Sakura — El banquete de los tengu

La carretera de Aimi a Tsukikage era una carretera imperial con todo lo que ello conllevaba: un camino ancho, sin pavimentar pero de buen firme, sobre un terraplén, con árboles de sombra en los laterales, con sus ramas aún desnudas en aquel invierno tardío, y casas de postas, tabernas y posadas a intervalos regulares. Desde las tierras altas de Aimi bajaba siguiendo el Shin a los llanos de Kusa y servía, durante su tramo inicial, de frontera entre vasallos de los Asakura y de los Oda.

Más de trescientos kilómetros de viaje que Hosoda Genji, haciendo acopio de su autocontrol, planeó con calma. Por mucho que el instinto le pidiera abrir cuanta más distancia mejor con Nakamura Ken, sabía que debía mimar a sus monturas, un recurso irremplazable en aquellos momentos. No podían correr más que un perseguidor con derecho a cambiar de montura en las casas de postas o que una paloma mensajera. Además, los días eran aún cortos y fríos y, aunque Reiko parecía insensible a las bajas temperaturas, agradecía tanto o más que él el dormir bajo techo tras un baño caliente.

Las dos primeras jornadas transcurrieron sin incidentes: poca gente en los caminos —unos buhoneros entre aldeas y unos ronin que miraron sus pertenencias con ojos golosos—, el frío de las montañas y el miedo a los perseguidores que les hacía volver de continuo la cabeza. El tercer día se encontraron con una partida de samuráis Oda atacando una aldea Asakura a medio kilómetro de la carretera. Era una masacre y estaba claro que los Oda abandonarían la aldea con su botín mucho antes de que el señor feudal de aquellas tierras pudiera acudir en su defensa. Genji y Reiko no dudaron: eran unos fugitivos, pero seguían siendo vasallos de los Asakura y tenían unos deberes.

Los campesinos que huían, al ver a los dos samuráis que avanzaban hacia la aldea, corrieron hacia ellos. No tanto buscando una improbable ayuda como para poner obstáculos entre ellos y los Oda. Los samuráis que iban en persecución, al ver a los dos jóvenes, tiraron de arco para ahuyentarlos. Genji sonrió despectivo: los asaltantes llevaban arcos cortos para tener una mejor movilidad. El arco largo que llevaba en la mula tenía mucho más alcance, su caballo era un Hirano entrenado por los Hosoda y el propio Genji era el mejor jinete Hosoda, el principal clan de caballería de Los Valles de Minako-hime.

Los Oda comprendieron que no podía subestimar a los dos misteriosos jinetes al ver caer a sus primeros camaradas. Al grito de su capitán, cerraron filas y cargaron contra ellos. Reiko, para desesperación de Genji, desmontó y les esperó con los dos tantos —el de Minako-hime y el que le regalara el oyabun Washamine— desenvainados. Cuando se acercaron, tomó el miedo de los campesinos y el suyo propio, lo reforzó y lo lanzó a los caballos. Las monturas se encabritaron, se pararon en seco o escaparon en estampida. La formación se rompió. Reiko saltó hacia los Oda. El capitán, desmontado por su montura, no llegó a comprender qué ocurría. El samurái a su izquierda, tampoco. El de la derecha, al menos, tuvo tiempo de parar un par de estocadas antes de caer y ser pisoteado por su montura. Genji, por la derecha, no se quedaba atrás. Había dejado el arco y cortaba y sajaba con Yukikaze.

Aquello fue demasiado para los Oda. Rotos y desmoralizados, huyeron de vuelta a su lado de la carretera. Los que aún estaban a caballos: los heridos y los que quedaron aislados y a pie cayeron víctimas de la venganza de los campesinos. Apenas un tercio volverían a sus hogares.

Hosoda y Reiko quisieron seguir viaje enseguida, pero el jefe de la aldea no quiso ni oír hablar de ello. Con el señor ya acercándose por el este, se encogieron de hombros y decidieron esperar.

El señor de la aldea y tierras circundantes era un samurái de mediana edad llamado Matsuda. Tenía su casa entre las colinas y era señor de unas pocas aldeas dispersas. Tenía una hermosa mujer, dos hijas que habían salido a ella, un hijo en edad de blandir la espada y unos pocos sirvientes con más pinta de criados que de guerreros. Era un hombre honorable y no pudieron rechazar su hospitalidad. De él supieron que apenas una jornada por delante iba un escuadrón de doncellas guerreras Asakura. Matsuda les dijo que mandaría un mensajero para avisarlas de lo sucedido, ensalzando la valentía de Reiko y Hosoda, y que esperaba que el destacamento bajara por la carretera para evitar nuevos ataques Oda o, incluso, para llevar a cabo una represalia.

