado por muerto, arrojado al río. Rescatado por unos pescadores, había estado debatiéndose entre la vida y la muerte estos días. Apenas recobrara algunas fuerzas, había vuelto a Aimi, a la posada, en busca de Yukikaze. No estaba, claro, pero el posadero le había contado quién se había llevado sus pertenencias. Suponiéndoles los responsables del ataque, se presentó en la casa exigiendo justicia.

Maruyama y Kibe permanecieron varias semanas en casa Ishikawa recuperándose de sus heridas. Maruyama fue el primero en marcharse. Sin su sirviente, tuvo que completar su viaje solo. Kibe nunca recuperó la movilidad de sus extremidades. Cuando se hubo recobrado lo suficiente, se hizo llevar en palanquín a su casa, en la capital. Se quitó la vida un par de años después, incapaz de superar su invalidez.

Tamotsu Takehiro, el tercero de los Tamotsu, murió en su celda a los pocos días. Igual que el ninja capturado. Los médicos certificaron muerte debida a las heridas sufridas en combate, en ambos casos.

Sakura, un cuento de Lannet 1×03. Con Hosoda Genji (guerrero acróbata), Ishikawa Reiko (guerrero mentalista), Manabu el mayordomo (paladín oscuro), Nakamura Ken (maestro de armas) y Nakamura Nobi (sombra).

Para esta partida se nos unió el Teniente Du’Pont como Manabu el mayordomo. Hacía mucho tiempo que no dirigía a tantos jugadores y el resultado no fue el que a mí me hubiera gustado.

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