El Ícaro — El mal del norte I: elfos y mujeres

El Ícaro sufrió graves daños cuando se estrellaron en la isla volante de Ynys Mawr, en el ya lejano febrero. El comandante albergaba la esperanza de repararlo durante el largo invierno que se avecinaba, en parte por ser la nave que le habían confiado, en parte por ser muy superior a los barcos volantes de que disponían los pueblos de la zona. La isla, en forma de ciudad abandonada, grandes bosques y poblaciones cercanas, aportaba la mayor parte de las necesidades de piezas y material: acero, cobre, madera, colas y barnices… Incluso materiales desconocidos o casi desconocidos, como aluminio de gran calidad, plásticos y materiales compuestos. Sin embargo, seguían sin poder reparar la cubierta o la celda de gas número 2. Para la cubierta eran necesarios unos 400 metros cuadrados de tela barnizada. Destruidos los telares de Nidik durante el ataque de la Máquina, en marzo, la esperanza ahora era Sevilla, en Entreaguas, a donde habían enviado al profesor Jorgen Forgen.

El asunto de la bolsa de gas era harina de otro costal. Necesitaban estómago e intestino de vaca tratado en cantidades absurdas para los pequeños asentamientos que conocían. La primera intención, sugerida por un comerciante enano, había sido comprarlo en Finisterra, pero los enfrentamientos con el gran reino de poniente les habían cerrado esa puerta. Durante la recepción en Córdoba, el capitán Paolo había tanteado a los comerciantes locales, sólo para descubrir que la ganadería en Entreaguas era anecdótica. Pero, le contó Herschel hijo de Glóin, dvergar libre y comerciante de pieles, en las Grandes Llanuras abundaba el búfalo, del que los elfos eran grandes cazadores. Elfos que él conocía y que se veían amenazados por un gran mal contra el que no eran capaces de defenderse.

—Habida cuenta de lo que cantan los bardos sobre vos y vuestra gente, capitán, quizás podríais echarles una mano y negociar con ellos la recompensa que os sea más útil. Me ofrezco de guía y consejero, por supuesto, a cambio de una pequeña comisión.

Los ingenieros y zoólogos del Ícaro dijeron que podía ser un sustituto a la vaca y que merecía la pena conseguir muestras. Por lo tanto, se decidió enviar una expedición a tierra de los elfos para:

1) Confirmar si el estómago e intestino de búfalo podían usarse para reparar la bolsa de gas.

2) Averiguar cuál era el problema de los elfos y si era algo que los expedicionarios del Ícaro pudieran solucionar.

3) Establecer contacto con los elfos e iniciar las negociaciones preliminares.

El equipo estaba formado por el ingeniero Max Powell y el artillero Iosef Dragunov, bajo el mando de la segunda comandante Edana Conway. Irían en el Albatros dorado, el barco que la regente de Nidik había puesto a su disposición. Quería aprovechar y hacer negocios con los elfos con la intermediación de Herschel, que también era de la partida.

Los elfos

El viaje fue rápido y tranquilo y en tres días llegaban al campamento de verano de los elfos: un asentamiento pequeño donde una treintena de hombres adultos les dieron la bienvenida. Mientras se iniciaban las transacciones comerciales entre ellos y los tripulantes del Albatros dorado, el equipo del Ícaro se reunió con el jefe guerrero y el chamán en una pequeña estancia separada del resto de la gran tienda comunal por una cortina de piel de búfalo. A través de ella, Edana escuchó voces femeninas, pero en ningún momento vieron mujer o niña alguna. Ninguno de los elfos habló o tan siquiera miró a la capitana Conway durante la entrevista, lo que provocó un momento de gran tensión.

Tres días a caballo hacia el norte, les contaron los elfos, había un bosque considerado sagrado. De él manaban varios ríos y lagos que traían la vida a las llanuras y eran seguidos por los búfalos en su peregrinar de norte a sur. Desde primavera, sin embargo, las aguas bajaban emponzoñadas, enfermando a los animales. Había temblores de tierras y aparecían monstruos. El clan, aliado con otros que también cazaban por las mismas tierras, habían mandado bravos guerreros a desvelar lo sucedido, pero todos habían muerto.