Reiko decidió pasar la noche en casa de Matsuda para partir al alba. Confiaba en evitar a las Asakura yendo por los bosques y colinas y dejarlas a su espalda. No era mal plan, pero falló por dos motivos:

El primero, porque el hijo de Matsuda, que fue quien llevó el mensaje, era un buen jinete y estaba aterrorizado con la posibilidad de una expedición de castigo Oda de mayor entidad que pudiera llegar a asaltar la casa familiar. Conocía también todos los atajos de la zona y alcanzó la posada donde habían parado las Asakura poco después del ocaso.

El segundo, porque el destacamento lo mandaba la capitana Imada Aiko. De confianza de la regente Asakura Katsumi, tenía una misión oculta: hacerse con Reiko. La había visto durante el verano y la reconoció por la descripción que le dio el hijo de Matsuda, por más que Reiko y Genji se habían presentado con los nombres de las identidades dadas por el señor Saito.

Imada tomó a la mitad de su grupo, las quince mejores jinetes, y partió reventando caballos a casa de Matsuda. Llegaron de madrugada, despertaron a Matsuda y le explicaron la situación. Ante la negativa de éste de traicionar su hospitalidad, lo inmovilizaron junto a su familia y criados y las más sigilosas del destacamento asaltaron la pequeña casa de invitados donde dormían Genji y Reiko.

Genji se despertó alertado por el silencio de quien no quiere hacer ruido. A tientas tomó la espada y se las apañó para echarlas de la habitación. Reiko reaccionó cuando la ataban. Era quien más oponentes tenía, pero a ella la querían viva. Eso le daba ventaja, porque tenía mal despertar. En aquella pequeña habitación a oscuras sus poderes telepáticos le permitían adelantarse a los movimientos de sus oponentes como si las viera a plena luz del día. Mató a una, hirió a otras dos y el resto se replegaron.

Fueron unos momentos de tranquilidad mientras las Asakura se recomponían de la sorpresa y volvían al ataque. Reiko y Genji podían haber aprovechado para huir por el jardín y saltando la tapia o intentar rodear la casa principal y llegar a sus caballos, pero Reiko decidió quedarse y luchar. Aquello estuvo a punto de costarle muy caro.

Imada Aiko intentó convencer a Reiko de que la acompañara sin resistirse, aceptando dejar a Hosoda con vida. Ante la negativa de la muchacha, se enfrentó ella sola a los dos, para no arriesgar inútilmente la vida de sus compañeras. Genji no fue rival para la experimentada capitana y caía herido de gravedad. Se encaró entonces con Reiko, pero un resbalón inoportuno abrió su guardia y la joven le clavó el tanto hasta la empuñadura en el corazón.

Reiko taponó entonces como pudo las heridas de Genji, lo arrastró a él y a sus pertenencias hasta los caballos, los cargó y abandonó la casa Matsuda aguantando las lágrimas y sin que ninguna samurái Asakura osara levantar su espada. Sabiendo que el hechizo no duraría mucho tiempo, abandonó el camino y se internó en el bosque. En una cañada oculta bajó a Hosoda del caballo y revisó sus heridas. Aún sangraban y el joven estaba pálido como un cadáver. Apenas podía contener las lágrimas. ¿Qué sería de ella si Genji moría?

De pronto, sintió como unas sombras pasaban sobre ella. Un aleteo de alas oscuras, voces ininteligibles, algunas cabreadas, otras jocosas, y una lluvia de ramas, piedras, huesos y plumas cayó sobre ellos. Reiko cubrió con su cuerpo al inconsciente Genji. Una voz retumbó en los árboles.

—¡Vete, tú que hiedes a sangre y muerte! ¡Vete y no molestes a Kashi no Kunshu! ¡Vete del bosque, humana!

Las sombras de alas negras rodeaban la cañada. Relucían a la luz de la luna las puntas de las lanzas y los collares de abalorios. Reiko, aún protegiendo a su vasallo y amigo, se encaró a la voz.

—¡Soy Ishikawa Reiko y no deseo molestar al poderoso Kashi no Kunshu, pero mi compañero está herido y necesita ayuda! ¡Soy Ishikawa Reiko, vasalla de Minako-hime! ¡Éste es su tanto, que me fue entregado por la kitsune que lo guardaba para que lo proteja en su lugar! ¡Os pido ayuda, oh, poderoso Kashi no Kunshu!

