Sakura — Dragón de Jade

Ishikawa Reiko, Hosoda Genji e Hitomi abandonaron Montaña Blanca dos días después del ritual de la primavera. Llevaban consigo tres caballos y dos mulas. A Honjo Satoshi, el samurái renegado, lo enviaron finalmente con Kato Misaki para que lo dejara a buen recaudo en las mazmorras del castillo de los Masaki. Acordaron con él una contraseña de entrega, pues estaban seguros de que el señor Saito, jefe de policía en Aimi y agente de la inteligencia imperial, querría interrogarlo a fondo.

El falso invierno provocado por el ritual de Okuzaki Jin había durado casi dos meses. Dos meses de frío intenso, fuertes heladas y mucha nieve. Ahora, mayo quería recuperar el tiempo perdido y el sol calentaba con fuerza, deshelando los campos y los montes. Se avecinaban días de aludes, crecidas e inundaciones.

Nada de esto preocupaba a Genji y a Reiko. Sus planes estaban puestos en el misterioso Jinbo. ¿Cómo dar con él? ¿Cómo conseguir que los llevara hasta el esquivo Kamyu Arata? Por lo pronto, pararon en la primera casa de postas que se encontraron en la carretera de Setsu a Tsukikage para mandar cartas: al señor Saito, a las primas de Reiko Kaoru y Tsuki, a los oyabun Fujimura y Washamine y, a través de la hija de Washamine, a la prometida de Genji, Sachiko. A Saito y a Tsuki les informaron de todo lo sucedido y a los oyabun, del fin del invierno. A Kaoru la preguntaron por la situación en Aimi y en Los Valles de Minako-hime, mientras que la carta a Sachiko era la de un enamorado a su prometida.

Esa noche, en la posada donde se hospedaron, tuvieron un encuentro curioso que tendría graves consecuencias. Genji había salido un buen rato después de la cena, cuando todo el mundo estaba ya acostado, a dar un paseo alrededor del edificio por si veía la señal que indicaría que compartían alojamiento con Jinbo.

Al volver al interior, vio a una joven pareja pidiendo alojamiento. Era poco más que unos niños, pues no tendrían más de catorce o quince años. El muchacho llevaba el daisho y trataba de aparentar una templanza que no tenía. La chica era de piel blanca y manos delicadas, lo que contrastaba con sus sencillas ropas de viaje.

Lo comentó con Reiko y decidieron invitarlos a desayunar al día siguiente. No tuvieron ocasión: se asustaron cuando Genji llamó a su puerta por la mañana y huyeron descolgándose por la ventana.

Durante el desayuno, mientras aún se preguntaban quiénes serían los dos muchachos, llegó un grupo de siete samuráis a pie. Tenían pinta de llevar en marcha desde bastante antes del alba. El que parecía el oficial al mando interrogó al posadero, que le llevó a la planta superior. Reiko aprovechó para hablar con uno de los samuráis, pues sospecharon que iban detrás de la pareja. El samurái, incapaz de resistirse a los delicados modales de una chica tan hermosa como Reiko, contó sin reparos que la muchacha era la hija menor del hatamoto Nagoshi Shin’ichi, que se había enamorado de un gaijin en Tsukikage el otoño anterior y ahora se había fugado de casa de su padre e intentaba llegar a Setsu. Del chaval que la acompañaba nada dijo.

Reiko y Genji se habían interesado por los dos muchachos y ofrecieron información y su ayuda a los samuráis. Éstos se mostraron reticentes, pero los caballos terminaron por convencerlos. Los dos jóvenes partieron a galope por la carretera, mientras los siete samuráis se dividían para cubrir los caminos secundarios. Hitomi se quedó en la posada por una inoportuna caída del caballo sufrida cuando ya había convencido a sus acompañantes de que no la dejaran sola.

No fue complicado seguir el rastro de la pareja: Reiko había sondeado la mente del muchacho la noche anterior y ahora seguía su eco como una brújula sigue al norte. Pocos kilómetros más adelante, había abandonado la carretera hacia el suroeste, cruzado unos campos de cultivo y se había internado en un bosque. Reiko y Genji preguntaron a unos campesinos, para confirmar.