Contaron entonces los del Ícaro la necesidad que tenían de estómagos de vaca y cómo querían sustituirlos por estómagos de búfalo. Pidieron ver un estómago de búfalo para comprobar si les valía y ver también el bosque donde aparecían los monstruos. Si el estómago de búfalo les servía y tenían poder para acabar con el mal del bosque, entonces, dijeron, nos sentaremos a negociar. A los elfos les parecieron palabras sensatas y ofrecieron llevar al grupo al norte. Cerca del bosque había una partida de caza siguiendo a una manada de búfalos y así matarían dos pájaros de un tiro.

Pronto, galopaban hacia el norte siguiendo a su guía. Bueno, pronto, no, porque primero no trajeron montura para Conway, luego la montura no quería acercarse a la cambiaformas y, por último, fueron más bien a ligero trote, enlentecidos por Dragunov, que era de marina, no de caballería. Fueron tres días de agradable excursión: cielos despejados, temperatura agradable y un elfo charlatán al que sólo entendía Powell, gracias a su magia, y bien que se cuidaba de hacerlo notar.

En la tarde del tercer día alcanzaron a la partida de caza, media docena de hombres. El jefe de la partida, un elfo de piel bronceada, calvo como una bola de billar, ojos traviesos y adornos de plata en las orejas, chapurreaba algo del latín de Entreaguas. Se llamaba Águila Calva y fue el primer elfo que habló con la capitana Conway, aunque sin mirarla a la cara. Escucharon por ello comentarios reprobadores de los otros cazadores.

Ya hasta las narices, preguntaron al respecto, averiguando que los elfos vivían bajo un matriarcado feroz y sólo los hombres que habían yacido con mujer podían hablar con ellas y de mirar a la cara. Hablar o dirigirse a mujeres de otro clan era ya impensable, pero Águila Calva era un maleducado presuntuoso, a quien las mujeres sólo lo querían para pasar el rato, el malnacido.

La cacería del búfalo

La partida de caza estaba siguiendo a una manada de búfalos. Ya tenían elegida víctima (un búfalo débil que marchaba por detrás de la manada) y, aunque tenían pensado cazarlo por la mañana, por deferencia a sus invitados adelantaron la cacería a la tarde. La manada estaba a penas a veinte minutos del campamento, así que, mientras los hombres se preparaban. Águila Calva llevó al equipo del Ícaro a ver a los animales. Ahí vino la primera sorpresa: los búfalos de las Grandes Llanuras eran mucho más grande que los búfalos de Gaïa, superando los 3 metros de altura.

La caza fue corta: tres cazadores ahuyentaron la manada golpeando sus lanzas entre sí y con conjuros sencillos. El resto acorralaron al búfalo, le cortaron los tendones de las patas traseras y luego lo remataron a lanzazos. Luego, exultantes, bailaron alrededor del animal y comenzaron a despellejarlo. Águila Calva cortó tiras del corazón aún palpitante para repartirlas entre sus hombres, pero, antes de que pudiera hacerlo, Edana Conway se lanzó sobre el animal con un gruñido que poco tenía de humano: el olor a sangre había podido con su autocontrol.

—Hombre blanco habla con lengua viperina. Decís “venimos a ayudar” y reclamáis nuestra presa.

—¡No, no, no! Capitana estarr en esos días y no soporrtarr olor a sangre. Nosotros no querrer búfalo, sólo su estómago.

—Mujeres —gruñó—. Ahora sólo podrán comer el búfalo las mujeres y los niños. Y me toca a mí hacer todo el trabajo —Ante la mirada de Dragunov, le explicó en voz baja—: Ellos no haber estado con mujer. No pueden tocar algo reclamado por mujer.

El ataque

Empezó con un temblor de tierra. No era el primero que sentían desde que habían llegado, pero si el más fuerte. Luego, un chorro de lava a lo lejos. Conway sintió a la criatura acercándose bajo tierra. Recuperada la compostura y abochornada, se había apartado de los demás con la excusa de montar guardia y estaba ahora en unas rocas. Cogió el walkie y alertó a sus compañeros. Éstos, a su vez, gritaron a los elfos que se alejaran y retrocedieron hacia la posición de la capitana. No les dio tiempo.