Un coro de risas y graznidos respondió a sus palabras, seguidas por un corrillo de deliberaciones. Luego, la voz volvió a hablar:

—Hablas bien, niña. Ven, seréis invitados en el banquete de los tengu.

Kashi no Kunshu era un gran señor de los tengu y aquel bosque era su centro de reunión. Reiko y Genji fueron llevados hasta un claro en su centro donde se reunieron veinte o treinta ruidosos tengus. Se encendieron antorchas, se repartieron cojines y esteras y pronto se repartieron, como surgidas de la nada, mesitas lacadas con exquisitas viandas y sake claro como el agua. Mientras un grupo de tengu tocaban y bailaban, el resto comía y bebía ruidosamente, intercambiando chascarrillos, rumores y bravatas. Pese a las protestas y disculpas de Reiko, ellos dos también tuvieron que participar en el banquete. Cada intento de defender a su malherido acompañante recibía la misma respuesta.

—¡Que coma y que beba! ¡Es lo mejor para el hombre herido! ¡Sake para borrar la amargura de la derrota y arroz para devolver la salud al cuerpo!

La comida y la bebida debían estar imbuidas de un poderoso hechizo, pues cuanto más comía y más bebía Genji más se recuperaba: sus heridas cicatrizaban, recuperaba la color el rostro y volvían las fuerzas a sus miembros. También Reiko se vio afectada: notó como el cansancio y la desesperación desaparecían, así como la barrera que siempre la separaba del mundo y pronto tanto lloraba como reía ante las ocurrencias de los tengus.

Después de mucho comer y mucho beber, los tengus empezaron a gritar “¡Las pruebas! ¡Las pruebas!” y Genji y Reiko se vieron obligados a competir con sus anfitriones, cada uno en tres pruebas: una de destreza marcial, otra de proezas atléticas y otra de talento artístico. Esa noche, y no era la primera vez, echaron de menos el talento de Manobu Raiden para la música.

Fueron unas pruebas muy reñidas que remató Reiko narrando con gran gracia y expresividad sus aventuras desde el enfrentamiento con la Mujina hasta esa noche. Los tengus saltaban emocionados, representaban los combates con grandes aspavientos y nubes de plumas y se sorbían sonoramente las lágrimas y los mocos. Cuando la muchacha terminó, todos los tengu, en silencio, miraron a su señor. Kashi no Kunshu se levantó con majestuosidad e hizo una profunda reverencia a sus invitados.

—Ha sido una gran historia. Habéis vivido aventuras suficientes para varias vidas de hombre y también y sin querer me habéis traído noticias de viejos amigos a lo que no veo desde largo tiempo ha. Esta noche ha sido una gran noche para Kashi no Kunshu y su tribunal y la recordaremos por largo tiempo. Esperamos que, a la vuelta de vuestros viajes, paréis en este claro y nos contéis el resto de vuestras aventuras.

»Escuchad lo que os digo: la ciudad de Yokai es un sitio peligroso para los humanos. Si insistís en ir en busca de Kamyu Arata, buscad antes al Perro Salvaje de Setsu. Él os podrá llevar a la guardia de los Cinco Elementos. Y, sobre todo, ¡no sigáis a la rana, el onsen no es para vosotros!

»Ahora descansad. Llevamos ya tres noches y tres días de fiesta y eso es mucho hasta para los tengus. No tengáis preocupación, os dejaremos en el extremo norte del bosque, con las alforjas llenas. ¡Qué el viento siempre sople en vuestras alas!

Sakura, un cuento de Lannet 2×03. Con Hosoda Genji (Menxar) e Ishikawa Reiko (Charlie).

El tribunal de los tengu es parte de una aventura del suplemento de Runequest Tierra de Ninjas.

Francamente, yo esperaba que, si caían en la emboscada Asakura, huyeran al bosque y de ahí que intentaran recuperar sus pertenencias eliminando a sus perseguidoras una a una o bien que dieran por perdidos caballos, provisiones, arco y armaduras y terminaran con los tengu, no que se enfrascaran en un combate tan desesperado como innecesario. A punto estuvo la historia de Reiko de terminar abruptamente y obligarme al plan B (su prima Tsuki y Saki, la joven samurái).

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2 comentarios para “Sakura — El banquete de los tengu

  1. Esta vez estuvo muy cerca. Con un grupo de dos hay que tener mucho cuidado con los riesgos que se corren, porque basta una mala tirada, que caiga uno, para que la situación se complique en extremo.

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