—Sí, claro que los vimos. Les gritamos que no fueran al bosque, pero no nos hicieron caso o no nos oyeron. Espero que no les pase nada, pues puede que haya aún bandidos. Atacaron nuestra aldea ayer, se llevaron toda la comida que pudieron y se adentraron en el bosque. Hemos mandado hoy a un par de chicos al cuartel, en busca de la policía. Aunque no creo que vengan: los bandidos eran muchos.

Preocupados por lo que acababan de oír, apretaron el paso. Encontraron a los bandidos en un claro abierto por un riachuelo al pie de una pared rocosa: una quincena de hombres en pie, armándose con arcos y lanzas, y varios más, enfermos o heridos, en dos chozas improvisadas, alertados por un centinela que descubrieron en la linde del bosque. La mente del chico estaba detrás de una de esas chozas, sin moverse.

Reiko saltó del caballo, desenvainó la katana de Honjo y conminó a los bandidos a entregar a la chica. El tono, cargado de muerte, la mirada y la postura de la joven paralizó a los bandidos. Sí, eran sólo dos samuráis, pero, ¿de dónde sacaban ese aplomo? Algunos habían reconocido, además, la espada, entre ellos el que parecía el jefe.

—¿Por qué tenéis la espada del señor Honjo? —logró, por fin, articular el jefe.

Reiko no titubeó.

—Honjo fue herido en el norte en un combate contra los Shimazaki y ha quedado lisiado. Me ha encomendado su espada y terminar su misión —Al ver que los bandidos dudaban, continuó—. Buscamos a Jinbo. ¿Tenéis noticia de por dónde anda?

Aquello pareció convencer a los bandidos.

—Lo vimos hará una semana. Iba hacia la carretera de Koga.

—Gracias. Ahora, entregadnos a la chica, por favor. Se qué ha entrado en el bosque: una muchacha de unos quince años, acompañada por el chaval que está agazapado tras aquella choza.

—El chico nos la ha vendido y no se la hemos pagado mal —Rio—. ¿Qué interés tenéis en ella?

—Nosotros, ninguno. Pero hay siete samuráis removiendo cielo y tierra para dar con ella y cuando sepan que se metió en un bosque infestado de bandidos, se les unirá la policía: es la hija de un rico hatamoto.

La revelación de Reiko surtió el efecto deseado. Lo último que desean los bandidos era llamar la atención. Por desgracia, la chica ya no estaba allí.

—Takeshi se la llevó con las otras dos que teníamos. Vamos retrasados con las entregas y se ha adelantado con las monturas que teníamos.

Recibieron indicaciones para seguir al tal Takeshi y el santo y seña adecuado, pidieron y les dieron al chaval y partieron, no sin recomendarles que se fueran del bosque cuanto antes.

—Los campesinos que atacasteis han mandado llamar a la policía. Si el mensajero se encuentra con los samuráis del padre de la chica y le cuenta que la ha visto, estarán aquí en muy poco tiempo. Son samuráis veteranos, no seríais rival.

 

Reiko le dio un escarmiento al chaval luego, amagando con cortarle la cabeza. El muchacho se defendió diciendo que se había encontrado de bruces con los bandidos y se le ocurrió el contarles que quería venderla como única opción para que no lo mataran y se la quedaran de todas formas.

Era una rata asustadiza, hijo de un samurái y expulsado de casa por su madrastra tras la muerte de su padre. Demasiado mayor para haberse convertido en un pillo de la calle, demasiado joven para tener el entrenamiento de samurái que le hubiera permitido buscarse la vida como guardaespaldas y su patetismo hizo que Reiko desistiera hasta de darle unos azotes. Lo tiró al río para que se limpiara y le confisco el daisho, dejando para más tarde la decisión de qué hacer con él.

A Takeshi lo encontraron poco después, muerto. Las monturas estaban por allí, pero no había rastro de las muchachas. La forma en que había muerto, unas telarañas a su alrededor y, sobre todo, una gigantesca huella de gallina, revelaron a los samuráis que tenían que vérselas con una vieja conocida.

El rastro, contra lo que pudiera parecer, no fue fácil de seguir y Reiko tuvo que echar mano, de nuevo, a sus poderes. Encontraron la cabaña hacía medio día. No vieron a la dueña, que no llegó a salir de la cabaña, y tuvieron que hablar con su pareja, un hombre gigantesco y peludo como un oso, que gruñía sin hablar.