El primer ataque lo sufrió Dragunov, al cruzar el riachuelo. El suelo se abrió y una columna de magna surgió como un géiser. El agua le quitó la peor parte, pero aun así cayó a varios metros, abrasado por el vapor. Powell retrocedió en su ayuda, sacándolo del río y tratando sus heridas con su magia.

Del agujero surgió un monstruo enorme, hecho de piedra y lava, pura furia. Edana, que acudía corriendo en ayuda de sus hombres, se echó al suelo, montó el Dragunov y abrió fuego. Los cartuchos vacíos saltaban al accionar el cerrojo. Uno tras otro. Gastó un cargador, sacó el siguiente y siguió disparando. Dragunov no se quedó atrás: desenfundó las pistolas semiautomáticas atlantes que había reparado meses atrás y, protegido por los escudos de Powell, cerró distancias con la criatura, disparando una y otra vez. A distancia y por detrás, Águila Calva se unió al combate, distrayendo al monstruo con descargas de luz bien colocadas.

En segundos todo había terminado y sólo quedó el penetrante olor a la pólvora especial de Dragunov y los chasquidos del cuerpo del monstruo al enfriarse. Powell examinó los restos y afirmó que se trataba de una ira de la naturaleza, una personificación elemental de la Naturaleza herida que busca destruir aquello que la dañó. De paso, recogió el núcleo del elemental para su estudio.

—Este monstruo o uno como él mató a varios guerreros en primavera.

—Venía del norte, moviéndose a través de la roca —afirmó Edana Conway.

—Allí está el bosque —contestó Águila Calva—. Vimos una doncella del bosque hace varios días y nos maldijo. El Gran Espíritu del bosque debe estar muy enfadado.

El bosque

Las tardes son largas en el norte, pero la noche termina por llegar. Las estrellas brillaban en el cielo y las pequeñas lunas corrían alegres entre ellas cuando Edana Conway llegaba al bosque. Había dejado a Powell estudiando el estómago del búfalo, las aguas del río y los restos de la ira de la naturaleza bajo la protección de Dragunov. Se movía en el bosque mejor que en la llanura y veía de noche igual que de día y también, ¿por qué no decirlo?, después de lo del búfalo tenía unas ganas irresistibles de cazar.

No fue difícil encontrar a la doncella del bosque: estaba en la linde y, en cuanto la vio, corrió hacia ella. Parecía una delicada muchacha, pero sus largos cabellos verdes y las hojas y ramas que surgían de su espalda traicionaban su natrualeza. Hablaba sin parar en una lengua musical que recordaba a la de los elfos. No entendía nada de lo que decía y así se lo dijo. Para su sorpresa, la muchacha se echó a llorar. Luego, más calmada, usó su magia para comunicarse con Edana más allá de las palabras.

Así supo la capitana que la pobre doncella del bosque llevaba meses intentando comunicarse con las distintas expediciones de los elfos, pero éstos nunca hablaron con ella, sino que se alejaban sin mirarla siquiera. Un mal de metal y carne había llegado al bosque. Horadaban su subsuelo, envenenaban sus aguas, cazaban a sus animales, talaban los árboles. El Gran Espíritu estaba enfermo y el bosque rugía de dolor y rabia.

—Quiero ver ese mal. Guíame, por favor.

 

Un túnel artificial, un edificio de hormigón iluminado, dos gruesas tuberías que venían de los llanos del norte y desaparecían bajo tierra. El ruido de bombas y maquinarias, el olor a grasa, el zumbido de los drones, el andar altivo de un tecnócrita. Edana cambió a su forma humana instintivamente. Se estremeció. Quiso pensar que por el frío de la noche, pero acarició nerviosa el eru pelegrí, el pendiente mágico que la ponía en comunicación con la base.

La Máquina.

Los viajes del Ícaro, 3×04. Protagonistas: sargento Dragunov (maestro de armas con sangre antigua, nivel 6) [Charlie]; capitana Edana Conway (tuan dalyr, guerrero mentalista, nivel 5+2) [Menxar]; sargento Max Powell (hechicero con sangre antigua, nivel 5) [Sir_Petrus].

Con Herscherl hijo de Glóin; los elfos Águila Calva y Pequeño Perrito de la Pradera; y la doncella del bosque.

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