Sobreviviendo

El jueves pasado tuvimos la primera partida desde febrero. Un paso para recuperar mi vida normal tan deseado como necesario. Han sido y son días difíciles. Por fortuna, me he escapado de ERTE y demás, ya que en mi departamento teníamos trabajo de sobra por hacer y el que el resto del mundo esté parado hasta nos favorece. He tenido tiempo de probar el trabajo desde casa: tengo una habitación que hace de despacho en el piso y sólo tuve que traerme un monitor y la silla de la oficina (la que tengo en casa no es para estar mucho rato). Ya teníamos antes VPN para acceso remoto (comerciales, nosotros para emergencias y actualizaciones en horas peculiares) que hubo que estirar para dar acceso al resto del personal que se quedaba. Días de agobio al principio, con muchas horas echadas en soporte; luego, poco a poco la rutina: mcuho tiempo para programar, mucho trabajo avanzado.

En la Cubanocueva, cuando aún hacía frío


Y los efectos secundarios: el despacho es pequeño y oscuro y, conforme avanza la estación, el sol empieza a dar a primera hora de la mañana en la ventana, lo que me obliga a bajar persiana y trabajar con luz artificial o, cuando el calor aprieta, en penumbra (y el ventilador a medio metro). El horario se hace difícil de cumplir y si necesito una siesta, ya estoy liado toda la tarde, además de la mañana y mi mujer se termina quejando de que hay días que casi no me ve, estando a una pared de distancia. El silencio ayuda a concentrarse, aunque a la larga es una carga psicológica. Me compré una webcam, pero tampoco necesito tantas reuniones con el departamento. Llegó un momento en el que me levantaba de la cama para trabajar y, cuando paraba, me volvía a ella. La astenia primaveral es una vieja conocida y hace tiempo que aprendí a controlarla precisamente centrándome en el trabajo, pero hacía muchos años que no me daba tan fuerte. Así que, en cuanto he podido, he empezado a volver a la oficina, grande, luminosa, fresquita, con espacio para moverme y gente para ver. Al menos, el poco de cara que permite la mascarilla. Los últimos días los he pasado así: la mañana en la oficina, gastando el tiempo en mil incidencias y el rato de la tarde, programando e intentando cerrar proyectos cuyas especificaciones cambian a cada reunión y ya he decidido desmontar el chiringuito y volver a la oficina toda la jornada. El teletrabajo es interesante y en otra situación me encantaría (con una casa más luminosa o atascos matutinos por evitar) pero, ahora mismo, hasta le he cogido el gusto a las oficinas diáfanas, ruidosas y llenas de distracciones.

Lo bueno de esto, además de una mejora de ánimo considerable, es que despacho y ordenador han vuelto a ser zona lúdica y me he desbloqueado y he conseguido preparar una sesión de Baile de máscaras. Un poco de rol tras el confinamiento, que ya lo pedía el cuerpo. Vernos las caras y vivir una historia juntos. Vivir y no sólo sobrevivir.

Ya casi hemos alcanzado la mitad de este extraño, terrorífico y misterioso año. Ojalá vivas tiempos interesantes, que dice la maldición. Benditos sean los años predecibles y tranquilos.

Nos vemos en el Forlon.

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