Consiguieron que le diera la hija del hatamoto, no así las otras dos chicas. Por lo que entendieron, las quería usar de cebo para atrapar a los traficantes y luego las soltaría. Dijera la verdad o no (o si lo habían entendido bien o no), la suerte de las otras chicas les importaba poco y, desde luego, no lo suficiente para entablar batalla.

 

Al encontrarse con los samuráis del padre de la muchacha, les llamó la atención que lo primero que hizo el comandante, tras ver que se encontraba bien y no tenía heridas, fue preguntarle por “el Dragón de Jade”. La chica entregó un trozo de tela que envolvía algo, despertando la curiosidad de Reiko y de Genji. Cuando les invitaron a acompañarlos para que el padre pudiera agradecerles personalmente la ayuda prestada, no dudaron en aceptar.

Llegaron a casa de los Nagoshi al anochecer del día siguiente, tras recoger a Hitomi de la posada. Por el camino, Reiko instruyó a los dos muchachos sobre lo que debían contar, para intentar salvar el pescuezo del chico, y también se informó de los motivos de la chica para huir. Eran, más o menos, lo que esperaba: se había enamorado de un gaijin al que había visto en los teatros de Tsukikage (por la descripción, parecía tratarse de Goran Visnij) y, cuando su padre le anunció que había acordado su boda con un hombre mucho mayor que ella, decidió fugarse, ir a Setsu en su busca y declararle su amor.

Reiko, Genji, Hitomi y el chaval fueron alojados en el ala de huéspedes de la casa. Tras la cena, en una reunión privada con los Nagoshi, pudieron ver el Dragón de Jade. Era una pieza de jade de unos seis centímetros de longitud y dos y medio de diámetro, de formas suaves y redondeadas, con el relieve de un dragón enroscado sobre sí mismo. La joya, dijo la madre, llevaba en manos del clan desde tiempo inmemorial. La chica lo había robado por su pequeño tamaño, para poder llevarla oculta y venderla luego en Setsu si lo necesitaba.

Hitomi les contó luego, antes de acostarse, que las criadas de la casa tenían la joya por embrujada: tenían sueños con dragones con frecuencia y se lo achacaban a la pieza. Además, sólo podían tocarla las mujeres, por lo que, aunque la heredaba el primogénito de los Nagoshi, era su esposa la encargada de su cuidado.

Genji, gracias a Yukikaze, comprobó que la casa estaba infestada de yokais, de espíritus de muy diversas formas y tamaños, y decidió dormir sentado, con la espada a mano, en la salita entre los dormitorios.

Esa noche, Reiko, que había tenido la joya en las manos, soñó que era un dragón y que un kami la controlaba usando el Abanico Rojo. Tras obligarla a hacer unos extraños rituales alrededor de una gran magatama, el kami la encerró en una oscura mazmorra cuya llave era el Dragón de Jade.

Preocupada por las implicaciones de su sueño, a la mañana siguiente se reunió con la señora Nagoshi.

—Hemos visto ese Abanico Rojo en nuestros viajes. Logramos, por muy poco, evitar su robo. Hay gente que está reuniendo antiguos objetos ligados a los kami, no sabemos por qué. Si saben del Dragón de Jade, puede que lo conviertan en su objetivo. Por favor, tened cuidado —le advirtió, tras contarle el sueño.

Con el permiso de la señora, Genji examinó la joya tocando Yukikaze para poder ver los espíritus. A sus ojos, el Dragón de Jade respiraba como un ser vivo, envuelto en llamas. Aquello no hizo sino acrecentar sus preocupaciones.

 

Tras aquello, continuaron viaje. Reiko, Genji, Hitomi, sus tres caballos y dos mulas, más el caballo y las dos mulas del bandido muerto. El chaval quedaba bajo el cuidado del señor Nagoshi, que había prometido enviarlo con su señor para que lo educara y entrenara de acuerdo con su estatus.

Viajaron con prisa y mil ojos. Sabían que el mayordomo de los Nagoshi no se había fiado de ellos, como buen mayordomo y que había mandado un mensajero aquella misma mañana. Genji había sorprendido el día anterior una conversación entre dos samuráis de la escolta que habían reconocido sus caballos como unos Hirano. En la primera casa de postas enviaron correo al Ishikawa bibliotecario para que les reservara habitaciones en la posada que le indicaban y otro al señor Saito avisándoles de dónde se hospedarían.

Esto resultó providencial cuando fueron detenidos por la policía en las puertas de Tsukikage por llevar salvoconductos falsificados. El señor Saito había sido llamado a la capital y, en cuanto recibió el correo, puso a sus hombres en alerta: el correo de los Nagoshi había llegado antes al palacio de los Takashi y movían a sus agentes.

En cuanto se enteró de la detención del grupo de Reiko, envió a un destacamento de sus hombres. La discusión sobre jurisdicciones se solventó de forma rápida, gracias a que varios de los hombres de Saito llevaban pistolas. Ya con el grupo bajo su custodia, les hicieron dar sus ropas a unos agentes, que pasarían la tarde dando vueltas por la ciudad, y, tras darles nuevos salvoconductos, los llevaron a casa de Saito.

Estuvieron en casa del policía hasta tarde, intercambiando información. Le pusieron al tanto de todas sus aventuras y del paradero de Honjo. Saito les explicó la situación actual de Lannet.

—El peligro de una guerra civil inminente se ha diluido —les contó—: nadie quiere embarcarse en algo así con el fantasma de una hambruna en el horizonte. Este invierno antinatural ha apaciguado los ánimos de los poderosos. Ojalá fuera así para todos. Tsukikage se ha convertido en un lugar peligroso, donde los samuráis se baten por cualquier nimiedad para dejar alto el honor de su casa. Un derroche inútil de vidas.

También les contó que el enfrentamiento entre las grandes casas se había trasladado a las sombras: espías y contraespías disputaban un peligroso juego.

—Prueba de ello es lo que os ha ocurrido a vuestra llegada. Un mensaje que llega a la casa Takashi de uno de sus hatamotos advirtiendo de dos viajeros. Aún no sé de quién partió la orden de deteneros en la puerta, si de alguna de las grandes familias, del misterioso enemigo al que combatimos o de alguien más. No tardarán en identificaros: vuestros caballos llaman mucho la atención y son fáciles de rastrear. Tened mucho cuidado: la recompensa por vuestra cabeza es muy golosa.

La hija de Saito les dio recuerdos de Sachiko y de la hija de Washamine y le dio a Genji un regalo de su prometida: una herradura nueva que hizo que el joven se pusiera melancólico y se quejara (“¡Sólo piensa en caballos!”, dijo). Luego, los acompañó hasta la posada, donde ya estaban sus caballos y equipaje.

El encuentro con Saito fue reconfortante, pero, a la vez, los dejó más preocupados. Tenían muchas cosas que hacer en Tsukikage, pero la ciudad les era hostil. Esa noche les costó pegar ojo. ¿Qué les depararía el día siguiente?

Sakura, un cuento de Lannet 3×01. Con Hosoda Genji (Menxar) e Ishikawa Reiko (Charlie).

Primera sesión de la tercera temporada. Una partida sencilla y prácticamente improvisada (el esqueleto lo monté durante un descanso en el trabajo, aunque no me terminaba de convencer, la historia del Dragón de Jade se me ocurrió sobre la marcha) para retomar el ritmo tras un mes y pico de parón. Los personajes están ya en nivel 6 y se nota en sus habilidades y no sólo las marciales: Reiko intimidó primero y engatusó después al grupo de bandidos a base de labia y algo de suerte, en uno de los pocos encuentros donde decidieron evitar el enfrentamiento.

Hubo otro combate, que no he llegado a mencionar por lo breve: un encuentro de bandidos, para hacer patente lo inseguro de los caminos. Mataron a unos cuantos y perdonaron la vida al jefe a cambio de todo su botín.

Ahora mismo lo tienen muy difícil para pasar desapercibidos: sus caballos, las espadas de Honjo (aunque a éstas piensan cambiarle empuñadura y guarda), Yukikaze (otra vez envuelta en telas y sustituida en el obi de Genji por una katana normal)… Los próximos días en la gran ciudad van a ser divertidos, sin duda.

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